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» La Nacion
Fecha: 22/04/2026 04:47
Dictaduras, democracias, fervores, crisis y pandemias: 50 años de la Feria del Libro, reflejo y refugio de un país lector La edición que comienza mañana celebra las cinco décadas del encuentro editorial que se consolidó como el más importante de la región; los hitos de público, los visitantes ilustres y los escándalos en el acto inaugural Suscriptores- 10 minutos de lectura' En cincuenta años, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (que mañana inaugura su nueva edición con un acto para 1500 invitados en la pista central de la Rural) atravesó los vaivenes políticos, sociales y económicos del país: de la dictadura militar a la guerra de Malvinas y el regreso de la democracia; crisis, hiperinflaciones y caídas abruptas del consumo (y por consiguiente, de ventas de ejemplares); protestas y reclamos del sector editorial; y la pandemia que obligó a suspender dos ediciones consecutivas (2020 y 2021). Pero, también, grandes momentos como la mudanza de la primera sede en el ex Centro Municipal de Exposiciones a la Rural en el 2000 y, con ello, el aumento de metros cuadrados, de stands, de asistentes y de actividades; las visitas de importantes figuras internacionales; las charlas multitudinarias y las maratones de firmas a los lectores; las jornadas profesionales en los días previos a la apertura al público y mucho más: son hitos de su historia que la consolidaron como una de las ferias más importantes de la región con más de un millón de visitantes en cada edición. La quincuagésima edición también marcará un hito, dado que tendrá por primera vez un país invitado (Perú), en lugar de una ciudad como sucedió hasta el año pasado, y un acto inaugural donde, en lugar del discurso de un escritor, habrá un diálogo entre tres autoras (Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada y Leila Guerriero), moderado por una periodista (María ODonell). Además de la celebración por su cumpleaños, en 2026 se recordará también con muestras, charlas y otras actividades los cincuenta años del golpe de Estado en el país y los cuarenta de la muerte de Jorge Luis Borges, además de los homenajes a Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, entre muchas otras propuestas culturales. La escueta cobertura de LA NACION de la primera edición, titulada Inaguróse la Feria Internacional del Libro, está ilustrada con una foto del corte de cinta con los ministros de Justicia y de Cultura y Educación, Antonio Benítez y Oscar Ivanissevich (ministros del gobierno de Isabel Perón), y María de Villarino, presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade). Duraba dos semanas y no tres, como ya es tradición desde que se mudó a la Rural. El lema era Desde el autor al lector, que poco después se modificó por Del autor al lector, slogan que es sinónimo de la feria para muchas generaciones de lectores. En 1976, la segunda edición se inauguró el 26 de marzo, dos días después del golpe de Estado. Los editores que participaron entonces, como Daniel Divinsky, fundador de De la Flor fallecido en agosto pasado, siempre recordaban que, aunque la junta militar encabezada por Jorge Videla enviaba un comité a recorrer los stands para buscar libros peligrosos o prohibidos, durante la dictadura la feria se convirtió en refugio. En el archivo de LA NACION hay registros fotográficos de aquellos años tenebrosos, con Videla caminando por los pasillos del Centro de Exposiciones. Como consigna el libro 50 años de la Feria del Libro de Buenos Aires, publicado por la Fundación El Libro, en 1982, abrió al público un día antes del desembarco de las tropas argentinas en las islas Malvinas; el 2 de abril hubo tan poco público que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos casi no pudo firmar ejemplares. En 1983, un joven Raúl Alfonsín, candidato a presidente por la UCR, asistió a la Feria, firmó autógrafos y se sacó fotos con autores como Osvaldo Soriano. Ya presidente, Alfonsín siguió visitando la Feria: en 1984, inauguró la primera edición en democracia. Y fue la primera vez que el orador principal era un presidente. Ante una sala colmada, el Himno Nacional resonó fuerte y emocionó a todos los presentes. Al repasar la historia de la Feria surge un tema recurrente de estas cincuenta ediciones: los reclamos de editores al gobierno de turno para pedir apoyo al sector. En la primera edición, que empezó el 1 de marzo de 1975, la presidenta de la Sade, entidad organizadora del encuentro (por entonces no existía la Fundación El Libro, que se fundó en 1984), resaltó en su discurso las seria dificultades en la industria editorial y destacó la necesidad de intensificar la política de ayuda para recuperar la preeminencia que había tenido el país en ese campo. Un pedido que se repitió en la mayoría de los actos desde entonces, con picos de polémica y protestas, en algunas ocasiones, como los chiflidos e interrupciones de años recientes. Por ejemplo, en 2017, cuando, después de escuchar los reclamos de Martín Gremmelspacher (por entonces presidente de la Fundación El Libro), que advirtió sobre el momento crítico que vivía el sector, el ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, disparó la frase Conmigo no, Martín, parafraseando a Beatriz Sarlo y su ya célebre Conmigo no, Barone en el programa oficialista 678. La intervención de Avelluto, que despertó tantas risas como abucheos en la sala mayor del predio, colmada de gente, fue para aclarar: Este no es el peor momento de la industria editorial; hemos pasado dictaduras e hiperinflaciones. Ya había habido polémica en 2011, cuando en un hecho inédito, hubo dos actos de apertura de gran convocatoria. La controversia había comenzado con la decisión de los organizadores de invitar a dar el discurso de apertura al premio Nobel de Literatura Vargas Llosa. Hubo críticas del kirchnerismo y una carta pública firmada por Horacio González, por entonces director de la Biblioteca Nacional, y otros intelectuales de Carta Abierta. Finalmente, en la primera jornada hubo corte de cinta y un homenaje a María Elena Walsh y David Viñas. La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner no concurrió a la inauguración. El orador oficial fue el ministro de Educación, Alberto Sileoni. Al día siguiente, Vargas Llosa tuvo un acto propio en la misma sala, la más grande del predio, con capacidad para 1200 personas. Fue multitudinario. Tuvieron que habilitar un espacio adicional e instalar una pantalla gigante al aire libre. Cinco años después, el Nobel peruano volvió a ser uno de los invitados principales. Había venido al país acompañado por su pareja, Isabel Preysler, quien causó gran revuelo cuando ingresó a la sala rodeada de fotógrafos. En 2019, Cristina Kirchner (entonces, vicepresidente) presentó en la feria su libro Sinceramente en un acto colmado que desbordó la Rural. Cuando Javier Milei quiso presentar el suyo en 2024, no logró que los organizadores le cedieran la pista central para el evento y tuvo que hacerlo en el Luna Park. Este año, es uno de los invitados principales al acto de inauguración. Que un evento cultural en un país como la Argentina tenga una continuidad de medio siglo tiene un significado que va más allá de del evento en sí mismo -dijo Ezequiel Martínez, director la Feria porteña a LA NACION-. Es la voluntad de un país que necesita un espacio, un refugio, para que la cultura permanezca, sobreviva, resista y tenga su encuentro anual de una dimensión como lo es el de la Feria del Libro Buenos Aires, que empezó tímidamente al lado de la Facultad de Derecho con un espacio mucho más pequeño que los 45 mil metros cuadrados que ocupa hoy en el predio de la Rural. La Feria ha atravesado, en su primer trecho, no solo su época quizás más oscura, como fue la dictadura con censura de autores y de libros que no podíamos leer, sino también crisis económicas muy duras y períodos de inflación. Y, sin embargo, la feria resistió, continuó y se fortaleció. También, durante la pandemia, donde por primera vez en toda su historia no pudo abrir las puertas, pero volvió más fuerte y poderosa que nunca. Marcó un récord de ventas, de concurrencia de público, de actos culturales, de visitantes extranjeros. Creo que eso marca la importancia de este espacio y cómo se ha adaptado también a los cambios: la irrupción de internet, del audiolibro, de las diferentes maneras de leer y del público joven. La convocatoria de nuevos públicos con la movida juvenil ha sido un importante logro de la Feria y tuvo hitos que superaron las expectativas de los propios organizadores. Uno de ellos fue la visita del youtuber chileno Germán Garmendia, que en 2016 protagonizó una feria paralela con entrada agotadas en minutos para la presentación y largas filas para conseguir la firma de su libro. Si algo caracteriza a la Feria desde siempre (y ya es parte de su adn) es la amplitud de visitantes. De Polby Bird y Petrona C de Gandulfo firmando ejemplares a sus cientos de fans a estrellas de la movida juvenil, premios Nobel y Cervantes y figuras de la literatura nacional como Jorge Luis Borges, Silvina Bullrich, María Elena Walsh, Tomás Eloy Martínez, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Ernesto Sabato, Quino y Manuel Mujica Lainez, que siempre usaba sombrero, tintero y pluma. A la hora de firmar sus libros, Borges se dejaba llevar de la mano por María Kodama, que lo guiaba para que el escritor estampara su apellido. No escribía dedicatoria, solo firmaba: JLBorges. En 1985, el gran poeta protagonizó un diálogo con Susan Sontag, que fue anunciado como la reunión de dos de las mentes más brillantes del siglo XX. El público estaba eufórico. Aquí estamos otra vez, como Laurel y Hardy, representando nuestro número, dijo Sontag mientras recibía a Borges en el escenario, con una reverencia. Fue la última visita de Borges a la Feria. En 1997, Ray Bradbury causó sensación. Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida, dijo en 2006, cuando volvió a la Feria mediante una videoconferencia que resultó la gran atracción del año. Otro hito de público sucedió en 2014, con la visita de Paul Auster y John Coetzee, que recorrieron juntos los stands de la Feria. Los organizadores recuerdan que entonces sintieron que estaban acompañados de los Beatles. Coetzee vuelve este año a participar de la edición conmemorativa de la Feria. Entre los récords de resistencia y devoción, pocos superan al estadounidense John Katzenbach. En 2017, comenzó a firmar libros un sábado a las 18:00 y no levantó la pluma hasta las 3:40 de la madrugada del domingo. Desde aquella primera edición fundacional en 1975, con sus 116 stands y 140.000 visitantes que recordaban más a un campamento de gitanos -como ironizó Castillo en su discurso en 2004-, la Feria se ha ido transformado sin perder su esencia. Como resaltó LA NACION en la crónica del primer acto inaugural en 1975, la presidenta de la Sade, en el final de su discurso, formuló la esperanza de que la exposición alcance alta proyección nacional e internacional. Cincuenta años después, ese objetivo está más que cumplido.
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