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Larroque » Surer
Fecha: 25/04/2026 12:55
En «Dos tiempos bajo el sol», Hugo Benítez nos ofrece algo más que una estampa familiar; nos regala un portal. A través de una prosa que sabe detenerse en lo mínimo el rocío de la mañana, el gesto de una mano infantil, el silencio de los pájaros, el autor logra capturar esa misteriosa continuidad que existe entre generaciones. Dos tiempos bajo el sol ¡¡¡ Cada mañana, apenas despierta, el niño sale en silencio y se sienta bajo el tenue sol. La luz todavía es joven, el aire guarda rocío y los pájaros inauguran el día con su antigua música. Entonces mueve las manos, gesticula, conversa con alguien que nadie ve. Quizá con el viento. Quizá con los árboles. Quizá con esos seres invisibles que solo la infancia reconoce. Parece estar solo, pero no lo está. Habita un mundo donde la naturaleza responde. Las aves son interlocutoras, el silencio tiene palabras y el tiempo se vuelve un remanso inmenso, como si por un instante el universo entero se detuviera para escuchar pensar a un niño. Y al mirarlo, otro tiempo despierta. Vuelve la memoria de una infancia remota, en un paisaje áspero y natural, cuando otro niño también solo, también bajo un sol parecido escuchaba la tierra como si fuera un lenguaje. Conversaba con los pájaros, dudaba en el tiempo, imaginaba máquinas imposibles, generadoras de luz, televisores encendidos en pueblos lejanos, lámparas como prodigios, viajes fantásticos, aventuras que parecían sueños demasiado grandes para el mundo. Esperaba el futuro sin saber que lo estaba inventando. Todo aquello que parecía fantasía las comunicaciones en tiempo real de un extremo del planeta al otro, las voces viajando invisibles por el aire, las imágenes llegadas desde otros mundos, los hombres orbitando la luna en su lejanía fue volviéndose realidad. Y entonces se comprende algo secreto: que muchas veces el porvenir comienza como un niño conversando solo. El nieto mueve las manos bajo la mañana, y en esos gestos vuelve a nacer aquel otro niño de hace cincuenta años. Dos infancias se miran a través del tiempo. Dos soledades se reconocen. Dos soñadores habitan un mismo instante. Uno recuerda. El otro imagina. Pero acaso hacen lo mismo. Porque todo sueño verdadero es una forma de anticipar el mundo. Y mientras el sol asciende, el niño sigue hablando con la naturaleza, recogido en pensamientos que nadie alcanza del todo a entender. Tal vez ensaya futuros. Tal vez conversa con lo eterno. Y quien lo observa comprende, con una emoción antigua, que la humanidad acaso avanza así: Por niños que, al amanecer, se sientan en silencio a soñar lo imposible. Hugo Benitez. 24/04/2026.
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