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  • Tiene 250 vacas. Heredó un tambo, lo reconvirtió y creó una pyme que crece por sus quesos: Vamos de a poco

    » La Nacion

    Fecha: 20/04/2026 15:30

    María Alejandra Espinosa tomó la posta del establecimiento fundado por su abuelo, aumentó la producción y sumó una fábrica de quesos artesanales en el partido bonaerense de Brandsen - 7 minutos de lectura' De chica, María Alejandra Espinosa esperaba con entusiasmo la llegada del fin de semana. Desde Lomas de Zamora viajaba junto a sus abuelos hasta el campo familiar en Jeppener, partido bonaerense de Brandsen, donde descubrió un mundo que terminaría marcando su vida para siempre. Ahí comenzó el amor por el campo y el tambo, recuerda hoy a LA NACION, al frente de La Teresa, el establecimiento que fundó su abuelo materno hace seis décadas y que ella convirtió, junto a su familia, en una pyme láctea en expansión. La escena permanece intacta en su memoria: las visitas al tambo, las noches en el campo y la figura de su abuelo Juan Antonio Gritta, apasionado por la vida rural. Le encantaba vivir en el campo, era su vida; se pasaba las semanas instalado en el tambo, dice. Aquellos recuerdos de infancia que parecían solo parte de una tradición familiar terminaron convirtiéndose en la base de un proyecto productivo que hoy sostiene junto a su hermano Diego y su esposo. Ingeniera agrónoma, egresada de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, nunca imaginó que su destino estaría en el tambo. Tras recibirse, hizo una beca en España y luego se capacitó en docencia. Sin embargo, el rumbo de su vida cambiaría cuando su padre le pidió que se hiciera cargo del emprendimiento familiar junto a su hermano que ya estaba trabajando en el tambo. Apenas me recibí, mi papá me pidió a ver si me podía hacer cargo del tambo, cuenta. El establecimiento, llamado La Teresa, fue fundado por su abuelo y lleva el nombre de su madre. Mi abuelo lo compró hace unos 60 años aproximadamente; comenzó con un tambo pequeño, con 30 vacas, a mano y le vendía la leche a una industria de la zona, relata. Más tarde, fue su padre, Eduardo Alejandro Espinosa, quien continuó el desarrollo y dio el primer gran salto: mecanizó el tambo y amplió el rodeo. Mi padre lo hizo mecánico y llegó a tener hasta 140 vacas, explica. Además, mantuvo un rodeo de cría que fue clave para sostener la actividad tambera en tiempos difíciles, como un buffer. Siempre las vacas de cría Angus sirvieron para sostener el tambo, resume. Ese equilibrio entre producción lechera y ganadería fue fundamental para resistir los vaivenes de un negocio históricamente ajustado. Hace 25 años, María Alejandra y su hermano tomaron la posta como tercera generación tambera. Arrancamos con 140 vacas y ahora ya tenemos 250 madres, señala. Ese crecimiento fue gradual, sostenido con reinversión y una estrategia clara: mejorar la productividad, la genética y calidad de leche. Buscamos tener un rodeo de vacas más chicas, de contextura más pequeña, y aumentar mucho la producción individual, explica. Así, pasaron de producir 18 litros diarios por vaca a 24 litros. Mejoramos muchísimo la calidad de la leche, porque necesitamos tener buena calidad para que los quesos salgan bien. Cuando agarramos el tambo estaba en 1800 litros y ahora estamos en 5300 litros, señala. Ese crecimiento fue acompañado por la mejora genética del rodeo, tanto en las vacas lecheras como en la cría. Mi hermano es especialista en genética; mejoramos muchísimo también el rodeo de cría, que hoy es Angus puro controlado, explica. Avance Para lograrlo, alquilaron otro campo de 140 hectáreas donde trasladaron las madres y terneros, mientras el establecimiento original, de 421 hectáreas, siguió enfocado en el tambo. Fuimos creciendo pese a toda una coyuntura adversa política, económica y climática de por medio, resume. La expansión nunca fue sencilla. Seguimos apostando al tambo porque es lo que sabemos hacer, lo llevamos en el corazón, dice. Pero reconoce que el precio de la leche siempre fue un condicionante. Tratamos de seguir aunque el precio de la leche siempre estuvo muy bajo, afirma. Hoy el objetivo es seguir creciendo. Aspiramos a llegar a sacar 7500 litros y tener 350 vacas en ordeñe, cuenta. Pero alcanzar esa meta exige inversiones en infraestructura, caminos y personal. No es tan fácil, pero vamos haciéndolo de a poco, señala. Además de la gestión productiva, la productora lleva adelante la administración financiera del negocio. Me ocupo de pagar a proveedores, del personal, del manejo, de las siembras de verdeos y pasturas y de la guachera, enumera. Cada lunes se reúne con su hermano para planificar la semana y ordenar las prioridades. La capacitación permanente es otra herramienta clave. Pertenecemos a un grupo CREA de la zona Abasto Este; nos ayuda a contactarnos con otros tamberos y tenemos asesor que nos tira ideas, explica. Ese intercambio les permitió profesionalizar decisiones y sostener la evolución. El crecimiento fue sin créditos y con reinversión constante. Siempre, solos y sin crédito, fuimos creciendo muy de a poco, dice. La filosofía familiar fue reinvertir cada peso que generaba el tambo. Tenemos una mentalidad reproductivista: toda la plata que sacamos de la leche vuelve al tambo, resume. Esa lógica les permitió alcanzar un equilibrio económico que hace algunos años parecía lejano. Hoy el tambo se autosustenta financiera y económicamente, afirma. Es un logro importante en una actividad donde los márgenes suelen ser estrechos y la incertidumbre constante. El agregado de valor La calidad se volvió una obsesión diaria. Estamos todo el tiempo arriba del tambero para que haya buena calidad de leche, con baja cantidad de células somáticas y buenas UFC, cuenta. Esa exigencia responde a otro gran paso que dio la familia: agregar valor a la producción. Cuando decidió mudarse a Brandsen para involucrarse de lleno en la empresa, sumó a su marido, Juan Pedro, también ingeniero agrónomo y compañero de la facultad. Cuando mi padre me dijo que me hiciera cargo nos fuimos a vivir a Brandsen porque había que estar presente; el ojo del amo engorda el ganado, dice. Fue entonces cuando a los dos años de estar a cargo del tambo nació El Mesías, la fábrica de quesos artesanales que instalaron en paralelo. Fue una idea mía. El agregado de valor fue lo que nos incentivó a hacerlo, recuerda. Allí elaboran queso gouda y destinan el 20% de la producción del tambo a esa línea. Pero más allá de los desafíos productivos, hubo otro frente complejo: abrirse camino como mujer en un ámbito históricamente masculino. Fue muy difícil insertarme en un mundo de hombres. Me pegué 1000 golpes; hacerme valer me costó muchísimo y todavía me cuesta, reconoce. La administración económica fue uno de los mayores desafíos, donde el aprendizaje fue acelerado y exigente. El negocio de tambo tiene números muy acotados. Pasé de recién recibida a productora sin tener mucha experiencia, recuerda. Aun así, logró consolidarse en ese rol. Es una lucha eterna y más siendo mujer, dice, sin dramatizar, pero con la claridad de quien atravesó años de esfuerzo. Su historia refleja la de muchas mujeres rurales que debieron ganarse espacio en la gestión productiva. Cuando piensa en todo el camino recorrido, vuelve inevitablemente a la figura de su abuelo. Estaría muy orgulloso de nosotros, de que pudimos sostener el tambo a pesar de todo y seguir adelante, dice. En esa frase se resume la esencia de La Teresa: una empresa que nació como un pequeño tambo manual, atravesó generaciones, sumó valor agregado y se mantuvo en pie en uno de los sectores más desafiantes del agro argentino. Y en el centro de esa historia está la productora María Alejandra Espinosa, aquella chica que iba feliz al campo con sus abuelos y que hoy lidera, con la misma pasión, el legado familiar.

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