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  • Episodios de 60 a 90 segundos: el formato de video nacido en China que gana terreno en la Argentina

    » TN

    Fecha: 25/04/2026 05:46

    Hay algo hipnótico en ese gesto mínimo: el dedo que sube, la pantalla que cambia, un nuevo capítulo. Como las tragamonedas del casino. No hay tiempo para acomodarse. Apenas un segundo para decidir si uno se queda o sigue de largo. En ese instante debe aparecer el primer golpe en la trama. Y casi siempre, ese es el truco- el espectador se queda. Las microseries verticales llegaron para llenar con historias ese espacio cotidiano donde antes no había ficción: un consultorio médico, la larga espera del colectivo que tarda, el rato muerto entre una cosa y otra. Ahí, en esa brecha, construyeron un imperio narrativo. Leé también: Micronovelas, el nuevo contenido viral que lleva la fugacidad de TikTok a los culebrones de la tele Son ficciones en formato 9:16, como un reel, pero en serie, explica Loli Miraglia, fundadora de SDO Entertainment, quien con una amplia trayectoria en la producción y creación de contenidos audiovisuales y digitales se convirtió en referente y precursora en el desarrollo de microficciones verticales en el país. Pero, ¿qué son las microseries verticales? Se trata de producciones completas narradas en episodios de 60 a 90 segundos, que pueden extenderse hasta 60 capítulos o más. Un arco narrativo que exige precisión quirúrgica. No hay margen para el error. El gran desafío es cómo contar una historia en un minuto y lograr que la gente no la abandone, dice Miraglia. Y ahí aparece la palabra clave que persigue la industria : el hook (gancho). Si en los primeros segundos no pasa algo, el espectador se va. Así de simple. El resultado es un lenguaje nuevo: más directo, emocional, urgente. Carolina Ibarra lo describe desde el cuerpo: Hay una presión actoral de generar impacto en pocos segundos. Tenés que entrar y salir de emociones mucho más rápido. Para la actriz, es casi un entrenamiento intensivo, como si cada escena fuera un sprint en lugar de una maratón. Cómo se producen Lejos de la idea de contenido improvisado, estas producciones tienen equipos profesionales completos como en el cine o las series tradicionales: dirección, fotografía, arte, iluminación. Con un énfasis muy especial en el guion, en la etapa donde se construye la historia. La diferencia no está en la calidad, sino en el ritmo. El fenómeno no es nuevo: tiene antecedentes en las webseries y en los contenidos breves de plataformas como TikTok. Tras la pandemia, China se convirtió en el epicentro de este formato, consolidándose como un nuevo modelo narrativo y una industria multimillonaria, con plataformas dedicadas y producciones pensadas exclusivamente para el consumo móvil. Desde allí, se expandió con rapidez por Asia y luego desembarcó en Estados Unidos, donde grandes estudios, plataformas y startups empezaron a invertir en este tipo de contenidos. A nivel regional En el último tiempo, las series verticales comenzaron a ganar terreno en América Latina, con un crecimiento sostenido de producciones locales y audiencias cada vez más habituadas a consumir ficción en formato breve. Leé también: TikTok informó que transmitirá fragmentos de los partidos del Mundial 2026 En ese contexto, Loli Miraglia y Lucas Mentasti fundaron The Eleven Hub, una productora especializada en microdramas verticales que se posiciona como la casa de las microseries. Su crecimiento comenzó con el lanzamiento de la serie Bon Vivant y se consolidó con Tilf, un drama erótico protagonizado por Gimena Accardi y Seven Kayne, coproducido junto a Olga. Esta microserie vertical superó las 100 millones de visualizaciones en redes sociales, convirtiéndose en un caso de éxito dentro del formato short-form. Diseñada originalmente para redes sociales, su rápida expansión permitió abrir nuevas ventanas de distribución: actualmente, el contenido se encuentra en proceso de licenciamiento para diversas apps y plataformas digitales. La productora también está detrás de Hotel de los Secretos, protagonizada por los exparticipantes de Gran Hermano Marcos Ginocchio, Tato Algorta, Luz Tito y Martina Pereyra. Recientemente salió al mercado Shorta: una plataforma argentina que busca llevar las microficciones verticales a escala internacional, fundada por el director ganador del Oscar Armando Bo y el creador de Cuevana. Cifras y modelo de negocios Los números son difíciles de ignorar: más de 7 billones de visualizaciones globales en 2025 y una proyección que supera los 11 billones para 2030. El verdadero negocio comienza cuando la historia ya te atrapó. Los primeros 10 capítulos se suelen ver de manera gratuita, en redes sociales como Instagram. Una estrategia clave para captar audiencia. Para entonces, la historia ya debería haber cautivado por completo al espectador, generando ese efecto adictivo que invita a seguir mirando sin parar. Ahí es donde entra en juego el muro de pago. Para continuar viendo la serie, el usuario tiene dos opciones: desbloquear cada episodio viendo anuncios publicitarios o acceder al contenido completo mediante una suscripción. Tácticas de monetización que maximizan el engagement. Es el famoso gasto invisible. Ese que no se siente en el momento, pero se acumula. Como una maquinita de casino narrativa donde cada cliffhanger es una ficha más. Las microficciones también están democratizando el acceso a la producción audiovisual. Hay creadores que antes no tenían lugar y hoy están desarrollando contenido, señala Miraglia. La llamada economía de los creadores encuentra en este sector un terreno fértil. También obliga a repensar la narrativa: el formato vertical impone planos más cerrados y menos personajes en escena. De alguna manera la mirada del universo se acorta y el entorno queda fuera de los marcos. Situaciones y actuaciones de carácter más intimista. Menos desplazamientos. Todo está cerca. Más emocional. No hay paisajes que distraigan: la historia ocurre en la cara del actor. Y en ese primer plano se juega todo. Un desafío desde la actuación Lo que me aportó fue la rapidez para salir de un momento muy dramático y entrar nuevamente en otro más divertido, dice Caro Ibarra sobre lo que esta experiencia le dio como actriz: poder cambiar rápidamente de estado de ánimo. Tal vez por eso funcionan las microficciones verticales. Porque en un mundo saturado de estímulos, ofrecen algo que parece contradictorio: intensidad concentrada. Un golpe de historia cada pocos segundos. Un vínculo inmediato con personajes que, en otras formas de narrativa, necesitan mucho más tiempo para desarrollarse. Leé también: El ballet de los robots: diseñan una magia para que varias máquinas trabajen como en una coreografía ¿Reemplazan al cine o a las series tradicionales? No. Al menos por ahora. No compiten, complementan, dicen quienes las producen. Son otra cosa. Otro momento. Otro consumo. Llevan la ficción a la primera pantalla, a la que los usuarios ponen por delante de todas las otras: el celular. Pero hay una señal que no pasa desapercibida: las grandes plataformas ya están explorando adaptaciones al formato vertical. Nadie quiere quedarse afuera. Porque en el fondo, más allá del debate estético o industrial, hay una certeza incómoda: estas historias entendieron algo esencial sobre nosotros: nuestra impaciencia, nuestra necesidad de estímulo constante, nuestra dificultad para soltar. El dedo vuelve a subir. Otro capítulo empieza. Y uno, que pensaba ver solo uno más, ya está adentro de una historia que no sabe cómo va a terminar. Ni si quiere que termine.

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