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» TN
Fecha: 21/04/2026 06:10
La primera vez que Sergio Rubin vio a Jorge Bergoglio, casi no lo vio. Era un cura flaquito que se escondÃa detrás de una cortina en el Arzobispado", recuerda el periodista sobre una mañana de 1992. Preguntó quién era y le dijeron que se trataba del nuevo obispo auxiliar. Esa imagen un hombre que parecÃa correrse del centro en un lugar donde todos lo ocupaban terminó siendo, con los años, una clave de lectura. Nelson Castro llegó a él por otra vÃa, a través del relato de un párroco. Me contó que un dÃa Bergoglio llegó antes de que abriera la secretarÃa. Le dijeron que no estaba el cura y respondió: Voy a tomar un café y vuelvo, reconstruye. Volvió más tarde, hizo lo que tenÃa que hacer y se fue sin ninguna señal de distinción: "Se fue en colectivo. La escena, sencilla, fijó un rasgo que ambos consideran central: una austeridad que nunca fue discursiva y que no cambió con el tiempo. Leé también: Por qué León XIV, al igual que Francisco, se opone a las guerras preventivas como la que ocurre en Irán Rubin suma otra anécdota que condensa el carácter de aquel Bergoglio previo al papado. Durante una confirmación, al momento de la foto, el párroco le pidió que se corriera porque "arruinaba la foto con la cara seria y serena. Más allá de la exageración, el episodio deja ver a un hombre de bajo perfil, poco dado a la exposición, muy distinto del Francisco que después recorrerÃa el mundo. Sin embargo, incluso en el cambio de escala, hubo gestos que se mantuvieron. Rubin lo comprobó pocos dÃas después de su elección, en uno de los primeros encuentros con periodistas. En medio de miles de personas, cuando le tocó acercarse, Francisco lo reconoció y lo llamó por su nombre: Hola, Sergio, le dijo antes de abrazarlo. Para él, ese gesto sintetiza una continuidad: la del vÃnculo personal por encima del rol. Esa misma idea atraviesa los recuerdos de Nelson Castro. La humildad y la austeridad no las cambió nunca, afirma. Rubin lo describe asÃ: No te intimidaba. Te recibÃa, te daba la mano, hacÃa chistes. Se sacaba la solemnidad. En ambos casos, la conclusión es similar: más allá del cargo, habÃa una forma de tratar a los demás que permanecÃa intacta. Con el tiempo, esa cercanÃa se extendió también a terrenos poco habituales. Durante el trabajo para el libro La salud de los Papas, Nelson encontró a un Francisco dispuesto a hablar de sà mismo sin filtros. Me dijo que tenÃa que empezar por él, que me iba a hablar de su neurosis, cuenta. La experiencia lo sorprendió: En un momento sentà que no era una entrevista, era una confesión. Esa apertura hablar de su vida interior, de sus lÃmites no tenÃa antecedentes en ese nivel de la Iglesia. En sus últimos años, Francisco decidió no operarse de la rodilla, pese a las recomendaciones médicas. Nelson habló varias veces con él sobre ese tema. Me decÃa que tenÃa problemas con la anestesia. No hubo forma de convencerlo, recuerda. La consecuencia fue visible: un Papa en silla de ruedas, cada vez más frágil. Para el periodista, esa imagen también decÃa algo: Él expresaba mucho a través de los gestos. Estaba mostrando la fragilidad humana. Entre todos los recuerdos, hay uno que, para Nelson, resume algo más difÃcil de explicar. Se dio en una de las charlas que mantuvieron durante ese trabajo. En un momento, Francisco mencionó a sus padres, que habÃan fallecido ese año. No solo los mencionó: le dijo las fechas. Me dijo las fechas en que habÃan muerto mi mamá y mi papá, recuerda emocionado. También me dijo que sabÃa cómo yo los habÃa cuidado, que eso era un regalo, un premio de la vida. A un año de su muerte, muchas discusiones sobre su pontificado siguen abiertas. Pero en el recuerdo de quienes lo trataron de cerca, son esas escenas precisas, personales las que terminan fijando una imagen más nÃtida. La de un hombre que, incluso en el centro del poder, no dejó de mirar a los otros con cálida atención.
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