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» La Nacion
Fecha: 21/04/2026 17:16
Murió Luis Puenzo, el director que siempre quedará asociado a un momento único de la historia del cine nacional Su triunfo con La historia oficial, primer largometraje argentino ganador del Oscar, convivió con varios rodajes complicados y una muy cuestionada tarea al frente del Incaa - 9 minutos de lectura' En la memoria histórica que guarda el cine sin distinción de fronteras, el nombre de Luis Puenzo siempre quedará asociado con un tiempo, un lugar y una película. Como artífice de La historia oficial tuvo la misión de revelar al mundo desde la pantalla la oscura realidad que atravesó a nuestro país durante la última dictadura militar. Puenzo murió este martes a los 80 años, cuatro décadas después de alcanzar con La historia oficial la cima del reconocimiento artístico internacional, coronada en una fecha marcada por el destino (el 24 de marzo de 1986, diez años exactos después del último golpe de Estado en la Argentina) con el Oscar a la mejor película extranjera. La triste noticia, adelantada a través de un comunicado de Argentores, no hizo mención específica a las causas del fallecimiento, aunque personas cercanas al realizador dijeron que en los últimos años, sobre todo desde su forzado alejamiento de la presidencia del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) en 2022, enfrentó varias complicaciones en su salud que lo mantuvieron lejos de la actividad profesional a la que consagró toda su vida. Nunca olvidaremos esa pesadilla, pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños, había dicho al recibir la estatuilla en aquella noche inolvidable y dorada de Hollywood. Tocaba el cielo con las manos y sentía, como ocurrió con muchísimos realizadores internacionales ganadores del Oscar, que todas las puertas podían abrirse para recibir sus proyectos más preciados y deseados. Así ocurrió, en su caso, inclusive antes de que la Academia de Hollywood lo consagrara con dos nominaciones al Oscar, la que ganó como película extranjera y la menos conocida como mejor guion original que obtuvo junto a Aída Bortnik. Al influjo de esas candidaturas, precedidas por otros triunfos destacados en los Globo de Oro y en varios festivales internacionales, Jane Fonda quiso saber si Puenzo había leído Gringo viejo, la gran novela de Carlos Fuentes que narra las experiencias del escritor estadounidense Ambrose Bierce como testigo de la Revolución Mexicana. La productora familiar de Fonda (que se reservó el principal papel femenino) finalmente llevó adelante el proyecto, con Gregory Peck como Bierce y la dirección de Puenzo. Se estrenó en 1989, también con guion del director y de Aída Bortnik. Pero lo que todos imaginaban en ese momento como el comienzo de una potencial carrera en Hollywood terminó en rotunda frustración. El público la ignoró (fue un gran fracaso de taquilla en los Estados Unidos), los críticos no se pusieron de acuerdo en valorarla o destrozarla y hasta el propio Puenzo admitió que nunca estuvo conforme con los resultados porque nunca tuvo el control sobre la edición final, según contó Diego Curubeto en el libro Babilonia gaucha. Allí se cuenta, por ejemplo, que quedó descartada en el montaje una espectacular y costosa secuencia bélica. Si me hubiera quedado en Hollywood sería un director marginal, dijo mucho después, en 2011, en una entrevista con LA NACION. Reconoció en ese momento que nunca le importó mucho seguir el camino de una eventual carrera en Hollywood y tampoco lo entusiasmaba la posibilidad de que sus hijos (Lucía y Nicolás, que siguieron la vocación paterna con destacados logros como autores, productores y directores audiovisuales) crecieran en ese lugar. En verdad, aquellos malentendidos que atravesaron la experiencia de Gringo viejo terminarían convirtiéndose en una constante de la trayectoria de Puenzo, aquí y en el exterior. Que un ganador del Oscar haya dirigido tan pocas películas (cinco largometrajes y un episodio del film colectivo Las sorpresas) puede explicarse a partir de las decisiones personales del propio realizador y también de las discusiones y polémicas que lo enfrentaron en sucesivas etapas con buena parte de la industria local. Amigo hasta el final de los gestos contemporizadores y una palabra que trataba en todo momento de escapar a cualquier controversia o pelea, Puenzo negaba una y otra vez esa realidad. Lo hizo inclusive para sostenerse en el tumultuoso final de su gestión al frente del Incaa, al que llegó a fines de 2019 durante la presidencia de Alberto Fernández. Su nombre parecía ideal para una conducción surgida desde el consenso del sector, ya que fue uno de los artífices de la Ley de Cine promulgada en 1994 y que estableció, entre otros temas, la autarquía del Incaa. Sin embargo, en abril de 2022 ese mismo gobierno le pidió la renuncia después de que varios sectores afines al kirchnerismo dominante de entonces le cuestionaran no haberse puesto al frente del reclamo por la continuidad de las políticas de fomento para el cine argentino. Ese conflicto interno concluyó con el alejamiento de Puenzo en las peores condiciones y en medio de movilizaciones e incidentes. Puenzo casi no volvió a hablar en público después de ese momento y su gestión al frente del Incaa (durante la cual quiso impulsar sin mayor eco un impuesto a las plataformas de streaming) tuvo el raro matiz de haber quedado marcada por los cuestionamientos de propios y extraños. Al dejar la función pública regresó, como lo hizo otras veces, al mundo de la producción (a través de su sello de toda la vida, Historias cinematográficas) y de la docencia. Y se dedicó sobre todo a apuntalar el recorrido de sus hijos y herederos artísticos. No solo de Lucía (dueña de una carrera propia con algunos logros magníficos como Wakolda, XXY y la serie La jauría), sino también de Esteban, Sebastián y Nicolás Puenzo, creadores de una empresa dedicada a la realización de cine publicitario. Ese mundo, el de los avisos y las marcas, fue el comienzo de la historia del futuro realizador de La historia oficial. Había nacido en Buenos Aires como Luis Adalberto Puenzo el 16 de febrero de 1946 y empezó su carrera muy chiquito, cuando tenía 16 años, en el equipo de David Ratto, según recordó en aquella entrevista con LA NACION. Pero inclusive antes de eso, según evocó en estas páginas Pablo de Vita, había sido dibujante y redactor publicitario en Gowland, otra destacada agencia. Cuando la conocí, la publicidad todavía era Guillermo Brizuela Méndez con un paquete de pastillas delante de la cámara. Cuando nació el cine publicitario, muchos directores de cortos empezaron a hacerlo. Puenzo no tardó en convertirse, una vez que pudo armar su agencia propia, en el líder de ese sector. Famosos avisos de Cinzano (aquel de los vasos que crecen en tamaño dentro de un vuelo), Peugeot y muchas otras marcas llevaron su firma. Y a partir de allí llegó el deseo de hacer cine: primero con la autoría de guiones free lance y luego con una sucesión de trabajos (cámara, montaje, luz, de nuevo guiones) que culminaron con su ópera prima, Luces de mis zapatos (1973), inspirada en los éxitos del muy popular cantante y animador infantil Pipo Pescador. Para mí, hacer cine de un lado o del otro de la cancha no es muy distinto le confesó a LA NACION-. Hice largos esporádicamente. Durante mucho tiempo largaba la libido en filmaciones y para el cine me quedaba lo que realmente tenía muchas ganas de hacer. Nunca hice películas por encargo porque para eso estaba la publicidad. Siempre hice películas complicadas, con alto riesgo. Para comprobarlo están todas las problemáticas historias que tuvo que enfrentar mientras rodó La historia oficial, Gringo viejo y La peste, ambiciosa adaptación del clásico de Albert Camus, el proyecto que lo trajo de vuelta a Buenos Aires tras su experiencia fallida en Hollywood con un gran elenco internacional encabezado por William Hurt, Robert Duvall y Sandrine Bonnaire. La película, apoyada por un presupuesto muy generoso de 14 millones de dólares, resultó incomprendida para la mayoría, quedó expuesta a situaciones incómodas durante la filmación (entre ellas la pésima relación entre Puenzo y Hurt) y el rechazo en bloque de la crítica francesa. Si logró en los últimos años recuperar algo de la memoria extraviada a lo largo de los años y de la casi nula posibilidad de revisarla fue por las obvias conexiones entre esa historia y el surgimiento de la pandemia. Quedan también en el recuerdo Algunos que vivieron (2002), episodio de un proyecto documental colectivo relacionado con el Holocausto que fue su primer trabajo ajeno a la ficción, y su último largometraje, la coproducción con España La puta y la ballena (2004), con Aitana Sánchez-Gijón, Leonardo Sbaraglia y Miguel Ángel Solá. Quedaron en su caso pendientes varios proyectos de larga gestación que nunca encontraron luz verde para hacerse: una película sobre Les Luthiers y otra adaptando al cine El niño argentino, la exitosa pieza teatral de Mauricio Kartun. No fuimos a ninguna escuela de cine, pero tuvimos la escuela del trabajo, de ser meritorios y pasar por diferentes roles antes de dirigir, dijo una vez Puenzo al identificarse con una generación de realizadores (integrada entre otros también por Adolfo Aristarain y Carlos Sorín) que se propuso el ejercicio de innovar mucho más desde los aspectos técnicos y menos a través de la estética, porque se dedicaron a honrar una gran historia. Los pibes del nuevo cine sostuvo- no saben que el cine argentino es tan fuerte por su tradición de un siglo sin interrupciones y por eso mismo el más importante del continente. Luis Puenzo fue siempre consciente de esa evolución y no dudó en estimularla, sobre todo a través del aliento en los últimos años a la obra creativa de sus hijos. Pero el recuerdo de su obra, por encima de cualquier polémica circunstancial, quedará aquí y en el mundo a un momento clave y único en la historia del cine argentino, asociado de manera indeleble y definitivo a La historia oficial.
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