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  • Memorias y apologías del exterminio

    » Clarin

    Fecha: 25/04/2026 06:55

    Samuel Huntington anticipaba, en El choque de civilizaciones" (1996), que las diferencias culturales y religiosas, especialmente entre Occidente y el Islam, serían la principal causa de los futuros conflictos. El politólogo estadounidense no abogaba por ello: observaba que así vendría el signo de los tiempos. Frente a ese escenario, iniciativas como la Alianza de Civilizaciones, lanzada por la ONU en 2005, propondrán el diálogo, la cooperación y la prevención de la violencia inter-cultural. De alguna manera, la geopolítica contemporánea se debate entre estas dos visiones contrapuestas. Sin embargo, cuando aparece la alusión al exterminio, el escenario se desplaza de la política a una patología existencial que anula cualquier mediación. Este peligro deja de ser teórico para volverse una advertencia sobre los riesgos de un colapso de la humanidad. El presidente Milei afirmó esta semana en Israel que con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque nosotros defendemos la vida y ellos nos van a querer matar. Y Donald Trump advirtió a manera de ultimátum a Irán el 7 de abril pasado, que una civilización entera morirá esta noche, para nunca más volver. No quiero que eso ocurra, pero probablemente ocurrirá". Del otro lado, el llamado a "borrar a Israel del mapa" es sostenido por el régimen iraní y sus aliados regionales en Oriente Medio, y el terrorismo asesino es una de sus expresiones. El impacto de las retóricas del exterminio es, ante todo, el de un proceso de deshumanización radical y degradación civilizatoria. Al definir a un grupo, país, religión o cultura como una "amenaza" que debe ser erradicada, se le despoja de su condición humana. Bajo esta lógica, la tesis del choque de civilizaciones deja de ser una observación y se convierte en una profecía autocumplida. La alusión al exterminio tiende a naturalizar la idea de que la convivencia es una utopía insensata peligrosa, y que la única e inevitable opción es la destrucción del adversario. La idea de que con determinadas culturas no vamos a poder convivir representa el tipo de pensamiento que Amin Maalouf cuestiona en su ensayo Identidades asesinas (1998). Para Maalouf, reducir a un grupo humano a una sola "cultura" o identidad esencial es el primer paso hacia la violencia étnica o religiosa. La identidad es un mosaico complejo; afirmar que "una cultura" es intrínsecamente incompatible con otra ignora que las identidades no son compartimentos estancos, sino procesos en constante evolución. De hecho, la civilización judeo-cristiana lo fue, y lo sigue siendo. Al igual que la civilización del islam. Maalouf advierte que cuando se traza una línea divisoria tajante entre un "nosotros" (los que defienden la vida) y un "ellos" (los que nos quieren matar), se activan las identidades asesinas. Al sentirse amenazado por un discurso de exclusión, el "otro" se refugia en su pertenencia más radical, convirtiendo la convivencia en una profecía autocumplida de conflicto existencial. Hay, por cierto, una filosofía política detrás: la idea de que existen culturas "buenas" o "malas" por naturaleza. Maalouf argumenta que declarar la imposibilidad de convivencia es renunciar al esfuerzo civilizatorio de la síntesis y el diálogo. Por su parte, Martín Buber, en Yo y Tú (1923), distingue entre dos actitudes básicas que explican por qué surgen conflictos como los que menciona Maalouf. La relación Yo-Ello es una actitud utilitaria donde el otro es visto como un objeto, una cosa o una herramienta. Cuando un líder político dice que "con determinadas culturas no se puede convivir", está operando en el mundo del "Ello", clasificando y deshumanizando a grupos enteros bajo etiquetas estáticas. En cambio la relación Yo-Tú es un encuentro directo y presente donde el otro es reconocido como una alteridad viva, sin prejuicios ni categorías inamovibles. Esta es la base de lo que Maalouf llama una "identidad humana universal" que respeta las pertenencias múltiples. Se entiende la identidad como resultado de una relación: el "Yo" no existe antes del encuentro. Se va modelando en el intercambio con el otro, lo que no niega la existencia de diferencias, conflictos y choques sino que al reconocerlos como tales se dispone a resolverlos de manera pacífica. Este 24 de abril, el 111° aniversario del Genocidio armenio nos recuerda que el silencio ante las retóricas de odio es el preludio de la tragedia. Tanto como los llamados a cruzadas y guerras santas medioevales en pleno siglo XXI. Nos enseña que, cuando un Estado abraza el discurso del exterminio, la diplomacia y la política mueren. A veces en forma lenta, a veces abruptamente. Es la imposición del miedo y el terror sobre la palabra y la dignidad humana. Lo que ocurrió en 1915 con el pueblo armenio fue precisamente eso: la ejecución de una narrativa donde la diferencia cultural se transformó en un objetivo de eliminación física, perpetrando lo que a posteriori sería definido como el primer genocidio del siglo XX. La memoria debería servir para prevenir que el "choque de civilizaciones encubra nuevamente una justificación de políticas de eliminación y exterminio, entre ellas o al interior de ellas. Sobre la firma Newsletter Clarín

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