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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 21/04/2026 02:15
Hay gestos que no se anunciaban, pero terminaron definiendo un pontificado. En la vida cotidiana del Papa Francisco -ese territorio menos visible que las grandes decisiones-, los viajes apostólicos o incluso su encÃclica Laudato si se jugaba buena parte de su mensaje. Quienes lo conocimos de cerca o lo tratamos en distintos momentos de su vida, sabemos que lo esencial no estaba en los documentos, sino en los detalles: cómo saludaba, qué elegÃa comer, a quién escuchaba primero, qué decidÃa no hacer. Porque si algo caracterizó a Jorge Mario Bergoglio, incluso antes de ser Papa, fue una coherencia casi obstinada entre lo que decÃa y lo que vivÃa. En Roma, lejos de la Buenos Aires que lo habÃa formado, eligió no habitar los apartamentos pontificios del Palacio Apostólico. Prefirió quedarse en la Casa Santa Marta, una residencia sencilla, donde compartÃa espacios con otros sacerdotes y visitantes. No era un gesto menor. En un mundo donde el poder tiende a aislar, él eligió la cercanÃa. Quienes lo conocimos en Buenos Aires recordamos rutinas que prácticamente no cambiaron. Se levantaba a las 4:45 de la mañana, se vestÃa y se afeitaba solo porque es un asunto personal como le comentaba a su antiguo peluquero Luigi Sasso. Rezaba en silencio, se preparaba su propio mate o su café. Su desayuno consistÃa en galletas sin sal y un yogur descremado natural. Nunca fue afecto a los lujos, ni siquiera a los pequeños. Su oficina en la curia porteña era austera, casi despojada. Y en Roma, esa sobriedad siguió intacta. Su habitación en Santa Marta no tenÃa nada que llamara la atención: un escritorio, algunos libros, imágenes religiosas discretas entre los cuales se encontraba una pequeña imagen de san José Dormido, a quien le tenÃa gran afecto y devoción, un cuadrito de MarÃa que desata los nudos y poco más. Recuerdo como tantos otros las historias que circulaban entre quienes trabajaban en el Vaticano: Francisco bajaba a la capilla a rezar antes de que amaneciera, cuando todavÃa reinaba el silencio. No buscaba ser visto. Era una costumbre que venÃa de sus años de jesuita. Esa dimensión espiritual, Ãntima, era el corazón de su dÃa. Después venÃan las audiencias, las reuniones, los documentos. Pero primero, el silencio. TenÃa una capacidad singular para hacer espacio a lo inesperado. No era raro que llamara por teléfono a personas comunes: fieles que le habÃan escrito, enfermos, familias atravesadas por dificultades. Lo hacÃa él mismo, sin intermediarios. Del otro lado, la sorpresa era total. Habla Francisco, decÃa, con ese tono porteño que nunca perdió. No era estrategia. Era su manera de entender el ministerio. También estaban esos gestos mÃnimos que, con el tiempo, se volvieron sÃmbolos, como por ejemplo, cuando fue a almorzar al comedor que tiene los empleados que trabajan en el Vaticano, tomó su bandeja y se puso en la fila como cualquier otro empleado, o uno de sus primeros gestos cuando fue a pagar personalmente la cuenta del hotel donde se habÃa alojado antes del cónclave, ir a la óptica en Via del Babuino a arreglar los anteojos; cuando decidió seguir usando zapatos negros comunes en lugar de los zapatos rojos, cuando insistÃa en moverse en autos sencillos. Cada uno de esos actos, visto en su momento, parecÃa apenas una anécdota. Con el paso de los años, se entendió que formaban parte de una misma lógica: despojar al papado de signos de poder para devolverle su dimensión pastoral. Francisco no solÃa salir de la residencia por perÃodos prolongados. Además de los viajes apostólicos, le encantaba pasar el tiempo en casa. Si bien para los actos oficiales y demás ceremonias protocolares se continuaba utilizando el palacio apostólico, todo el resto de sus momentos ocurrÃan en la Domus Santa Marta. En la mesa, preferÃa lo simple. ComÃa lo mismo que los demás. No habÃa privilegios. Esa normalidad, en el contexto del Vaticano, tenÃa una fuerza particular. Porque rompÃa con una tradición de distancia. Pero su vida cotidiana no era solo una cuestión de hábitos personales. También se reflejaba en cómo organizaba su tiempo. Dedicaba largas horas a recibir personas. No solo lÃderes o figuras relevantes, sino también gente común. Escuchaba. Y escuchaba de verdad. Quienes tuvimos la oportunidad de hablar con él lo sabemos: no miraba el reloj, no apuraba. Preguntaba, repreguntaba, se detenÃa en los detalles. TenÃa, además, un sentido del humor muy suyo. No era solemne en el trato personal. PodÃa hacer una broma en medio de una situación formal, reÃrse de sà mismo, distender. Esa capacidad generaba cercanÃa inmediata. No era el Papa distante de otras épocas. Era alguien que se dejaba ver humano. Claro que su pontificado no estuvo exento de tensiones. Gobernar la Iglesia implicó conflictos, resistencias, debates internos fuertes. Pero incluso en ese contexto, mantuvo una lÃnea. No respondÃa desde la confrontación personal. PreferÃa sostener su visión con paciencia, avanzar de a poco, sin romper. En sus pocos momentos de descanso, leÃa. Le interesaba tanto la espiritualidad como la literatura. SeguÃa, a su manera, el pulso del mundo. No era ajeno a lo que pasaba. Al contrario: estaba atento, aunque sin dejarse absorber por la lógica mediática. También conservó siempre una dimensión afectiva muy marcada. Mantuvo vÃnculos con personas de su pasado, con amigos, con gente de Buenos Aires. No se desprendió de su historia. La llevaba consigo. A un año de su muerte, entendemos que su legado no está solo en sus textos, ni siquiera en sus grandes gestos públicos. Está, sobre todo, en cómo vivió lo cotidiano. En cómo habitó el papado. En cómo logró, en medio de una estructura milenaria, introducir una forma distinta de ejercer la autoridad, Francisco cambió la relación entre la gente y el papado no tanto por lo que dijo, sino por cómo se mostró: cercano, accesible, humano. Hizo que muchos volvieran a mirar a la Iglesia no desde la distancia, sino desde la posibilidad de un vÃnculo. Y quizás ahà esté su marca más profunda. En haber demostrado que incluso en los espacios más altos del poder, la sencillez no solo es posible, sino necesaria. Que la autoridad no se sostiene en los sÃmbolos, sino en la coherencia. No se recuerda solo al Papa, se recuerda al hombre y, cómo en sus gestos cotidianos, en su manera de estar, se cifra una parte esencial de lo que le dejó al mundo. Un legado que no necesita ser proclamado, porque sigue hablando en la memoria de quienes, alguna vez, lo vieron simplemente vivir. Porque si algo aprendimos de él es que la verdadera influencia no se impone: se transmite. Y Francisco transmitÃa, casi sin proponérselo, una forma de estar en el mundo. Lo hacÃa cuando elegÃa sentarse a la mesa con otros, cuando detenÃa su paso para escuchar a alguien que nadie más escuchaba, cuando preferÃa el silencio antes que la exposición innecesaria. Esos gestos, invisibles para muchos, eran los que construÃan autoridad. Hubo también momentos que, vistos con el tiempo, adquieren un valor simbólico más profundo. Como aquellas veces en que se detenÃa especialmente con los enfermos, tomándoles la mano con una calma que parecÃa suspender el tiempo. O cuando pedÃa insistentemente que recen por él, invirtiendo el lugar habitual de quien bendice. Ese pedido, repetido casi como una muletilla, era en realidad una clave de su espiritualidad: no se colocaba por encima, sino en medio. No era ingenuo. ConocÃa las tensiones, las internas, los intereses que atraviesan cualquier estructura de poder, y también la Iglesia. Pero elegÃa no habitar ese lugar desde la lógica del enfrentamiento constante. Su estilo era otro: persistente, paciente, a veces desconcertante para quienes esperaban definiciones más tajantes. No porque no las tuviera, sino porque entendÃa que ciertos procesos no se fuerzan. En su modo de hablar también habÃa una marca cotidiana. Usaba imágenes simples, comprensibles, casi domésticas. Hablaba de pastores con olor a oveja, de Iglesia en salida, de hospital de campaña. No eran solo metáforas eficaces: eran sÃntesis de una experiencia vivida. No describÃa desde afuera, sino desde adentro, incluso en los momentos de mayor exposición, Francisco parecÃa conservar una distancia interior. No se dejaba absorber por el rol. HabÃa en él una libertad que desconcertaba. Como si, aun siendo Papa, siguiera siendo aquel sacerdote formado en la espiritualidad ignaciana, acostumbrado a discernir en lo pequeño, a leer los signos en lo cotidiano. Tal vez por eso su figura generó adhesiones profundas y también crÃticas intensas. Porque no dejaba indiferente. Su manera de vivir el papado rompÃa expectativas, desacomodaba estructuras, obligaba a repensar; hoy, a un año de su muerte, su figura sigue generando preguntas. Pero hay algo que permanece claro: su coherencia. No hubo en él una distancia entre lo que predicaba y lo que hacÃa. Y en tiempos donde esa distancia suele ser la norma, eso ya es, en sà mismo, un legado. Un legado que no se agota en su tiempo, ni en su figura, sino que interpela. Porque nos deja una pregunta abierta, incómoda y necesaria: qué hacemos nosotros, en nuestra propia vida cotidiana, con aquello que decimos creer, y quizás ahÃ, en esa pregunta final, se sintetiza todo. Francisco no buscó dejar un sistema cerrado de respuestas, sino provocar una inquietud. No pretendió que lo imitaran en formas externas, sino que cada uno encontrara, en su propia realidad, un modo más auténtico de vivir. Su legado no es uniforme ni rÃgido; es dinámico, incómodo, profundamente humano. Por eso sigue vivo en las pequeñas decisiones, en los gestos silenciosos, en cada acto de coherencia que alguien intenta sostener en medio de un mundo que muchas veces empuja en sentido contrario. En el fondo, ahà estaba su verdadera revolución: no en lo extraordinario, sino en la radicalidad de lo simple.
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