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Fecha: 24/04/2026 15:39
En el caso de los hombres del gobierno de Donald Trump, el enfoque en su aspecto es una constante, y las declaraciones políticas y los comentarios en las redes sociales están impregnados de exhibiciones de fuerza física, frases de hombre rudo e ímpetu masculino. Al mismo tiempo, esos principios tradicionales de masculinidad han ido acompañados de destellos de vulnerabilidad sobre el aspecto y la forma de vestir de los hombres: el otoño pasado, por ejemplo, el presidente se quejó de una foto de la revista Time que, según él, lo hacía parecer calvo. Me borraron el pelo, dijo el presidente en Truth Social, y añadió que la foto era malísima y se merecen que lo haga notar. En diciembre, una serie de fotos para Vanity Fair --incluidos primeros planos del secretario de Estado Marco Rubio y del vicepresidente JD Vance-- fueron duramente criticadas por Rubio, que las calificó de deliberadamente manipuladas. (La revista negó cualquier alteración de las fotos). Además, las acusaciones de mala praxis fotográfica volvieron a surgir el mes pasado, cuando The Washington Post informó que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, había prohibido a los fotógrafos de prensa asistir a las sesiones informativas sobre la guerra de Irán porque consideraba que sus fotos eran poco favorecedoras. (El Pentágono lo negó, señaló que se había acomodado a varios fotógrafos en sesiones informativas recientes y calificó de falsa la premisa del artículo del Post). A pesar de todo lo que se dice sobre la cirugía estética inspirada en Mar-a-Lago para las mujeres del entorno de Trump, también destacan la atención prestada al ego masculino y los esfuerzos por salvaguardarlo. Son constantes intentos de cultivar una personalidad que, a sus ojos, parezca fuerte, poderosa, dominante y estoica, afirmó Zac Seidler, psicólogo clínico y director mundial de investigación de Movember, organización benéfica para la salud masculina. Pero una vez que rascas la superficie de eso, todo lo que ves es fragilidad. El presidente Donald Trump, por supuesto, lleva mucho tiempo obsesionado con la estética personal y es conocido por sus opiniones implacables y a veces ofensivas sobre la apariencia de las mujeres. Sin embargo, Trump también ha normalizado la costumbre de hablar y criticar el aspecto de los hombres, con lo que ha inaugurado una nueva era de evaluaciones aduladoras y comentarios habituales sobre el aspecto de los miembros de su gabinete y de otras personas. Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca, dijo que el presidente Trump ha reunido al gobierno con más talento y logros de la historia. Por si fuera poco, añadió en un correo electrónico, ¡parecen salidos de un casting!. La atención prestada al aspecto físico podría considerarse parte de una tendencia más amplia entre los hombres --sobre todo los más jóvenes-- que incluye ideas como el lookmaxxing (tratar de aumentar el atractivo propio mediante cirugías y otros métodos) y el mogging (dominar a otro hombre en apariencia), que se están filtrando constantemente por la llamada andrósfera. Sea como sea, el interés de Trump por las imágenes externas ha sido adoptado e imitado por su personal, según Dan Cassino, profesor de gobierno y política en la Universidad Fairleigh Dickinson, que ha estudiado el enfoque del presidente sobre la masculinidad. Los hombres del gobierno de Trump están representando un tipo muy específico de masculinidad para intentar atraer a Trump, afirmó Cassino. Por supuesto, las mujeres en el mundo laboral han estado acostumbradas y preocupadas por los comentarios y juicios sobre su aspecto. Ahora, al parecer, los hombres también lo están. Comentar el aspecto o la apariencia de alguien es una de las formas más básicas de juego de poder que tenemos, dijo Rose Hackman, autora de Emotional Labor, un estudio sobre el papel, a menudo subestimado, de las mujeres en el lugar de trabajo y en otros ámbitos. Hackman añadió que lo que Trump ha dicho sobre los hombres de su círculo íntimo los reduce efectivamente a activos, lo que puede hacerlos sentir que tienen que estar saltando a su alrededor, o de lo contrario su estatus a sus ojos podría cambiar en cualquier momento. El propio Trump va casi siempre de traje y parece gustarle la formalidad de épocas anteriores. Cultiva una apariencia que refleja una aparente obsesión por la década de 1980, incluidos los trajes y las corbatas rojas que suelen llevar sus asesores más cercanos y el pelo peinado hacia atrás, al estilo Gordon Gekko (como el que luce actualmente Hegseth). El presidente dijo que no quería que los miembros de su gabinete usaran zapatos deportivos y hace poco mostró su predilección por cierta marca de zapatos de vestir de 145 dólares, pues les compró pares a Rubio y a Vance. También tiene un claro aprecio por los hombres en buena forma física, y recientemente elogió los músculos de un líder de la Marina y de los agentes federales, y dijo que un luchador de la UFC era un tipo guapísimo, que podría ser modelo. Eres demasiado guapo para ser luchador, le dijo Trump a Paulo Costa, que agradeció el cumplido. Por otro lado, ese tipo de evaluación presidencial también puede desencadenar las inseguridades de los hombres, parte de esta creencia generalizada de que debes tener un aspecto y una apariencia determinados o habrás fracasado, explicó Seidler. Cuando la imagen se ve amenazada, agregó, todo el edificio se tambalea. Durante la última década, Trump ha hecho de sus evaluaciones estéticas una potente aunque burda herramienta política, y ha menospreciado a sus oponentes por todo, desde su peso (incluido Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey) hasta su estatura (se burló del congresista Adam Schiff, de California, a quien le dijo pequeño). La teoría política de Trump parece sostener que ser menos atractivo, o imperfecto, es débil y, por tanto, marca a un perdedor. Es un punto de vista quizá extraído de su fijación con la televisión, donde el aspecto y la apariencia son primordiales. Además, Trump, que también fue estrella de reality shows, lleva años premiando a las personas que le expresan su apoyo frente a las cámaras, sobre todo a las que combinan el aspecto de los presentadores de informativos con la soltura de los artistas. Es una lista que incluye a Hegseth, antiguo presentador de Fox News; Sean Duffy, secretario de Transportes y antiguo participante en Real World de MTV; y Mehmet Oz, que se hizo famoso como médico televisivo antes de dirigir los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid. Los presidentes han intentado a menudo proyectar fortaleza y restar importancia a sus retos físicos: Franklin Delano Roosevelt, por ejemplo, ocultó que iba en silla de ruedas. John F. Kennedy ocultó fuertes dolores y otras dolencias. No obstante, Trump ha llevado ese control de imagen aún más lejos. Sus sustitutos pregonan con frecuencia su vitalidad, y el presidente se relaciona a menudo con hombres que muestran rasgos masculinos, como influencers musculosos. Presentó a Hulk Hogan, el histriónico luchador profesional, en la Convención Nacional Republicana de 2024, donde se arrancó la camisa, y también encabezará --y promocionará-- un combate de la UFC en la Casa Blanca en junio, tras un seminario de entrenamiento exclusivo que los luchadores celebraron con agentes del FBI en marzo. El machismo del segundo mandato también es evidente en una serie de demostraciones al estilo rudo de un hombre de gimnasio, incluido un video reciente --duramente criticado por algunos demócratas-- de Robert F. Kennedy Jr., secretario de Sanidad, y el veterano rapero Kid Rock, en el que se les ve haciendo ejercicio juntos. Parece que Trump aplaude todo eso, a pesar de su propia aversión a ese tipo de actividades de macho alfa, pues, a excepción de sus frecuentes partidas de golf, Trump no hace ejercicio. Al mismo tiempo, hay indicios de una inseguridad común en muchos hombres: la caída del cabello. Esas preocupaciones dieron lugar a las quejas de Trump sobre la portada de Time, así como a que utilizara un medicamento para el crecimiento del pelo y bromeara de vez en cuando sobre ocultar su calva. Tom Wooldridge, decano fundador de la facultad de Psicología de la Universidad Golden Gate, que ha estudiado el impacto emocional de la calvicie, dijo que esos temores son a veces profundamente primarios. Muchos de nosotros morimos sin mucho pelo, comentó Wooldridge. Así que para muchos hombres es un símbolo de envejecimiento y mortalidad. Los expertos afirman que la masculinidad a menudo se gana de otros hombres. Evalúan constantemente la aparente hombría de los demás en función de ideales estereotipados como la dureza, la agresividad y la dominación, y, por extensión, la revocan cuando un hombre no supera esas pruebas subjetivas. Es frágil, afirma Maryam Kouchaki, profesora de Gestión y Organizaciones de la Universidad Northwestern, que ha estudiado el fenómeno de lo que denomina hombría precaria en el lugar de trabajo. Se pierde fácilmente, dice. Sin embargo, ese proceso de evaluación se ha sobrealimentado en la era Trump, dijo Michael Kimmel, autor de Manhood in America, y añadió que muchos miembros varones del gobierno de Trump parecen disfrazarse de Rambo para impresionar al presidente. Parte de la adulación, presidencial o de otro tipo, no es más que política anticuada: elogiar a la gente como medio de congraciarse. El propio Trump sigue prodigándose en elogios, ya se trate del tamaño físico del equipo masculino de hockey de Estados Unidos o del atractivo de un veterano herido en el Estado de la Unión. Dicho esto, el presidente también ha mostrado un atisbo ocasional de sensibilidad sobre el aspecto de otros hombres, como en febrero, cuando hizo una especie de cumplido a Santiago Peña, presidente de Paraguay, de 47 años, describiéndolo como un tipo joven y guapo. Siempre es agradable ser joven y guapo, dijo el presidente. Eso no significa que tengas que agradarnos. *Por Jesse McKinley
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