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  • Jim Jarmusch y sus retratos de familia

    Concordia » El Heraldo

    Fecha: 25/04/2026 19:36

    En el universo de las relaciones familiares se asientan las más disímiles experiencias. Encuentros y separaciones. Acercamientos y lejanías. Amores (disimulados o no) y odios (de igual manera). No hay una regla general (tal vez, por suerte) pero lo intenso del vínculo, muchas veces, lleva al extremo a los sentimientos. Numerosas obras de arte se han creado alrededor de las conexiones parentales o fraternales. El cine puede dar fe de varias de ellas. Jim Jarmusch, nacido en Cuyahoga Falls, Akron, Ohio en 1953 es, quizás, el más relevante de los directores del cine indie norteamericano. En particular entre las realizaciones de fin del siglo pasado y lo que va del presente. Su última realización, Padre madre hermana hermano (2025) es una de sus películas más logradas. El film es un tríptico episódico en derredor de los vínculos de un padre con sus dos hijos (una mujer y un varón); de una madre con sus dos hijas mujeres y de dos hermanos gemelos (una mujer y un varón) entre sí luego de la ausencia de sus padres. Las tres historias, mediometrajes de poco más de 30 minutos cada una, no se relacionan entre ellas en cuanto a los personajes, locaciones y tono dramático. Son, por lo tanto, autónomos. Sin embargo, en función de la particular manera de guionar de Jarmusch, el eje es la vinculación familiar. Incluso, el director ha afirmado que no deben verse como corto o mediometrajes independientes sino a partir de la emoción de las relaciones. A su habitual precisión dramática en el guion, Jarmusch le adicional guiños y elementos que, sin ser centrales en el relato, se convierten en vasos comunicantes que imprimen un toque personal, simpático y concomitante a las tres historias. La aparición de jóvenes skaters, el recorrido en autos por las tres ciudades donde transcurren los relatos, una broma aludiendo a un tío inglés, la ingesta de agua y/o te con insólitos brindis, lo austero y, en cierta manera, incómodo de las expresiones, la parquedad en los gestos, los colores (rojo, violeta y azul). Todos son elementos que se repiten, que no inciden mayormente en la consistencia de la trama, pero conjugan una estética y definen una elipsis que remarca la idea central del director de vincular los fragmentos al eje central: los lazos familiares como un misterio irresuelto. En la primera historia, Padre, Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bralik) viajan hasta la casa de su padre (Tom Waits) a la vera de un lago nevado en un lugar alejado de Nueva Jersey. La visita, en el transcurso de un día, se deduce, en cierta medida, anunciada, y se desarrolla entre trivialidades y frases de compromiso que desnudan la preocupación de los hijos por la salud y las necesidades económicas del padre, circunstancia que no termina de resolverse con claridad. El padre, una extraordinaria actuación de Tom Waits, colaborador habitual de Jarmusch en sus películas (tanto actuando como interpretando la música de ellas), es un hábil manipulador de la situación. No todo es lo que parece y se esconde más que lo que se expone en un juego delicado y sutil de doble máscara. La segunda historia, Madre, transcurre en una fría Dublín. Une a una madre autoritaria, prejuiciosa, esquemática y tradicional, autora exitosa de best-sellers (Charlotte Rampling) con sus dos hijas, Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps) en una cotidiana (aunque anual) ceremonia británica del tea o´clock en la casa de la madre. La escena es, aparentemente, dominada por la austera, parca y herética gestualidad de la madre que impone su autoridad entendida. Las dos hermanas que, pareciera, no mantienen una relación intensa ni constante, más bien, son absolutamente distintas en su forma de vida e, incluso, en su accionar social y en la exteriorización de su vestimenta y peinado. No obstante, ante su madre, se someten (más relativamente en el caso de Lilith con algún medido gesto de rebeldía) a la fría y distante incomunicación que gobierna el encuentro. Al final, cuando se retiran, cada una retorna a su realidad que, como en las otras dos historias, disimulan secretos y aislamientos afectivos. La última historia Hermana hermano acerca de dos hermanos gemelos, Skye (Indya Moore) y Billi (Luka Sabbat) que pertenecen a una generación más joven que los protagonistas de las anteriores. Luego del duelo por la muerte de sus padres en un accidente aéreo, se dirigen al departamento vacío que ocupaban estos en París, comparten los recuerdos y revisan los enseres que están guardados en un contenedor. El encuentro compone una vinculación más cercana y desnuda una complicidad afectiva e intensa que es, en cierta medida, un signo diverso y hasta complementario respecto a las otras dos historias. Los silencios que pesan más que las palabras, las miradas, los gestos, el humor sutil, las conversaciones absurdas e incómodas, una determinada cortesía ligeramente exagerada y un estilo escueto le permiten al director conformar un cuadro de familias donde lo protocolar y lo velado de las relaciones conserva la centralidad. Pareciera que Jarmusch pretende inducir que toda persona esconde algo, incluso (o principalmente) a sus seres queridos, con los que se mantiene una relación más íntima o sanguínea y que las formas terminan siendo más desequilibrantes que la sinceridad. Tal vez lo intenso del vínculo sea el limitante, en ocasiones, a que se revele la realidad y el secreto termine siendo interpretado como menos doloroso que la mentira cuando el reproche puede perturbar la imperfecta armonía. Es Padre, madre, hermana, hermano un notable fresco de lo delicado de los encuentros familiares y la opción por diálogos elusivos, externos y, en cierta manera, intrascendentes que demuestran una hipocresía latente, percibida y tolerada por encima de exponer lacerantes situaciones. La banda sonora compuesta por Jarmusch y la intérprete inglesa radicada en Berlín, Anika, la fotografía de Frederick Elmer, la edición de Alfonso Goncalvez, apoyados en el guion del propio director conforman los aciertos más logrados del film. Jarmusch, con la película, ganadora del León de Oro del Festival de Venecia, logra una obra maestra y es, tal vez, una de sus mejores de su filmografía. Lo que, de por sí, para el director de Extraños en el paraíso (1984), Bajo el peso de la ley (1986), Una noche en la tierra (1991), Coffee and Cigarettes (2003), Flores robadas (2005), y Paterson (2016), entre otras, es mucho decir. Ads

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