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» Clarin
Fecha: 21/04/2026 06:26
En el ya lejano 2023, el candidato Javier Milei examinó la masa de electores huérfanos, y tuvo su intuición: sacó el manual de buenas normas populistas y puso algunas en práctica. Básicamente anunció magia, pero lo hizo con originalidad, énfasis, convicción y dogmatismo, encarnando, con una pátina de superioridad científica, la santa indignación de una ciudadanía harta. Y lo hizo de diez. Arrojó a las masas (de clase media, sobre todo) dos super metáforas, la casta y la dolarización, expresivas del Mal y el Bien. Y las conectó: la casta política pagaría el ajuste y la dolarización sería la lápida de la inflación. Milei inauguró así un tiempo de transformación vertiginosa y radical. Y consiguió mantener ese compás trepidante por largos meses. La casta política no pagó el ajuste fiscal, y la dolarización no pasó de un embeleco, pero Milei blandió su motosierra, la caída de la inflación fue drástica y espectacular (hasta niveles que nos mantienen en la vanguardia inflacionaria mundial) y el equilibrio fiscal llegó para quedarse. De modo algo chapucero, Milei mantuvo un porte digno ante sus votantes como emblema de la anti-política: cumplía promesas, no era un político, no era populista. Hay algunos problemas. El manual del buen populista tiene sus peculiaridades: una es un capítulo bastante esotérico, más bien contraindicado, que Milei leyó ávidamente. Instila el ánimo de la grandeza histórica, del mesianismo epocal, que convierte al elegido en la inflexión entre cien años pasados y cien años futuros. Así, un simple presidente de la República se convierte en dueño de la palabra, protagonista del Advenimiento. Y queda imbuido de la ira de un dios. Porque la realidad no lo acompaña. Si las cosas no salen como deben salir, el mesías se pone muy paranoico. Se requiere de temple para soportar el tránsito de lo extraordinario al pantano de la normalidad. Para los héroes, es algo repugnante. Milei lo dice. Indignan los kukas, pero también el hecho, que estaba más que cantado, de que su gobierno se pudriría desde dentro hacia afuera; indigna que no se comprenda que él está encima de la ley común, que es él quien decide si sus subordinados son honestos o no; indigna que la sociedad no se adapte a su pizarrón de destrucción creativa, que obcecadamente obstaculice el camino correcto trazado. Por eso tenemos algunos indicadores macroeconómicos temblequeantes y periodistas molestos que rasgan sus vestiduras por la corrupción. Milei sufre el pantano en que descubre haberse metido con cierto estoicismo. De la catarata de resultados mecánicamente rápidos, como la inflación que ya tendría que estar en cero, la economía que ya debería estar subiendo meteóricamente, o el advenimiento de la era de la moral como política de Estado, ha pasado a una temporalidad más apropiada al pantano. Pide a la gente que tenga paciencia (con la economía, con la ética). ¿No fue en las elecciones pasadas que la gente le dio tiempo? Recordemos que fue el propio Milei quien procuró mantener encendida la llama de las expectativas desmesuradas y los plazos cortos, porque él mismo creía en ellas. Procuró acelerar una Argentina caracterizada por una cultura de aceleración. No siempre lo logró, pero retuvo un nivel de confianza más que aceptable; ahora, en el pantano, el control de las expectativas y la confianza pública se vuelve apremiante. Paradójicamente, Milei pide paciencia y tiempo. Impaciente, nos pide paciencia. No nos da tiempo, pero nos lo exige. Obediencia y pasividad, reclama fastidiado. Obediencia a su pizarrón y a sus decisiones flagrantemente opuestas a la ética pública, y tolerante pasividad a la hora de votar. Milei nos pone a su lado: la gente sabe que si seguimos haciendo las cosas bien, tarde o temprano las cosas van a empezar a funcionar bien (textual). Pero su apremio se torna cargante: si no le damos tiempo, pecamos de conspiradores, traidores, o desestabilizadores. Un periodista que critique la defensa a ultranza del actual Jefe de Gabinete, califica, ensobrado, en las tres categorías. Pero mucha gente tiene sus propias intuiciones: que la destrucción creadora podría resultar en crecimiento sin más trabajo y congelamiento de la distribución del ingreso, que el actual equilibrio fiscal es artificial, una olla a presión; que LLA no ha devorado a la casta sino ésta a LLA, que la motosierra ha avanzado en áreas públicas que deben ser preservadas, que el liberalismo republicano de Milei es un embuste, que sin instituciones sólidas y un estado eficaz el mercado seguirá al garete, que el tipo de cambio está atrasado, que los inversores continúan dudando, que la deuda pública puede ser insustentable Días atrás, el Presidente incurrió en una curiosa confusión literaria. Nos vamos a atar al poste para evitar escuchar los cantos de sirena, dijo. Ulises, siguiendo el sabio consejo de Circe, hizo todo lo contrario: se ató al poste para poder escuchar los cantos de sirena sin riesgos. Pero el aqueo puso cera en los oídos de sus compañeros. La de Milei es una omisión muy llamativa. Cree necesario atarse al poste ¿estará flaqueando su voluntad? y carece ya del poder que tenía hasta, quizás, setiembre pasado: el que confiere ser la única palabra autorizada. Es inútil tapar los oídos de quien quiere escuchar, y Milei es consciente de que ya nadie quiere escucharlo únicamente a él. Cada vez que exhorte hagan oídos sordos sabrá que estará llegando tarde. Sobre la firma Newsletter Clarín
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