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Concepcion del Uruguay » La Calle
Fecha: 26/04/2026 01:57
El legado humano del Papa Francisco nos deja una tarea que no admite demoras: construir una sociedad sin descartes. Por: Mariana Bardisa (*) Francisco tenía la particularidad de no tener que elevar la voz para ser escuchado. Tenía la capacidad de hablarle a todos y a cada uno de manera particular, comprendía que los grandes mensajes parten de la sencillez de las palabras y tienen que conmover, sensibilizar, como preludio de la reflexión obligada. Pero lo que lo distinguió de tantos otros que hablan bien y viven cómodos fue algo más difícil y más raro: la coherencia. Francisco no administraba la distancia entre el discurso y la vida. La abolía. Lo que decía desde el altar lo sostenía con el cuerpo, con las decisiones cotidianas, con la renuncia al palacio apostólico, con el auto pequeño, con la puerta siempre abierta. En un mundo donde la política y la religión suelen producir palabras desconectadas de hechos, esa coherencia tenía la fuerza de un escándalo silencioso. Francisco muchas veces nos hablaba y nosotros no escuchábamos. A un año de su ausencia física, nos queda ese sin sabor de una conversación inconclusa, muchas dudas y pocas certezas. Pero sobre esas pocas certezas que nos dejó Francisco debemos cimentar los valores para construir hacia adelante una sociedad y un mundo mejor. Hay palabras que no caben en su época. Cuando Francisco empezó a hablar de cultura del descarte, muchos lo escucharon como una metáfora piadosa, una figura retórica para conmover los domingos. Era exactamente lo contrario. Era una radiografía, fría y precisa, del modelo civilizatorio que estamos habitando. No un descuido del sistema sino su lógica. No un accidente sino un resultado. Francisco, sin duda, cumplió el pedido de aquel cardenal brasileño que, finalizado el cónclave, le pidió: «no te olvides de los pobres». Los descartados no son una abstracción ni una categoría estadística. Tienen nombre, rostro, historia. Son los ancianos solos en geriátricos que nadie visita. Los niños y niñas que crecen sin techo firme sobre sus cabezas. Las personas con discapacidad a las que seguimos pensando desde la lástima y no desde el derecho. Los trabajadores que el mercado decidió que sobran. Los migrantes que cruzan fronteras con miedo y son recibidos con muros. Las mujeres que mueren porque el Estado no alcanzó a protegerlas. Los pueblos originarios a quienes se les arrebata la tierra en nombre del progreso. Los jóvenes sin horizonte en los barrios más pobres. Los presos de los que nadie quiere hablar. Todos ellos todas ellas son, en el lenguaje crudo de Francisco, los sobrantes de un sistema que mide el valor humano en productividad y rentabilidad. Pero Francisco no se limitó a señalar el descarte humano. Fue más lejos: entendió que la misma lógica que descarta personas descarta también el planeta. En Laudato Si publicada en 2015 y profundizada luego en Laudate Deum en 2023 escribió que la crisis ecológica y la crisis social son una sola crisis. Que no hay justicia posible en un mundo que se agota. Que los más afectados por el cambio climático son siempre los mismos: los que menos contaminaron, los que menos consumen, los que ya eran descartados antes de que el mar subiera o la sequía arrasara su cosecha. Fue el primer documento pontificio en usar el nombre de un científico y en citar el consenso de la comunidad científica internacional porque Francisco entendió que el negacionismo climático no es una opinión alternativa sino una forma de complicidad con el daño. Lo dijo con claridad: «El clima es un bien común, de todos y para todos.» Y lo dijo siendo el jefe de una institución milenaria que habría podido elegir el silencio cómodo. No lo eligió. Por eso dijo, también, sin eufemismos, que esta economía mata. No porque sus dirigentes sean malvados que algunos lo son sino porque su lógica estructural requiere víctimas. Produce exclusión como produce mercancías. Descarta personas como descarta empaques. Y lo hace con tanta eficiencia que logró lo más peligroso de todo: naturalizar el descarte. Hacernos creer que siempre fue así, que así será, que no hay alternativa. Francisco pasó doce años desmintiéndolo. Y lo hizo con un método que vale la pena recuperar ahora que él ya no está. No alcanza con hablar de los pobres, repitió una y otra vez: hay que hablar con ellos, desde ellos, dejarse interpelar por ellos. Llamó a las periferias existenciales y fue él mismo a las periferias geográficas, físicas, de los cuerpos y de los vínculos. Se arrodilló ante migrantes y presos, lavó pies de mujeres musulmanas, abrazó a personas con enfermedades que el mundo había aprendido a mirar de costado. No por gesto simbólico aunque lo fuera sino por convicción: el que toca la carne del descartado toca la carne sagrada de la humanidad entera. Eso no era retórica. Era programa. Su propuesta nunca fue una mística de la caridad. Fue mucho más incómoda: una ética de la justicia. En Fratelli Tutti publicada en 2020, en plena pandemia, cuando el mundo redescubría con dolor lo que significa la interdependencia lo dejó claro con una radicalidad que incomodó a propios y ajenos. No se trata de que los que tenemos demos migajas a los que no tienen; se trata de reconocer que lo que tienen es lo que les corresponde por derecho, y lo que les falta es una deuda que el sistema tiene con ellos. Contra el individualismo que la pandemia exacerbó, Francisco opuso la fraternidad universal como categoría política, no sentimental. Cuestionó el derecho absoluto a la propiedad privada, la soberanía sin límites de los Estados frente a los migrantes, la guerra como instrumento legítimo. Reclamó, como horizonte mínimo, las tres T: tierra, techo, trabajo. Tres palabras cortas que condensan la dignidad de una vida humana. Ni lujo, ni lástima, ni beneficencia: derechos. Y lo reclamó sin quedarse en el texto. Recibió a líderes de movimientos populares en el Vaticano. Escribió cartas a comunidades de base en América Latina. Llamó por teléfono a personas comunes en momentos de crisis. La coherencia, de nuevo: el documento pontificio y la llamada de madrugada al enfermo sin recursos formaban parte del mismo gesto. Construir una sociedad distinta a la cultura del descarte significa, antes que nada, dejar de descartar. Dejar de mirar al costado. Dejar de tolerar que el dolor de otros sea el precio invisible de nuestra comodidad. Pero significa también, y sobre todo, hacer política con los descartados como sujetos y no como problema. Políticas públicas que no los gestionen sino que los reconozcan. Presupuestos que prioricen lo humano antes que lo financiero. Compromisos climáticos reales, no declaraciones de buena voluntad que se evaporan en los pasillos de las conferencias internacionales. Comunidades organizadas que incluyan en lugar de excluir. Y decisiones cotidianas en la escuela, en el trabajo, en el barrio, en el Estado que empiecen por la pregunta que atraviesa todo el magisterio de Francisco: ¿a quién estamos dejando afuera? La tarea queda pendiente. Pero Francisco nos la dejó abierta, no cerrada. Nos dijo, con esa cadencia argentina que jamás perdió, que otro mundo no sólo es posible: es urgente. Y que empieza cada vez que una persona decide no descartar a otra. En esa decisión modesta y enorme se juega todo. La revolución de la ternura, no puede esperar. Ahí, y no en los grandes congresos ni en las declaraciones solemnes, es donde el legado de Francisco se hace carne. O no se hace. (*) Licenciada en Ciencias Políticas
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