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» La Nacion
Fecha: 22/04/2026 04:47
Fue construida por el escritor, con la ayuda de dos peones, en 1908 muy cerca de San Ignacio. Allí nacieron sus dos primeros hijos y se suicidó su primera esposa, Ana María Cires Suscriptores- 7 minutos de lectura' Muy cerca de la Misión Jesuítica San Ignacio Miní uno de los sitios turísticos más visitados de la provincia misionera, después de las cataratas y solo atravesando el pequeño pueblo de San Ignacio, se encuentra la casa museo Horacio Quiroga que muchas veces es pasada por alto por los viajeros. Una calle de tierra colorada serpentea por el pueblo y lleva al lugar donde el escritor vivió y escribió gran parte de su obra. Al predio se ingresa por un breve sendero de caña tacuara que conduce a las dos casas donde Quiroga habitó: la de madera hoy reconstruida donde vivió con su primera esposa Ana María Cires y sus dos pequeños hijos, y la de piedra más consolidada. Allí vivió con su segunda mujer cuando volvió a Misiones tras una estancia en Buenos Aires. Las casas enmarcadas por el paisaje selvático, guardan parte de los muebles y objetos (como fotografías, herramientas y vajilla) del escritor uruguayo que se vino a la Argentina a los 21 años y en una expedición en 1903 a la provincia de Misiones con su amigo Leopoldo Lugones compró 185 hectáreas de selva de lo impactado que quedó con este rincón misionero. Hacia 1908, con la ayuda de dos peones, construyó un rancho de madera. Un armazón de postes sólidamente enclavados en la tierra, sobre los que descansaba el techo, formado de vigas horizontales y angulares, y el varillaje necesario para sostener un tejado de maderas describen Delgado y Brignole en su Vida y Obra del autor. Con tablones en las paredes y los pisos, estuvo lista cunado montó un tabique que dividía en partes desiguales el hall comedor, más grande, y un espacio menor destinado a dormitorio. Nunca había gastado mejor genio ni tanto amor en la realización de una obra, dicen. Sin embargo, sus dotes de obrero y arquitecto tenían limitaciones. La madera, mal estacionada, hizo que al poco tiempo, se arqueara, convirtiendo a la casa, según su biógrafos, en una criba, y cuando llueve, en un colador. Con todo, allí se instaló la pareja, junto con la madre de Ana María, que había quedado viuda en enero de 1911. El 29 de ese mismo mes nació Eglé, y el 15 de enero de 1912, su hermano Darío. Los hijos de Quiroga lo siguieron en los gustos, el cuidado de animales como coatís, venados, búhos y yacarés. Casa Museo La verdadera casa de madera donde el autor de La gallina degollada escribió muchos de sus relatos más famosos, se deterioró y perdió tras un incendio, pero fue reconstruida de manera casi idéntica a la que levantara el escritor con sus propias manos, y ambientada tal cual. Lo hizo un grupo de productores que filmó Historias de Amor, de Locura y de Muerte, la película de 1986 dirigida por Nemesio Juárez basada en la biografía del escritor entrelazada con sus cuentos. Luego de grabada la película, la casa reconstruida se donó y fue declarada patrimonio cultural de la provincia. Hay algunos elementos originales repartidos entre las dos propiedades, entre ellos el escritorio donde Quiroga escribía, sus botas y en el taller, el banco de trabajo y algunas herramientas. También su cámara fotográfica y la máquina de escribir. Recorrerla ayuda a imaginar la vida del escritor y de su familia en ese entorno tan agreste. Este lugar era pura selva y eligió para construir la casa este sector plano que contaba con vista al río Paraná, describe Verónica Barrios, una de las guías del sitio. El contacto con la selva Se dice que fue en esta casa de madera que Quiroga escribió como pasatiempo los Cuentos de la Selva, con la idea primera de entretener a sus propios hijos. La experiencia directa de Quiroga en la selva misionera fue clave para el tono, los personajes y el ambiente de estos relatos. La naturaleza y la dureza de la vida en ese entorno determinaron también los relatos que darían forma a sus Cuentos de amor, de locura y de muerte. Empieza a dramatizar en sus cuentos la experiencia de vivir dentro de la selva y conocer estos animales y el río Paraná, destaca la guía. Al ser una zona totalmente selvática con muy poca accesibilidad debían llegar con peones y machetes abriendo camino hasta alcanzar sus destinos desde los puertos, completa. Por estar tan aislados y no tener acceso a otro tipo de entretenimiento, fabricaba también los juguetes para sus hijos. Además de construir la casa y sus muebles, Quiroga era taxidermista y tenía plantaciones de cítricos con los que fabricaba licores que vendía. Al ser letrado, había sido designado juez de paz, función que, se dice, desempeñaba de una manera tan informal como singular. Poco interesado en las formalidades del cargo, cuentan que evitaba trasladarse a la oficina y atendía a los vecinos directamente en su casa, incluso desde el techo mientras reparaba las goteras. Desde allí les pedía los datos, los anotaba en papeles sueltos y daba por resueltos trámites como casamientos o inscripciones de nacimiento. Luego, guardaba esas notas en una simple caja de galletas, reflejando tanto su desinterés por la burocracia como el carácter improvisado con el que ejercía la función. En la casa hay una réplica de la caja de galletas con papeles escritos en su interior. La sombra de una tragedia Su primera mujer se suicidó tomando un sublimado que él utilizaba para revelar sus fotografías después de entrar en una depresión. Su agonía duró ocho días. Está enterrada en San Ignacio. Al quedar viudo, Quiroga tuvo que volver a la ciudad de Buenos Aires con sus dos hijos muy pequeños. No tenía vecinos cerca y le resultaba difícil seguir viviendo en la selva con sus hijos, asegura la guía. Con su segunda mujer, María Elena Bravo, unos 28 años menor que él, tuvo una tercera hija también María Elena, a la que todos llamaban Pitoca y regresó a vivir al sitio a partir de 1930. Ocuparon la casa de piedra, más nueva, en la que antes había vivido temporariamente su primera suegra, y que ahora contaba con mejor acceso en automóvil. La casita de madera pasó entonces a funcionar de taller. Sin embargo, la historia se repitió. La bella esposa, que era de una familia acomodada de la ciudad, acostumbrada a otro nivel de vida, terminó abandonando al escritor después de cuatro años por no acostumbrarse a la vida en ese entorno tan rústico y aislado. La selva que fue fuente de gran inspiración para Horacio Quiroga, fue también el escenario que, al parecer, marcó la tragedia personal de su vida. Lo que el visitante ve en la casa hoy como un lugar lleno de magia que reconstruye la vida del escritor que todos leyeron, no lo fue para sus esposas e hijos. Quiroga se suicidó con cianuro en 1937 al confirmar que estaba enfermo de cáncer de próstata, mientras vivía internado en el Hospital de Clínicas. Su hija Eglé se suicidó al año siguiente; Darío en 1951 y Pitoca se arrojó al vacío de un noveno piso en el microcentro porteño cuando tenía 60 años. Casa Museo de Horacio Quiroga. IG: @quirogahoraciosilvestre Abierta todos los días de 8 a 18. Se realiza una visita guiada cada vez que llega gente.
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