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  • La Chacarita, el cementerio que nació en medio de una epidemia mortal

    Concordia » El Heraldo

    Fecha: 25/04/2026 14:35

    La Chacarita, el cementerio que nació en medio de una epidemia mortal La Chacarita es la necrópolis popular de Buenos Aires. Si la Recoleta es un libro de historia de la élite, la Chacarita es la antología del sentimiento nacional. Caminar por el cementerio popular porteño es atravesar capas de historia argentina. El sol golpea sobre las hileras interminables de nichos que parecen edificios de departamentos para el descanso eterno. En él, no se observan paseos turísticos con guías de guante blanco. Se ven miles de flores de plástico, fotos descoloridas y el eco de los pasos en las galerías subterráneas del Sexto Panteón, una obra maestra del brutalismo arquitectónico que parece salida de una película de ciencia ficción. El estilo brutalista de arquitectura tuvo su apogeo entre los años 50 y 70. Se caracteriza por el uso honesto y expuesto del hormigón armado (béton brut), formas geométricas masivas, funcionales y la falta de ornamentación. Surgió en la posguerra para la reconstrucción rápida y económica, destacando por estructuras toscas, funcionales y, a menudo, monumentales. Esta necrópolis bajo tierra diseñada por la arquitecta Itala Fulvia Villa en la década del 50. La Chacarita de los Colegiales Antes de ser el cementerio más grande de la ciudad, estas tierras tenían un aire mucho más bucólico y estudiantil. En el siglo XVIII, pertenecieron a los Jesuitas. Se las conocía como la Chacarita (pequeña chacra) de los Colegiales, porque era el lugar de veraneo y descanso de los alumnos del Colegio Real de San Carlos (actualmente el Colegio Nacional de Buenos Aires). El paisaje estaba representado por campos de cultivo, huertas y frutales donde los jóvenes porteños de la época colonial corrían y estudiaban bajo la sombra de los árboles, lejos del centro polvoriento de la ciudad. Buenos Aires cambió en 1871 con la epidemia de fiebre amarilla, siendo inaugurado el 14 de abril del año anteriormente mencionado. La ciudad colapsó (morían más de 500 personas por día), la Recoleta prohibió enterrar a las víctimas de la peste y el Cementerio del Sur (actual Parque Ameghino) había colapsado. Como consecuencia de ello, el gobierno expropió estas tierras de recreo para convertirlas en un cementerio de emergencia. Lo que era un jardín de estudiantes se transformó, de la noche a la mañana, en el último destino de los mortales desdichados. Inicialmente se lo conoció como Cementerio del Oeste. Tiene aproximadamente 95 hectáreas, es casi el doble de grande que la Ciudad Vaticana y casi veinte veces más extenso que el Cementerio de la Recoleta. Se estima que alberga los restos de más de un millón de personas, entre bóvedas, nichos, sepulturas de tierra y el osario general. Los Habitantes más famosos En la Chacarita, el culto a los muertos es tangible. Algunas tumbas no son solo monumentos, son objeto de devoción popular: Carlos Gardel: es el epicentro del cementerio. Su estatua de bronce, siempre con un cigarrillo encendido entre los dedos por algún admirador, es lugar de peregrinación mundial. Se dice que cada día canta mejor, y el correo del cementerio aún recibe cartas dirigidas a él. Gustavo Cerati: su nicho en el Panteón de la Merced es de los más visitados por jóvenes de toda Latinoamérica. Es un lugar sobrio, pero suele estar cubierto de flores frescas, letras de canciones y agradecimientos. Aníbal Pichuco Troilo: el Bandoneón Mayor de Buenos Aires descansa en la necrópolis, representando el alma del tango que impregna cada rincón de estas 95 hectáreas. Alfonsina Storni: su monumento es una obra de arte conmovedora que evoca su trágico final en el mar. Mercedes Sosa: La Voz de América también eligió este cementerio popular, reforzando ese carácter de panteón de la cultura popular. Mitos y Leyendas Urbanas Más allá de los datos, la Chacarita respira historias que se transmiten de boca en boca como: El Taxi Fantasma de la Calle Jorge Newbery Se cuenta que, en las noches cerradas, un taxi (generalmente un modelo antiguo, como un Peugeot 504 o un Falcon) circula por la Avenida Jorge Newbery, que bordea el muro del cementerio. La historia data de un taxista, que levanta pasajeros cerca de la entrada principal. Durante el viaje, el pasajero nota que el conductor no habla y que la temperatura dentro del auto baja drásticamente. Al llegar al destino o al pasar frente a otra de las puertas, el pasajero mira por el retrovisor y descubre que el asiento del conductor está vacío o que el auto se desvanece en la bruma. La Dama de Blanco Aunque el mito de la mujer que desaparece después de un baile es común a muchos cementerios, en la Chacarita tiene un tinte local. Se dice que una joven muy bella suele aparecer cerca de la sección de nichos del Sexto Panteón. Los testigos dicen que camina con paso etéreo y que, si alguien intenta seguirla para ayudarla, ella dobla en una esquina de los pasillos infinitos y desaparece, dejando solo un rastro de perfume a flores frescas en un lugar donde suele oler a humedad y encierro. El Sereno que cuidaba a Gardel Durante décadas, circuló la historia de un antiguo cuidador del mausoleo de Carlos Gardel. Se decía que el hombre hablaba con la estatua de bronce y que, en las noches de aniversario del nacimiento del Zorzal, se escuchaba una guitarra y una voz barítona saliendo del interior de la bóveda. Según los vecinos de la zona de la calle Guzmán, el cuidador juraba que Gardel le pedía que le encendiera el cigarrillo porque tenía las manos frías. Los Túneles de la Línea B Existe la creencia firme de que los túneles de mantenimiento de la Línea B del subte porteño, que termina en la estación Federico Lacroze, tienen ramificaciones secretas que entran al cementerio. Se cuenta que, en el último tren de la noche, aquel que entra al taller para limpieza, los trabajadores han visto pasajeros con ropas de otra época sentados en los vagones que, al llegar al final del túnel bajo el cementerio, simplemente no están más. El robo de las manos de Perón El 29 de junio de 1987, ocurrió el famoso robo de las manos de Perón, que estaban en su bóveda. Ese acto de profanación, cargado de misterio político y esoterismo, alimentó durante años la idea de que la Chacarita es un lugar donde ocurren cosas que la lógica no puede explicar. La Chacarita se erige como el gran archivo a cielo abierto de la identidad argentina, un espacio donde la jerarquía de los monumentos cede ante el fervor de la memoria popular. Si la Recoleta es el mausoleo del bronce y el apellido, este predio es el refugio del sentimiento y la herencia compartida; un laberinto donde el tango, el arte y la historia cotidiana se entrelazan bajo la sombra de los cipreses. Al cruzar sus puertas de regreso a la ciudad, queda la certeza de que este no es solo un lugar de despedida, sino el sitio donde Buenos Aires guarda, con una mezcla de respeto y nostalgia, los restos de su alma más auténtica.

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