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  • 451 grados Fahrenheit: la temperatura en la que el papel comienza a arder

    Concepcion del Uruguay » La Pirámide

    Fecha: 22/04/2026 13:10

    451 grados Fahrenheit: la temperatura en la que el papel comienza a arder Los libros son más importantes de lo que solemos imaginar... Han sido censurados, quemados, perseguidos; pero también motor de revoluciones, de desplazamientos culturales, de ideas que encontraron en las páginas un lugar donde germinar antes de irrumpir en la realidad. Por eso resulta, cuanto menos, desconcertante que en los tiempos en los que leer implicaba un riesgo hubiera más deseo que hoy, cuando el acceso es casi absoluto. Y ni siquiera hace falta imaginarlo, alcanza con recordar. Libros que arden, páginas y pensamientos que se vuelven ceniza, una sociedad que decide que pensar demasiado es un problema. Fahrenheit 451 no habla del fuego, habla del miedo a lo que los libros despiertan (y no hace falta ir muy lejos para encontrar su eco). Durante la última dictadura militar argentina (1976-1983), se prohibieron cientos de libros, incluidos textos infantiles, considerados peligrosos por su capacidad de despertar pensamiento crítico. Obras como Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, La planta de Bartolo de Laura Devetach o El pueblo que no quería ser gris de Beatriz Doumerc fueron censuradas con una lógica que hoy resulta brutal en su transparencia. Hubo quema de libros, persecución de autores, lectores que escondían ejemplares como quien protege algo más que papel. Pero ¿Por qué? ¿Qué poder puede tener un libro para generar semejante reacción? Para Paulo Freire (educador y filósofo brasileño, considerado el principal fundador de la pedagogía crítica) leer no es un acto mecánico ni pasivo; es una forma de conciencia. Leer implica comprender el mundo, interpretarlo, y en esa interpretación se abre la posibilidad de transformarlo. Por eso la lectura es, en esencia, un acto político y liberador: porque quien entiende, ya no puede obedecer del mismo modo. De ahí que los regímenes autoritarios no teman al objeto libro, sino a lo que ese objeto habilita. Los decretos de prohibición durante la dictadura hablaban de conmoción interior o de amenazas al orden; cuando en realidad, lo que estaba en juego era la capacidad de pensar por fuera de lo establecido. Pero incluso fuera de esos contextos extremos, la lectura sigue siendo una forma de entrenamiento. Nos educa en la atención, nos obliga a sostener una idea, a escuchar una sola voz en un mundo que nos empuja a la dispersión constante. Leer es, en cierto sentido, resistir a la polarización y la fragmentación. Es aprender a comprender antes de responder, a pensar antes de juzgar y, en ese camino, dialogar con voces que nos preceden, como Platón, Eduardo Galeano o Virginia Woolf. Leer es entrar en una conversación que empezó antes de nosotros y que seguirá después. Por otro lado, la lectura no solo transforma nuestras ideas; transforma nuestro carácter. Exige constancia, disciplina, una forma de paciencia que hoy parece escasa. Volver a una página, insistir cuando no se entiende, atravesar la incomodidad sin abandonarla. ¿No es ese, también, un aprendizaje ciudadano? La democracia, en su forma más exigente, requiere exactamente eso: sostener, escuchar, revisar. Y, sin embargo, a pesar de todo esto ¿por qué no leemos más? La Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2022) señala que el 51% de los argentinos leyó al menos un libro en el último año, siendo los adolescentes de entre 13 y 17 años los que tomaron la delantera (el 77% afirmó haber leído un libro en el último año) muy por encima de las personas de 65 años o más (40%). Aunque, la cifra de al menos uno es en apariencia aceptable, no construye hábito, apenas roza la superficie. Leer exige continuidad, tiempo, una forma de compromiso que hoy parece competir y perder frente a la inmediatez. Bibliotecas populares: las grandes olvidadas Y, no hay excusas en la ciudad existen espacios que, como lectora, adoro visitar: la Biblioteca Popular El Porvenir y la Biblioteca "Fiat Lux" La Buena Lectura, ambas en calle San Martín. Se trata de dos bibliotecas antiquísimas, al alcance de todos, que no solo ofrecen libros, sino también comunidad: talleres, muestras, encuentros, iniciativas que buscan devolverle a la lectura su dimensión colectiva. Entre las propuestas, la biblioteca La buena Lectura se sumó a la llamada suelta de libros con su consigna encontralo, leelo, liberalo que propone hacer circular los libros, sacarlos de la lógica de acumulación, devolverlos al espacio público. Durante esas jornadas, muchos ejemplares quedan al alcance de cualquiera, esperando ser encontrados, leídos y nuevamente liberados. Leer en la infancia: el arte de despertar curiosidad Una de las tareas más importantes que tenemos como sociedad es fomentar la lectura en niños y adolescentes. De invitarlos y de mostrar que no es una obligación escolar, sino una posibilidad, que en la lectura hay placer, refugio, curiosidad. El hábito nace del ejemplo: de ver a otros leer, de encontrar libros cercanos, de elegir sin imposición. En la infancia, la clave está en la accesibilidad; en la adolescencia, en la identificación. Nadie se convierte en lector desde el tedio. Umberto Eco escribió que el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee. Y, en esa frase, hace un diagnóstico en el cuál no habla de abandono... Los libros siguen ahí: no desaparecieron, no arden (al menos no como antes). Esperan, pero ya no hace falta el fuego cuando alcanza con la indiferencia. Abril vuelve cada año, puntual, con su promesa intacta. Las vidrieras se ordenan, los discursos se repiten, las fechas se conmemoran, las ferias se llenan; todo parece indicar que el libro ocupa su lugar. Pero en algún rincón más discreto en una biblioteca silenciosa, en un banco cualquiera, en una casa donde alguien abre un libro sin apuro la escena esencial sigue ocurriendo: una mente que se detiene, que se sumerge, que se deja transformar. No hace falta fuego para que los libros desaparezcan, basta con mantenerlos cerrados. La pregunta ya no es si existen, la pregunta es si estamos a la altura de abrirlos. Porque la temperatura ya no se mide en grados Fahrenheit, sino en algo más sutil: en la distancia entre tener un libro al alcance de la mano y elegir, verdaderamente, abrirlo. Imagenes: Biblioteca Popular el Porvenir y Biblioteca la Buena Lectura.

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