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» La Nacion
Fecha: 23/04/2026 03:23
- 7 minutos de lectura' Las inundaciones que azotaron Tucumán el mes pasado dejaron un panorama desolador. Tras las fuertes tormentas y el temporal, la provincia sufrió graves consecuencias: inundaciones en los hogares, derrumbes, cortes totales, cancelación de clases y más de 15 mil evacuados. En La Madrid, los vecinos quedaron bajo el agua y muchas familias tuvieron que retirarse de sus viviendas. Sin embargo, en esa localidad de la provincia y en medio de la tragedia, también surgieron historias atravesadas por el heroísmo y la solidaridad, como la de Renata, una pequeña cabra que fue rescatada por un grupo de veterinarios y voluntarios. La odisea comenzó con un viaje de más de 1300 kilómetros por tierra desde Buenos Aires hasta la zona más afectada por las inundaciones. El equipo de Fundación Planeta Vivo, liderado por Fernando Pieroni, se movilizó en lancha por agua para llegar a los lugares donde todavía había animales que necesitaban ayuda. La zona más alejada estaba a unos 30 kilómetros del campamento base, y en un solo día, un grupo de voluntarios -entre los que se encontraba un puñado de veterinarios con vocación- llegaron a hacer hasta 10 viajes entre ida y vuelta, desafiando las corrientes y el peligro. No conocía esa zona, es muy campo adentro. Y, como estaba todo cubierto por agua, solamente se podía llegar por agua o por aire. Gracias al llamado de un lugareño que había informado sobre la presencia de animales enterrados y con vida en el área, los rescatistas tomaron entonces la iniciativa de llegar con una lancha, relata la médica veterinaria Mónica Pavón, que formó parte de los voluntarios que asistieron a cabras, caballos, perros y ovejas que luego de varios días, aún seguían con vida en La Madrid. El panorama con el que se encontraron fue desgarrador. Las zonas totalmente inundadas obligaban a caminar un kilómetro a pie por el lodo, que en algunos casos llegaba hasta la cintura. Los animales se encontraban hacinados en pequeñas islas, sin agua y sin comida. Muchos de ellos ya habían perdido la vida, y otros estaban atrapados en el barro y siendo devorados por aves aún estando vivos. Fue desesperante ver el estado en el que estaban esos animales. Si bien yo había colaborado en las inundaciones de 2017, esta vez fue peor. Vimos animales con infecciones en sus patas producidas por la humedad de tantos días, con bicheras, hembras que había abortado espontáneamente y muchos enterrados en el barro pero con vida, detalla Pavón. Fue en una de esas recorridas cuando encontraron a Renata. La cabra, a la que le calcularon unos cuatro años, estaba enterrada hasta el cuello, agonizando, casi sin vida. En el mismo sector, sus hermanas también se encontraban atrapadas y heridas. El equipo no lo dudó ni un segundo y comenzó las tareas de rescate. Desenterrarla fue rápido, pero estabilizarla en el lugar llevó mucho tiempo. Los veterinarios trabajaron incansablemente para brindarle los primeros auxilios. Después, Nicolás, uno de los rescatistas, tuvo que llevarla en sus hombros durante un kilómetro por el camino lodoso, para luego trasladarla de urgencia en lancha unos 14 kilómetros y otros 10 kilómetros más en camioneta hasta llegar al campamento sanitario armado en la localidad de La Madrid", dice Fernando Pieroni. Llegamos a ser unos 50 veterinarios activos en el campamento que se había montado para asistir a los animales. Nos dividimos en grupos y turnos para poder atender a los que iban llegando desde las zonas más alejadas en los botes y camionetas. En cuanto los recibíamos, los clasificábamos de acuerdo a la gravedad de cada caso. Los separábamos en diferentes corrales y les brindábamos las primeras atenciones. Todo quedaba registrado por escrito para que el turno de médicos siguiente pudiera seguir a cada uno de forma personalizada. Fue un verdadero trabajo en equipo, todos unidos por un fin en común: salvar las vidas de esos animales, dice Pavón. Las expectativas de supervivencia para Renata eran muy bajas. Presentaba un cuadro severo de deshidratación, desnutrición y lesiones en sus cuatro extremidades, como consecuencia de haber estado muchos días inmovilizada bajo el sol. Los profesionales le administraron suero y medicación, y el equipo se mantuvo en vilo, esperando un milagro. Además, Renata tenía una preñez avanzada. Y aunque comenzó con el trabajo de parto, sus crías no sobrevivieron a los días de estrés y abandono. Pero algo en ella nos cautivó a todos: a pesar de todo el sufrimiento, Renata buscaba nuestra mirada y caricias, recuerda con emoción Pavón. Cuando Pieroni regresó al campamento después de un largo día de rescate, lo primero que hizo fue preguntar por ella. Temía lo peor, pero se llevó una grata sorpresa: Renata estaba sentada, comiendo y tomando agua por sí misma, con un estado de salud notablemente mejor. Esa misma noche, Fernando Pieroni notó algo especial en ella. Estaba sentado dentro del tráiler donde dormía y el vidrio daba directo a donde Renata descansaba. Noté que miraba fijamente. Eso me llamó mucho la atención. Entonces me acerqué y me senté al lado de ella sin tocarla y sin molestarla. Y ella posó su cabeza sobre mis piernas en forma muy cautelosa y la empecé a acariciar y ahí se generó nuestra conexión: ella era especial porque los animales criados en corral no suelen tener ese tipo de interacción con los seres humanos, cuenta Pieroni. Mónica Pavón tuvo esa misma sensación con respecto a Renata: Si bien todos los animalitos recibían los mismos cuidados y dedicación, ella se convirtió en el centro de atención porque nos buscaba. Es raro que los animales de granja tengan ese comportamiento. Y a todos nos conmovió la dulzura en la mirada de Renata. Cada animalito que se salvaba era una batalla ganada. Con el correr de los días, el estado de ánimo de Renata comenzó a mejorar, aunque no sin altibajos. Sufrió una complicación en su útero que requirió una intervención de urgencia. Además, no podía caminar debido a las lesiones en sus extremidades. Cuando el equipo tuvo que regresar a Buenos Aires, Renata se quedó al cuidado de un grupo de voluntarios de diferentes ONGs y de su veterinaria, Mónica Pavón. Sin embargo, el fuerte vínculo que se había generado con ella, la necesidad de continuar con su tratamiento para que pueda caminar y el deseo de que tenga la oportunidad de vivir libre y amada, llevó a Fernando Pieroni y su esposa, la abogada, rescatista y activista por los derechos de los animales. Natalia Alanis, a tomar la decisión de sumarla a su familia multiespecie en Buenos Aires. Así de inexplicable es el amor. Me enamoré de una tucumana, y decidimos traerla a casa para seguir con su tratamiento. Pero no vino sola. También se sumaron cuatro cabritas y una oveja que necesitan rehabilitarse, una nueva oportunidad, tiempo y mucho cuidado. Renata es un ser especial y maravilloso, que desde el primer momento de su rescate y en cada día que siguió, demostró una fuerza enorme de supervivencia y unas ganas inmensas de vivir, concluye Pieroni. Al llegar a su predio en Buenos Aires, lo primero que hicieron fue fabricarle un carro a medida para que se pueda movilizar. Hoy Renata recibe fisioterapia y toda la atención posible para que pueda volver a caminar. En estos días, su avance ha sido notorio, aunque aún no logra levantarse ni mantenerse en pie sin la ayuda de su carrito. Pero eso no le impide disfrutar del sol, pastar y compartir momentos con sus hermanas, en una nueva vida llena de amor y esperanza. Porque los animales son seres maravillosos. Y cuando se los trata con amor y respeto, la devolución que dan es inmensa, pura, transformadora, asegura el rescatista. Compartí una historia Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com
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