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  • Entre amenazas y miedo: por qué crece la violencia adolescente dentro y fuera de las escuelas

    » TN

    Fecha: 25/04/2026 06:41

    Hace poco menos de un mes, Santa Fe fue escenario de un hecho similar al que cientos de veces vimos en las noticias de Estados Unidos: un adolescente de 15 años entró a la escuela con una escopeta y desató una balacera en la que mató a un compañero e hirió a otros. No fue el primer caso de un chico armado en un colegio; de hecho, el año pasado se reportaron varios casos en diferentes puntos del país donde estudiantes aparecieron con un revólver o elementos cortopunzantes en el aula. Pero los primeros meses del ciclo lectivo 2026 dejaron una profundización de la violencia, signada por las amenazas de tiroteo y los ataques entre alumnos. Uno de los primeros hechos, por ejemplo, ocurrió los primeros días de marzo en Lanús y tuvo como protagonista a un chico que escribió en un chat de videojuegos en línea que quería convertirse en un tirador real. La causa se inició después de un informe del FBI que alertó sobre mensajes preocupantes en una plataforma. Leé también: Violencia escolar: murió un nene de 11 años tras recibir una patada en el pecho en una escuela de Zárate En el chat, amenazó con abrir fuego en su escuela y expresó su deseo de cometer una masacre similar a la que ocurrió en 2023 en Nashville, Estados Unidos, donde una joven asesinó a tres profesores y tres estudiantes con una carabina semiautomática. Sin embargo, semanas después del trágico episodio en San Cristóbal, se empezaron a multiplicar las pintadas en los baños de cientos de escuelas que advertían sobre presuntos tiroteos y la preocupación escaló. Según el Ministerio Público Fiscal de la Provincia de Buenos Aires, se radicaron 1000 denuncias por pintadas de tiroteos y fotos con armas en redes sociales en el ámbito de colegios bonaerenses en las últimas semanas. En CABA hubo más de 400 denuncias. El fiscal general de la Ciudad, Martín López Zabaleta, detalló que más de 25 casos necesitaron la intervención del Ministerio Público Fiscal porteño. Si bien ninguna de estas situaciones pasó a mayores, el temor y la zozobra están latentes en la comunidad educativa. Los y las docentes estamos angustiados porque nuevamente la escuela está en el foco siendo el lugar de responsabilidad total, lo que entendemos que es una mirada errónea. La escuela no puede sola. En estos casos, la escuela y la familia tienen que entender que no son enemigos sino aliados en el cuidado de las infancias y adolescencias. La palabra clave es corresponsabilidad, expresó Cristina Bronzatti, docente de secundaria, a TN. En ese sentido, desarrolló: Tienen que tener una misma mirada, para que acompañar a las adolescencias sea posible. Por ejemplo, hablar de redes sociales y ciudadanía digital. Entender que los retos virales a los que se suman las adolescencias responden a lógicas de validación del mercado que amedrentan el autoestima. Nuestras adolescencias se sienten solas e incomprendidas (cómo siempre, quizás), pero la hiper conexión pone en la balanza otros elementos. En todo eso, la escucha atenta y la mirada son fundamentales. Daniela Simonetti es madre de un chico de 11 años que va a un establecimiento privado en el conurbano bonaerense y, como otras familias, recibió la noticia de que había aparecido uno de esos mensajes en una pared. Lo vivimos con miedo y con tristeza porque aunque pensemos que es un chiste de mal gusto de adolescentes para faltar al colegio o un reto de una red social, no sabemos hasta qué punto es real o no porque ya hemos visto casos en los que sí se concretó, expresó. Tras el episodio, el colegio emitió un comunicado sobre la situación, donde indicaron el protocolo que iban a activar. Daniela habló con su hijo e intentó averiguar qué sabía del tema, pero también intentó reflexionar respecto a lo que está pasando en distintos colegios: Le explicamos que no es gracioso, que es grave y no debe suceder ni mucho menos él participar de este tipo de cosas. Me preocupa y mucho porque los chicos están reaccionando de las peores maneras en todos lados y no estamos exentos. La reflexión también se extendió hacia las otras familias, quienes acordaron hablar con sus hijos. Transmitirles que pueden contar con los padres ante cualquier situación que no los haga sentir bien. Creemos que la comunicación entre escuela y familias es más que fundamental porque muchas veces en las casas no se registran ciertas actitudes o cambios de los chicos y quizá en el colegio sí. Ahí la escuela debe comunicárselo a las familias y lo mismo al revés, para que los docentes estén al tanto. Leé también: Qué se sabe del caso del alumno que mató a un compañero en un colegio de Santa Fe: quién es el tirador Para Sol Rivera, psicóloga especialista en neurociencias, es clave fortalecer el binomio familia-escuela: Es el núcleo para detectar conductas y qué se puede hacer como prevención. La familia es el primer espacio de cuidado y de regulación emocional, de ahí aprendemos las conductas socializantes, y la escuela es el primer observador social. Tienen que trabajar en red. ¿Por qué crece cada vez más la violencia entre adolescentes? Si bien este fenómeno es global, el sociólogo Carlos de Angelis afirmó que actualmente la Argentina está inmersa en una sociedad violenta. Crisis económicas, cambios en las estructuras familiares, dificultades para resolver conflictos: todo el tiempo estamos bajo presión en todos los aspectos de la vida. Cuando uno habla de que se disolvieron las mediaciones, se piensa primero en la política, pero también ocurrió en la comunidad educativa y lo que es la propia contención familiar. Estamos viviendo en una sociedad donde la violencia se observa en todos los lugares, en la calle, en las redes y hay situaciones tensas constantemente", analizó en diálogo con este medio. Y puntualizó: Arrancamos por un presidente que se dedica a insultar y a maltratar al prójimo. A partir de ahí todo se construye dentro de ese marco de posibilidad. Es decir, ejercer la violencia no tiene una condena social en la Argentina. No estamos hablando de delito, estamos hablando de un marco donde responder violentamente está validado por el líder máximo nacional. Un niño o adolescente nunca actúa porque sí. Siempre es expresión de un contexto y el contexto se lo damos como adultos y como sociedad. Más que preguntarnos quién es el culpable, nos tenemos que preguntar qué estamos haciendo para poder prevenir que esto siga ocurriendo, agregó Rivera. En sintonía, la psicóloga Micaela Zappino (MN: 85345) subrayó que no hay que pensar estos hechos como episodios aislados sino como un "fenómeno complejo y multicausal". Hoy vemos chicos con mayores dificultades para gestionar la frustración, regular sus emociones y tramitar el malestar de forma simbólica. A esto se suma un contexto social atravesado por la inmediatez, la sobreexposición y, muchas veces, la falta de espacios de escucha reales. Ni hablar de la violencia que habitamos desde hace unos años, describió. Por su parte, el director del Observatorio de la Convivencia Escolar, Alejandro Castro Santander, sostuvo que la pospandemia dejó una crisis silenciosa de salud mental adolescente. El retorno escolar no vino acompañado de un proceso de revinculación afectiva genuina. Y a esto se suma que las plataformas digitales no solo difunden las amenazas, sino que las convierten en un juego: ver cuántas escuelas se evacúan, cuánto revuelo genera una amenaza anónima en un chat, produce una retroalimentación de notoriedad que estimula nuevos episodios. Lo que en apariencia parece una moda pasajera es, en realidad, la expresión visible de algo estructural que venía acumulándose, detalló. Una generación que se siente sola y frustrada El escenario actual revela así una radiografía alarmante: adolescentes inmersos en una crisis de pertenencia y con escasas herramientas para procesar el malestar. Según precisó Zappino, existen diversos factores que alimentan este fenómeno. Para la especialista, muchos jóvenes atraviesan sentimientos de exclusión e invisibilización que derivan en conductas extremas. En muchos casos, estas conductas funcionan como formas desorganizadas de expresar angustia, enojo o dolor psíquico, expuso. Además, afirmó que la violencia aparece hoy como la base de vinculación en muchos grupos de pertenencia ante la falta de adultos disponibles para acompañar y poner límites. Esta desconexión se agrava en un entorno donde la virtualidad reemplaza el contacto real, generando lo que se conoce como soledad digital. Leé también: Allanaron la casa de un adolescente de 16 años que llevó un arma a la escuela en Balvanera De Angelis alertó sobre la peligrosidad de este aislamiento y cómo la falta de contención en la escuela y el barrio los deja vulnerables: Aparece una identidad que no se constituye, se ven expulsados de lugares que les gustaría ocupar; les cuesta acceder al sistema universitario o pensar en un trabajo digno y eso se refleja en una sociedad muy frustrada, muy tensa que impulsa a situaciones extremas. ¿Te hacen bullying, anda con un arma. Esta idea de que, como nadie te protege de las violencias, vos podés hacer justicia por mano propia. De ahí que cada vez hay más casos cuando discuten entre amigos un domingo o un asado de fin de semana y terminan a los tiros. Situaciones insólitas que se repiten cada vez más. Rivera consideró que muchas veces aparece la violencia como descarga a factores como la baja tolerancia a la frustración, los modelos de resolución de conflictos violentos en los adultos, la falta de espacios donde los adolescentes puedan expresarse o adultos menos disponibles o desbordados. El rol de las redes sociales: amplificación y búsqueda de reconocimiento Las redes sociales no son la causa directa de la agresividad juvenil, pero funcionan como detonante. De acuerdo a Zappino, estas plataformas pueden amplificar la violencia y facilitar su circulación. El riesgo radica en un efecto contagio donde la repetición constante de hechos violentos genera identificación o imitación en adolescentes que ya atraviesan situaciones de vulnerabilidad. Esta dinámica produce una desensibilización progresiva. Lo que antes era percibido como una conducta extrema, hoy empieza a verse como algo cotidiano o incluso válido. Si esto se da en una etapa donde la identidad está en construcción, la exposición en redes puede funcionar como una forma de búsqueda de reconocimiento o validación, definió. Santander lo llama búsqueda de notoriedad: para ciertos jóvenes, generar una amenaza que provoque una evacuación escolar y llegue a los noticieros es una forma efectiva de existir para la sociedad. Santander citó el efecto Werther que asegura que la cobertura mediática masiva de tiroteos escolares genera un riesgo elevado de imitación durante los 20 o 30 días posteriores al hecho: La viralización no crea el problema, lo activa y lo amplifica en quienes ya estaban en condiciones de vulnerabilidad. En esa línea, el experto identificó comunidades específicas en redes que glorifican a tiradores, comparten manifiestos y desarrollan una estética del resentimiento, como la True Crime Community, una subcultura digital global que gira en torno a la veneración por crímenes reales y de la que participaba el tirador de San Cristóbal. Estos espacios resultan sumamente atractivos para adolescentes que se sienten invisibles o humillados: a través de una narrativa de venganza les ofrecen una razón de ser y un sentido de pertenencia. Paradójicamente, las redes son también el lugar donde se manifiestan las señales de alerta antes de que ocurra una tragedia. Ante ello, el especialista del CONICET se refirió al concepto de leakage: Es en las historias de Instagram, en los chats de WhatsApp o en los foros de Discord donde los adolescentes en riesgo dejan ver lo que no pueden decir en voz alta. Las medidas que se empezaron a tomar en las escuelas de todo el país Desde que aumentaron las amenazas y los episodios vinculados a la presencia de armas en ámbitos escolares, varias jurisdicciones empezaron a implementar medidas preventivas. En algunos casos se optó por disposiciones más restrictivas y centralizadas, mientras que en otros se dejó mayor margen de decisión a cada institución. En La Plata, por ejemplo, buscan medidas concretas como el acompañamiento obligatorio de un adulto tanto en el ingreso como en el egreso de los estudiantes, junto con mayores controles en los accesos a los establecimientos. También se avanzó en la regulación del uso de celulares dentro de las escuelas y en la limitación del ingreso de objetos personales. Otras provincias, como Mendoza, Misiones y Santa Fe, pidieron directamente que los alumnos asistan sin mochilas, llevando los útiles en la mano o en una bolsa transparente. Incluso también creció la presencia policial en aquellas instituciones donde hubo mensajes amenazantes. Además de estas medidas de control, algunas escuelas comenzaron a impulsar campañas de concientización lideradas por los propios estudiantes, orientadas a reflexionar sobre la gravedad de las amenazas de tiroteos y sus consecuencias. En paralelo, tanto la provincia de Buenos Aires como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dieron a conocer esta semana protocolos de actuación que detallan cómo deben proceder docentes y personal no docente ante situaciones de riesgo, así como las formas de acompañamiento a la comunidad educativa. También se conoció que ya hubo adolescentes y padres imputados por estos hechos. Incluso, en Mar del Plata, una familia deberá pagar $3 millones por el despliegue policial luego de que un alumno llamara al 911 diciendo que había una bomba. Al respecto, Santander apuntó a que estos protocolos llegan tarde y que resultan insuficientes si no se enmarcan en una estrategia más amplia. Se están anunciando hoy en distintos lugares del país, pero son protocolos de respuesta, no de prevención. Son necesarios, pero absolutamente insuficientes si no van acompañados de los otros dos tiempos: el antes y el después. Asimismo, hizo hincapié en que un enfoque verdaderamente efectivo requiere anticipación mediante equipos multidisciplinarios capaces de detectar señales de alerta, canales seguros de comunicación para los estudiantes y una respuesta diferenciada según el tipo de amenaza, evitando tanto la sobrerreacción como la subestimación de los riesgos. Sofía, orientadora de los aprendizajes en una escuela primaria de Monte Grande, contó que se arman diferentes talleres para trabajar desde edades tempranas la convivencia escolar y el bullying, entre otras cuestiones. Se articula si surge algún comentario o situación, si hay alguna dificultad o alguna inquietud para abordar con distintos talleres. Tratamos de anticiparnos para que no suceda. El tema está disparado con lo que ven en el celular, entonces hay que explicarles lo que es un delito, lo que sí y lo que no", agregó. Las señales de alerta que deben prestar atención las familias Zappino especificó algunas señales que deberían atender las familias: - Aislamiento marcado o cambios bruscos en la conducta habitual; - Irritabilidad intensa, enojo persistente o discursos asociados a la venganza; - Interés excesivo o inusual por armas o contenido violento; - Comentarios que minimizan, justifican o naturalizan la violencia; - Dificultades sostenidas en el vínculo con pares o conflictos reiterados. Distintos especialistas coinciden en que la respuesta no debería centrarse únicamente en el control o el castigo, sino en la apertura de espacios de diálogo. Generar conversaciones desde la escucha, preguntar cómo se sienten, validar emociones sin dejar de marcar límites claros y acompañar el uso de redes sociales son algunas de las claves para intervenir de manera más efectiva. En los casos en que las señales persisten o generan preocupación, también se recomienda acudir a profesionales. Créditos Coordinación visual: Damián Mugnolo Diseño de infografías y portada: Sebastián Neduchal Edición periodística: Paola Florio

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