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  • El día que detuvieron a Maradona en la calle Franklin: la emboscada policial y el show político del menemismo

    » TN

    Fecha: 26/04/2026 05:14

    Franklin 896. Esa era la dirección que repitió una voz aguardentosa y apurada que llamó a cada redacción de los diarios, revistas y canales de televisión argentinos. Después dijo dos palabras más que aseguraron la asistencia perfecta a la convocatoria: cocaína y Maradona. Apenas empezaba la tarde del 26 de abril de 1991. En pocos minutos, los móviles periodísticos invadieron la hasta ese momento tranquila calle de Caballito. También cientos de curiosos atraídos por la posibilidad de ver a Diego, porque apenas se aglomeraron los hombres de prensa, el rumor corrió muy rápido. Leé también: Entre el Barcelona, River y la Dictadura: los US$10 millones que desataron la guerra por Maradona en 1981 A las 15.37 hs, Diego Maradona salió del modesto edificio de dos pisos. Estaba rodeado de policías. Lo empujaban hacia un patrullero. Llevaba un sweater verde con toques azules y marrones, una campera de cuero negra en sus manos tapándole las esposas, el pelo revuelto, los rulos abigarrados y en guardia, la barba crecida y los ojos que parecían haber sido agregados con efectos especiales, como si no fueran los suyos, unos ojos de piedra que no veían, que no estaban ahí. Era la primera vez que íbamos a ver en él esos ojos. Los micrófonos estirados, los clicks de los fotógrafos, empujones, gritos, las preguntas lanzadas al aire, la gente que avivaba a Diego. 35 años atrás, Diego Maradona fue detenido en un operativo de la Policía Federal por tenencia y consumo de cocaína. Fue un cimbronazo para toda la sociedad. Cada elemento generaba conmoción: la caída del ídolo, el operativo policial, el escándalo, la trama política, la tapa de los diarios. Muy pronto se supo que no se había tratado de un hallazgo casual, que todo había sido una maniobra política para tapar los problemas que el gobierno de Menem afrontaba. En especial el Yomagate, el caso de corrupción en el que los cuñados presidenciales estaban acusados. Las valijas de Amira, el escándalo de la Aduana, Ibrahim Al Ibrahim, Emir Yoma y demás. La atención mediática de inmediato se desplazó hacia Diego. Hasta se supone que la fecha y la hora fueron elegidas con precisión quirúrgica. Esa hora de la tarde daba tiempo para que la sexta de los diarios tuviera la noticia en la tapa cuando la gente volviera a sus casas, que monopolizara los noticieros vespertinos y nocturnos y, en especial, que los diarios del fin de semana -los más leídos- desplazaran de sus páginas más relevantes las investigaciones por la corrupción en el gobierno y en la familia presidencial. Diego había llegado a Buenos Aires el 1 de abril. Arribó a Ezeiza casi simultáneamente con el anuncio de la Federación Italiana de fútbol de que había dado positivo de cocaína en el análisis antidoping que le realizaron la tarde del 17 de marzo en la victoria del Nápoli 1 a 0 frente al Pisa. A la semana siguiente, Diego jugó su último partido con el Nápoli. Fue derrota 4 a 1 con la Sampdoria, que ese año se llevaría el Scudetto. Diego, con la camiseta suplente roja, hizo un gol de penal. En el medio, Alfio Basile, director técnico de la Selección, se había sentado a charlar con Marcos Franchi, el representante de Diego. Hubo rápido entendimiento; era bueno el Coco para entender tiempos y manejar ciertos códigos viriles del fútbol de entonces. Argentina debía jugar un amistoso con Brasil en cancha de Vélez. De inmediato se instaló el rumor más que verosímil de que ese partido marcaría el regreso de Diego a la Selección después que renunciara tras Italia 90, enojado con Grondona porque el presidente de la AFA envió cartas de agradecimiento a los italianos y mantuvo las relaciones con los popes del fútbol mundial a pesar del destrato sufrido por la Selección en Italia y a lo que Diego consideraba un robo por el penal cobrado a Sensini en la final (en retrospectiva vemos cómo Grondona estaba ya tejiendo su futuro de poder en la FIFA). Las entradas para el amistoso raro en esos tiempos se agotaron de inmediato. Unos días después se anunció que Diego no jugaría. El doping saltó a las 48 horas. Alguien había sido informado con antelación. Las relaciones de Diego con Ferlaino, presidente del Napoli, estaban rotas desde hacía un buen tiempo. Diego quería irse de Nápoles, quería vivir en un lugar más tranquilo, en un fútbol menos demandante. La opción más fuerte era el Olympique de Marsella. Pero pese al Scudetto de la temporada anterior, Ferlaino le cerró todas las puertas. En febrero del 91 lo citaron a declarar en una causa por tráfico de drogas y prostitución. La Camorra parecía que también le retiraba la protección. Años después, Ferlaino declaró que varias veces habían encubierto a Maradona con el doping. Habló de sustitución de frascos, de orina de los utileros y otras cosas. Diego alguna vez le dijo a Daniel Arcucci, que el resultado positivo del análisis había sido casi a propósito, casi buscado porque no soportaba más estar en Italia. Que había dejado de tomar las precauciones de antes. Al regresar al país la gente lo recibió muy bien. La mayoría de las encuestas lo apoyaban y consideraban injusta una suspensión tan larga. No sucedió lo mismo con el gobierno. Fernando Galmarini, el secretario de deportes de Menem, declaró: Si realmente se comprueba que Maradona tomó drogas, es una vergüenza para el país. Maradona nos representa como embajador deportivo y perjudica la imagen de la Argentina. Me preocupa su mal ejemplo para los niños argentinos. A los pocos días negó haber dicho esas cosas y cambió su discurso. Dijo que si llegaba a comprobar algo había que ayudar a Diego y que él estaba dispuesto a acompañarlo. Diego hizo algunas apariciones públicas junto a Claudia y fue a la Bombonera a ver el partido de ida por los cuartos de final de la Libertadores en el que Boca derrotó 3-1 a Corinthians. A la semana después de ver por televisión el partido de vuelta, el empate que clasificó a Boca a semifinales, salió. Fue una noche que duró dos días. Estuvo un tiempo en un apart hotel de Suipacha al 900 y terminó con la irrupción de la policía al departamento de la calle Franklin que, después se supo, pertenecía Gabriel Expósito, el Morsa, uno de los cuñados de Diego. Lo que Maradona no sabía es que desde su llegada al país, se había convertido en un blanco para los investigadores. Lo siguieron hasta encontrar la oportunidad de detenerlo y convertir su caída en una gran noticia. Una policía de 25 años, rubia y llamativa, se convirtió en el anzuelo perfecto. Según los medios, la joven era experta en narcotráfico. Esa tarde del 26 de abril Diego estaba en el departamento junto a dos amigos, Ricardo Ayala y Jorge Pérez. Tras la detención y ese paseo del a vergüenza que le hicieron dar frente a los reporteros gráficos y movileros, fue llevado al Departamento de Narcóticos en Caseros y Tacuarí. A las 2 de la madrugada pasó a Superintendencia de Drogas Peligrosas, en Ingeniero Huergo y México. Atravesó la noche sentado en un calabozo. Por la mañana fue trasladado a Tribunales. Declaró ante la jueza Amelia Berraz de Vidal, quien ordenó su liberación tras el pago de una fianza de 20.000 dólares y que iniciara un tratamiento de rehabilitación. La fianza de Ricardo Ayala y Jorge Pérez, los otros dos detenidos, fue de 1.500 dólares. Después lo llevaron de nuevo hacia la Superintendencia de Drogas Peligrosas para finalizar unos trámites y a las 2 de la mañana, un día y medio después de la detención, fue puesto en libertad. Diego salió en un auto manejado por Marcos Franchi. A pesar de la hora, los fotógrafos se tiraron encima y lo acribillaron a fogonazos. La mirada de Maradona había recuperado calidez, vida, aunque su gesto era agrio. Lo acompañaba también, en un gesto noble, Carlos Bilardo, que fue a brindarle su apoyo, a respaldarlo. Leé también: Cómo la Justicia logró sentar en el banquillo a la Junta Militar y cuál es la situación de los represores hoy Pasó unos días recluido en su casa junto a Claudia y Dalma y Gianina. Evitando salir para no enfrentar las guardias periodísticas. El domingo, durante la fecha del campeonato local, la Doce y otras hinchadas cantaron por él y en contra del gobierno de Menem. El lunes a la noche se produjo una nueva conmoción; otra vez Diego recibió un golpe que lo dejó groggy. El Gráfico, a eso de las 7 de la tarde, comenzó a llegar a los kioscos. Todavía la revista era esperada con devoción por sus fieles; para muchos recién cuando se leía El Gráfico terminaba la jornada del domingo. En la tapa, la foto principal con Alfredo Graciani gritando un gol y el título que jugaba con el triunfo xeneize del domingo y el pase de instancia en la Libertadores, Boca Copa Todo. Y en una tira vertical que cruzaba toda la portada, encabezada con un primer plano de la cara de Diego saliendo de Franklin, un gran anuncio: Maradona Informe Especial, en el que prometía revelaciones únicas sobre el caso (Lo entregó una joven mujer policía; Encontraron 115 gramos de cocaína; Sólo pedía por su esposa, desesperado; Patéticos diálogos con la policía). El director de entonces, Aldo Proietto, consiguió su cometido: vendió muchísimos ejemplares. Más cuando se conoció parte del contenido de la nota: Diego y su otro amigo correntino estaban desnudos sobre la cama de dos plazas. Los dos saltaron instintivamente, cuando entraron en la pieza. Diego quiso ponerse el slip, perdió pie, cayó otra vez sobre la cama. (...) -Perdiste, Diego, perdiste. ¿Cuánta blanca tenés?" -Dejá, no me matés ... Podemos arreglar. -Imposible volver atrás. Hay 200 personas en la calle. La insinuación de una relación homosexual, los 115 gramos de cocaína, el pedido por Claudia apenas despertó, la intención de arreglar, la resignación cuando vio todo el periodismo en la puerta del edificio. Una descripción de los hechos que no se conocían hasta ese momento. Daniel Arcucci, contó en Vivir en los Medios de Lalo Zanoni, que renunció a la revista cuando leyó la nota -de la que no le habían informado- y que Maradona lo llamó poco después para que regresara a su puesto de trabajo, que él no tenía problemas en continuar siendo su amigo. Las autoridades de la revista sostuvieron que la información provino de una fuente policial que les filtró dos informes oficiales de lo sucedido esa jornada en Caballito. Pese a eso, unos pocos días después de la aparición de la revista, un policía que participó del operativo se presentó ante la jueza Berraz de Vidal y declaró que Maradona estaba vestido en el momento del allanamiento y que encontraron unos pocos gramos de cocaína, tan solo 3. La nota fue la primera en sostener que no se trató de un hallazgo casual como habían dicho los policías en un primer momento, que no habían actuado debido a la denuncia de un vecino. La investigación contaba sobre la joven que sedujo a Maradona y que desde que había llegado al país era objeto de seguimiento de la policía. La otra consecuencia fue que rompió la relación entre Diego y El Gráfico. El vínculo tardó cuatro años en reanudarse. Muchos sostienen, que más allá del cambio de hábitos en el consumo del fútbol, con ese número comenzó la caída de El Gráfico y la pérdida gradual de lectores, que ese fue el inicio de su decadencia. Los diarios se llenaron de columnas hablando de la adicción de Diego. La gran mayoría decían lo que no habían dicho hasta el momento: que era un secreto a voces su adicción a la cocaína. Y señalaban diversos culpables, siempre mirando hacia otro lado diferente al propio. El gobierno había buscado su detención. Necesitaban ese golpe de efecto, ese tsunami mediático que hiciera olvidar por un tiempo las acusaciones de corrupción. Una decisión así -y menos en ese tiempo y en ese gobierno- no se toma sin la anuencia del presidente. No hay que olvidar que Menem había jugado con Maradona en un amistoso de la Selección -ambos salieron abrazados en la tapa de El Gráfico- y que días antes del Mundial 90, Menem le entregó a Diego un pasaporte diplomático, nombrándolo Embajador Deportivo de la Argentina. Título que retiró, con aires de indignación y superioridad moral, días después de la liberación de Diego. Menem dijo, con condescendencia,: Es un muchacho enfermo. Hay que ayudarlo. Mientras que su Ministro del Interior Julio Mera Figueroa dijo: La información que nosotros tenemos es que el jugador estaba intoxicado por droga y solamente pedía que lo dejaran dormir. Este caso muestra que en la Argentina se ha terminado con la impunidad, que la justicia le llega a todos. Si el menemismo dejó un legado fue exactamente el opuesto al de la frase pomposa de su entonces ministro. Un tiempo después, Diego habló de este episodio en una entrevista que le dio al mítico periodista italiano Gianni Mina: No sentí vergüenza cuando vinieron a arrestarme, apresurándose antes a invitar a todos los medios de información posibles, para transmitir mi detención directamente minuto a minuto sin respeto alguno por el ser humano, cualquiera fuera mi culpa. Ha sido indigno. Necesitaban un gran show para confundir a los argentinos y entonces me usaron sin la menor piedad. El policía que me llevaba afuera me aconsejó que me cubriera el rostro con el saco y yo me negué a hacerlo. ¿Por qué tengo que taparme? le pregunté si no maté a nadie. Después le sugerí: Arreglate la corbata, que vas a salir en televisión en directo para todo el mundo. Leé también: Las 10 razones por las que amamos el Mundial de Italia 90 pese a haber perdido una de las finales más injustas En sus memorias (Yo soy el Diego) no se refirió demasiado a este incidente. Pero sí deja una hermosa escena que habla de su determinación. Después de horas en un calabozo, ya un poco más despejado, con la reseca todavía mordiéndole la nuca, aletargando sus ideas, Diego siente unos pasos por el pasillo. Está sentado en el único mobiliario de la celda: un banco largo de madera. Gira su cuerpo y mira a la pared. No es que no quiera hablar con nadie, es que no quiere que le corten lo que está pensando, lo que se está proponiendo. Diego se está diciendo a sí mismo que tiene que volver, que no importa la suspensión de 15 meses ni el escarnio público, que su horizonte debe ser el Mundial 94. Mientras piensa eso, los pasos se acercan. Y escucha una voz familiar, la de Marcos Franchi, su representante de entonces: Diego, tenés que jugar el Mundial de Estados Unidos, le dijo sin siquiera saludarlo.

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