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» La Nacion
Fecha: 21/04/2026 17:36
Abuso Entrá a la guía de servicio y encontrá los tips de los expertos sobre cómo prevenir, actuar y encontrar ayuda frente a este problema La casa de la calle Ybbsstraße 40, en la ciudad austríaca de Amstetten, no se diferenciaba del resto de las construcciones bajas. Por fuera, no había nada que llamara la atención. Por dentro, todo parecía seguir esa misma lógica: silencio, orden, rutinas previsibles. Nada que hiciera sospechar que algo raro, criminal, estaba pasando. El dueño era Josef Fritzl, un hombre al que varios describían como meticuloso y atento a los detalles. En la superficie, esa imagen se confirmaba: mantenía la casa en condiciones y llevaba una vida sin sobresaltos. Pero también ahí, en Ybbsstraße 40, un sótano nuevo, diseñado desde cero, abría la puerta a una realidad mucho más perturbadora. Ahí, sin que nadie lo supiera, mantenía encarcelada a una de sus hijas. El 28 de agosto de 1984, Fritzl tenía 49 años y vivía en esa casa con su esposa, Rosemarie, con quien se había casado a los 22, y sus hijos. A ella la revista alemana Der Spiegel la describió como una mujer cariñosa, maternal y afectuosa. Tuvieron siete hijos, entre ellos, Elisabeth, la cuarta, nacida el 16 de abril de 1966, a quien su propio padre elegiría para concretar un plan macabro que la convertiría en su segunda esposa. Según reconstruyó la misma revista, entre 1977 y 1978 el sótano debió de tomar forma en su mente. Es decir, el plan se venía gestando varios años antes, hasta que lo formalizó: construyó un espacio específicamente diseñado para mantener encerrada a su hija y hacer con ella lo que quisiera. Primero pidió y obtuvo, en octubre de 1978, la aprobación para construirlo. Y en 1983, la ciudad habilitó la obra, pero las dos nuevas habitaciones no figuraban en los planos. Finalmente, el 28 de agosto de 1984, Fritzl llevó a cabo el plan. Llamó a Elisabeth con el pretexto de que lo ayudara a bajar una puerta y, una vez ahí, la anestesió hasta que perdió el conocimiento y la esposó. Ese búnker de 55 metros cuadrados pasó a ser lo único que vería durante los siguientes 24 años. En ese cuarto su padre abusaría de ella y construiría una familia paralela. Josef armó una coartada. Obligó a su hija a escribir una carta en la que decía haberse unido a una secta y pedía que no la buscaran. Estaba fechada el 21 de septiembre de ese año en Braunau am Inn, la ciudad natal de Adolf Hitler. El relato resultó verosímil para muchos porque Elisabeth ya había intentado irse de su casa en otras ocasiones. Una amiga con la que había escapado a Viena recordaría años después que le dijo: Tengo que salir de este infierno. Ese infierno, según declararía más tarde, había comenzado mucho antes: su padre abusaba de ella desde los 11 años. Él mismo terminaría por reconocer ante su abogado: Mi deseo de tener relaciones sexuales con Elisabeth se hizo cada vez más fuerte [...]. Sabía que Elisabeth no quería lo que le estaba haciendo. Sabía que la estaba lastimando, aunque también sostuvo que las violaciones comenzaron una vez que la encerró en ese sótano. El espacio era mínimo. Los 55 metros cuadrados estaban divididos en dos habitaciones con lo básico: heladera, radio, televisor, una pequeña cocina y un lavarropas. La puerta de acceso, de metal, solo podía abrirse mediante un código numérico. Él mismo alimentaba el miedo: decía que si alguien intentaba adivinarlo podía sufrir una descarga eléctrica. El abuso se volvió sistemático. Fritzl tuvo siete hijos/nietos con su propia hija. Cuando quedó embarazada por primera vez, el llamado monstruo de Amstetten le dio desinfectante, tijeras y un libro sobre partos para que se asistiera sola. The Guardian repasó: En 1988, cuatro años después de haber sido encerrada en el búnker, Elisabeth queda embarazada por primera vez. Fritzl la obligó a dar a luz sola en la celda, sin ningún tipo de asistencia médica ni condiciones higiénicas. Ese primer hijo fue una niña, Kerstin. Durante los años siguientes, los embarazos se repitieron como consecuencia de las violaciones continuas a las que era sometida por su padre. El accionar de Josef con esos hijos fue ambivalente. En 1996 nacieron gemelos. Uno de ellos, al que bautizaron Michael, murió a las pocas horas por problemas respiratorios. Él no buscó ayuda médica, lo dejó morir. Después retiró el cuerpo y lo quemó en la caldera de la casa. A la vez, a tres de esos chicos los crio en libertad. Los medios locales los llamaron los niños de arriba. Para hacerlo, recurrió a la misma estrategia: cartas dictadas a Elisabeth en las que decía que no podía cuidar a sus hijos y pedía a sus padres que se hicieran cargo. Fritzl dejaba a los bebés en la puerta junto con esos mensajes. Así consiguió que los servicios sociales le otorgaran la custodia o el estatus de padres de acogida. Abajo, otros tres niños crecieron encerrados con su madre, sin ver el cielo ni la luz del sol. El 19 de abril de 2008, 24 años después del secuestro, comenzó el proceso que terminaría con la liberación de Elisabeth y sus hijos. Hoy ella tiene 60 años: pasó más tiempo de su vida encerrada que en libertad. El quiebre fue una urgencia médica. Kerstin, la hija mayor, de 19 años, nunca había salido del sótano. Ese día se descompensó. Convulsionó y perdió el conocimiento. Elisabeth le pidió a su padre que la llevara al hospital y él, de manera inesperada, aceptó. Hasta ese momento, su plan no había mostrado fisuras. En el hospital de Amstetten, los médicos advirtieron de inmediato la gravedad del cuadro. La joven presentaba fallo orgánico y no tenía historial clínico. Decidieron hacer un llamado público para localizar a su madre y obtener información. La policía también intervino. La presión creció y Fritzl llevó a Elisabeth al hospital, intentando sostener la versión construida durante años, agregando el detalle de que ella había decidido abandonar la secta. La secuencia se resolvió el 26 de abril de 2008. Ante las inconsistencias en el relato de Fritzl, los médicos dieron aviso a las autoridades. La policía lo interceptó ese día cuando se dirigía al hospital. Elisabeth fue interrogada, pero no habló hasta que le aseguraron que no volvería a ver a su padre. Según el diario alemán Bild, dijo: Nadie me va a creer, pero mi padre me ha mantenido encerrada en un sótano durante 24 años. En 2008, medios como The Sun y The Times publicaron partes de su testimonio ante la jueza Andrea Humer. Contó, por ejemplo, que su padre los amenazaba con dejarlos morir de hambre si no hacían lo que él quería. Fue brutal conmigo. Si no aceptaba mantener relaciones sexuales con él, entonces los niños sufrirían. Sabíamos que nos pegaría o que sería malo con nosotros. Decía que podía cerrar la puerta cuando quisiera y que entonces veríamos cómo íbamos a sobrevivir. El miedo era constante. Se comunicaba mediante palabrotas. Me insultaba a mí y a los niños. Cuando estábamos a la mesa y alguien agarraba mal el cuchillo o no quería comer, entonces había abusos verbales. No dejaba que los chicos desarrollaran su propia personalidad. Simplemente no dejaba que los niños tuvieran voluntad. Por su parte, Fritzl sostuvo que no necesitó ejercer violencia física, que su segunda familia lo respetaba como cabeza de familia. Que jamás se hubieran animado a atacarlo. Un cabeza de familia impuesto a la fuerza. En 2009 Josef fue condenado a cadena perpetua por asesinato por omisión, esclavitud, incesto, violación, coacción grave y privación de la libertad. Cumplió la mayor parte en la prisión de Stein, en una unidad psiquiátrica de alta seguridad. En los últimos años, su defensa pidió la libertad condicional. Su abogada Astrid Wagner sostiene que ya no representa un peligro y que sufre un deterioro cognitivo evidente. Lograron que fuera trasladado a una prisión común, según informó el medio austríaco Heute. Sin embargo, en 2025 el Tribunal Regional de Krems rechazó su liberación. Según Wagner, su demencia se manifiesta incluso en la forma en que interactúa con la televisión. Está seguro de que el público de un programa musical alemán, o incluso Donald Trump, lo saludan. Tiene delirios, está convencido de que es increíblemente popular. En 2023 envió una carta a The Sun en la que decía extrañar a su familia: Siempre estoy pensando en ellos y en cómo me gustaría ver a mis nietos; Estoy seguro de que nos vamos a reunir y creo que me perdonarán por lo que he hecho, escribió. También habló de sus expectativas: Bebo mucha agua durante todo el día. Hace poco leí que está científicamente demostrado que los seres humanos pueden vivir hasta los 150 años si comen bien y hacen ejercicio, así que quiero vivir hasta los 130 años; ese es mi plan. Según las últimas noticias publicadas en Europa este mes, Fritzl se habría caído en su celda poco antes de cumplir los 91 años, el 9 de abril, y su estado es delicado. Mientras, su defensa insiste con la libertad condicional, algo que muchos sospechan que no va a llegar a obtener. Para cuidar la imagen de Elisabeth se publicó muy poco sobre ella, sobre sus declaraciones. Fotos: ninguna (los únicos dos retratos que circulan en algunos medios fueron tomados antes de haber sido secuestrada por su padre). Nunca circuló de forma pública a dónde se mudaron. Poco después del juicio, en 2009, Elisabeth y sus seis hijos sobrevivientes recibieron nuevas identidades. El gobierno austríaco les proporcionó un nuevo nombre y una casa en una ubicación secreta, a menudo descrita como una aldea pintoresca en el norte de Austria, para proteger su privacidad. Un informe reciente de la revista People sostiene que Elisabeth vive con sus hijos, tanto los de arriba (que Fritzl crio con su esposa Rosemarie) como los de abajo (que crecieron en el sótano). A pesar del trauma, se reporta que han formado un vínculo familiar sólido. Los hijos hicieron terapia para adaptarse a la vida en libertad, aprender habilidades sociales básicas y manejar el impacto psicológico del incesto y el encierro. Elisabeth tiene 60 años y lleva una vida sencilla. Personas cercanas han mencionado que disfruta de actividades que le fueron negadas durante décadas: cuidar su jardín, ir de compras y aprender a conducir, asegura People. La relación con su madre es compleja. Si bien en un principio Elisabeth rechazó verla porque no podía creer que su madre no supiera nada del sótano, con el correr de los años tuvieron un tibio acercamiento. Rosemarie vive en una residencia de para jubilados.
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