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  • Censura, exilio y regreso a la Argentina: Luis Brandoni, el actor que desafío a la dictadura desde el escenario

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    Fecha: 20/04/2026 12:50

    Fue un actor, un gran actor. Aunque muchas veces su participación pública, sus posicionamientos políticos y sus opiniones contundentes y ácidas provocaron amores y odios, su labor de más de sesenta años lo convirtió en uno de los intérpretes más relevantes de la escena nacional. Son muy pocos los que lograron atravesar épocas y dejar su marca, en simultáneo, en el cine, el teatro y la televisión. En cada una de esas expresiones fue protagonista de obras que trascendieron su tiempo, que forjaron su legado y, además, que se convirtieron en grandes éxitos de público. A los 86, después de diez días de internación tras un accidente doméstico, Luis Brandoni murió en la madrugada de hoy en el Sanatorio Güemes. Su vocación se impuso hasta el final. Hasta el accidente seguía en cartel la obra Quién es Quién en la que actuaba junto a Soledad Silveyra y pocas semanas atrás se estrenó Parque Lezama, su última película dirigida por Juan José Campanella. Luis Brandoni nació el 18 de abril de 1940 en Dock Sud. Padre bancario y madre ama de casa. Desde muy chico organizaba funciones familiares de títeres y de teatro casero para su familia. A los pocos años, los Brandoni se mudaron a Nuñez. Allí nació otra de sus pasiones: River. En su adolescencia soñaba con alguno de los tres berretines de los que hablaba una de las películas pioneras de nuestro cine: ser cantor de tango, futbolista o actor. Su sueño terminó convirtiéndose en realidad. Estudió en el conservatorio con grandes maestros y, apenas pudo, comenzó a trabajar como actor. Pequeños papeles en radio, bolos en televisión, personajes secundarios en cine. En 1963, Luisa Vehil lo incorporó al elenco de la Comedia Nacional. Ya a fines de los años sesenta era una joven figura, conocida por el público y respetada por la crítica. En cine trabajó en Tute Cabrero, La Tregua y La Patagonia Rebelde entre otras. En teatro encabezaba obras de los jóvenes dramaturgos argentinos que surgían y que traían un nuevo lenguaje y temáticas. En televisión se destacaba en los especiales de Las Grandes Novelas y Los Grandes Relatos, adaptaciones de clásicos literarios. Su ascenso actoral convivía con la inclinación por la actividad sindical. A principios de los setenta fue elegido secretario gremial de la Asociación Argentina de Actores (AAA). De esa labor surge un mito. Se lo acusó de haber tomado a punta de pistola Canal 9 para que fuera estatizado en tiempos del tercer gobierno peronista. En 1973 vencían las licencias de los canales privados, otorgadas diez años antes. El gobierno peronista decidió no renovarlas y estatizar los tres canales privados. Para eso contó con el apoyo de los gremios del rubro. Brandoni siempre afirmó que la Asociación Argentina de Actores participó en las deliberaciones previas. Pero la Asociación no terminó apoyando la quita de las licencias, ni mucho menos con la toma violenta por parte del SAT (Sindicato Argentino de Televisión) de Canal 9. Los actores creían que se trataba de un error, que iría en desmedro de su actividad: menos trabajo y peores ingresos ante la falta de competencia. Alejandro Romay muchos años después acusó directamente a Brandoni de la toma del canal y de apuntarlo con un arma. Bajá ese arma, Luisito, contaba Romay que dijo. Brandoni siempre negó los hechos. Logró demostrar que esa jornada ni él ni Romay estaban en el canal, así que era imposible que esa escena hubiera tenido lugar. Ya con el regreso de la democracia, Brandoni le inició juicio a Romay por esas acusaciones (también a Editorial Atlántida y a Bernardo Neustadt por repetirlas). Una nota a doble página en revista Gente lo acusaba, unos meses después, de haber cambiado de opinión por sus críticas furibundas a cómo el gobierno de Isabel Perón manejaba los canales y por la baja significativa en los puestos de trabajo para los actores. Brandoni inició otro juicio y Gente, ya en la Dictadura, debió publicar el fallo judicial y la desmentida firmada por Aníbal Vigil en una edición de junio del 76. En su ascendente camino actoral se interpuso la (otra) Triple A. Amenazas, persecución, algún atentado. El modus operandi era bastante similar en el caso de los artistas. Un llamado anónimo a un diario o a una agencia de noticias. Una voz cavernosa avisaba que había un mensaje escondido en un baño de un local gastronómico; en el caso de Brandoni se trató de un bar en Santa Fe y Azcuénaga. Allí detrás de un inodoro, una lista y la advertencia para una serie de figuras públicas. En esa lista, además de Brandoni, estaban Nacha Guevara, Horacio Guarani y Héctor Alterio. La amenaza no admitía dobles lecturas: tenían 48 horas para dejar el país. En plena democracia, Brandoni debió exiliarse. Estuvo unas semanas en España y casi un año en México. En el medio, sus colegas lo volvieron a elegir como representante gremial, en ausencia. Le aseguraron que las condiciones estaban dadas para su regreso. Además, él extrañaba demasiado, no podía imaginarse una vida fuera de la Argentina. Lo esperaban varios trabajos en cine y televisión. El clima político se volvía cada vez más espeso; el aire, irrespirable. Durante marzo del 76 se encontraba filmando Juan que reía de Carlos Galettini y en televisión tenía un papel en La Aventura de Vivir con Marta González. El 24 de marzo se interrumpió el rodaje de la película por unos días. Brandoni supo que la música sacra y los comunicados radiales eran un mal augurio, que nada bueno podía venir. Dos días después cuando llegó a Canal 9 para grabar la novela, un asistente se acercó y le comunicó que había sido eliminado del programa: en un súbito golpe de libreto, su personaje fue enviado a vivir a Japón; un lugar tan alejado, tan poco accesible en el imaginario colectivo de esos años, que la sola mención del destino indicaba a los espectadores que el personaje ya no regresaría. La noche del 9 de julio de 1976 (poco después del juicio ganado a Vigil) fue secuestrado junto a su esposa Marta Bianchi. Salieron del teatro Lasalle donde hacían Segundo Tiempo, una obra de Ricardo Halac. Iban a cenar con Gila y su esposa. Hasta que dos autos se cruzaron en su camino. Los metieron en un Peugeot 504 y en un Torino, les vendaron los ojos, los maniataron y los tiraron al suelo de los autos. Aparecieron -en lo que luego sabrían- era Automotores Orletti. El cómico español no fue detenido. Aníbal Gordon fue el encargado del operativo, de los golpes y del interrogatorio: Te dijimos que te fueras a la mierda hace más de un año. ¡Para qué carajo volviste!, le gritaba a Brandoni. La noticia de su secuestro se filtró muy rápido -era una figura célebre y la rápida denuncia de Gila fue determinante- y hubo presiones y cabildeos durante toda la noche, hasta que alguien a la mañana siguiente ordenó su liberación. Durante los siete años de la Dictadura estuvo prohibido en cine y televisión. Sólo actuaba en teatro (por lo general junto a Marta Bianchi) y siguió al frente de la Asociación de Actores. Fue también una de las caras visibles de Teatro Abierto. Con el regreso de la Democracia se afilió al radicalismo y siguió con devoción a Raúl Alfonsín. Fue un defensor de su candidatura y luego de su gobierno. Aunque no tuvo una secretaria ni un ministerio fue nombrado como asesor presidencial ad honorem en el área de cultura. En esos años de la Primavera Alfonsinista, con el cine argentino triunfando en los festivales del mundo y con los canales todavía en manos del gobierno, fue acusado de integrar (y hasta de liderar) la Patota Cultural, término que acuñó Sergio Velazco Ferrero cuando fue sacado de pantalla. Brandoni le respondió llamando canalla al conductor. Si en la década anterior su gran éxito teatral había sido Convivencia (luego llevada al cine), la obra que marcó su década del ochenta fue Made in Lanús (su último trabajo como director fue en una reposición de la obra de Nelly Fernández Tiscornia protagonizada en esta ocasión por Malena Solda y Alberto Ajaka). Luego de una pausa de más de ocho años regresó al cine de la mano de Alejandro Doria con Darse Cuenta, en la que encarnaba a un médico que batallaba contra sus propios fantasmas mientras intentaba salvar a un joven luego de un accidente automovilístico. Con Doria completaría una trilogía muy exitosa, aunque cambiando de tono. Esperando la Carroza en la que tuvo, acaso, la frase más famoso del cine nacional: Tres empanadas ( y no olvidar: Ahí lo tenés al pelotudo); y también Cien Veces No Debo con Andrea del Boca (otra frase gritada por la ventana para todo el barrio: Le llenaron la cocina de humo). Otras de sus películas fueron: Hay Unos Tipos Abajo de Rafael Filipelli, la versión cinematográfica de Made in Lanús, Una Sombra Ya Pronto Serás de Olivera, Mi Obra Maestra, La Odisea de los Giles, 4x4, entre muchas otras. En televisión actuó en La Nena y su primer gran éxito indiscutido fue Buscavidas, en el 84. Después vino la remake de Mi Cuñado con Ricardo Darín, sus dos incursiones con Francella en Durmiendo con Mi Jefe y El Hombre de Tu Vida y dos papeles descollantes de los últimos años en Un Gallo Para Esculapio y Nada en la que compartió proyecto con Robert de Niro. En teatro, a lo largo de sesenta años de presencia escénica, sus grandes mojones fueron: Rosenkratz y Guilderstern Han Muerto de Tom Stoppard, El Viejo Criado, Gris de ausencia, Convivencia, Justo en lo mejor de mi vida y , por supuesto, Made in Lanús. Su medio era el teatro. No sólo había sido lo que le permitió subsistir durante la dictadura, sino que era donde él se sentía más a gusto, su verdadera vocación, el lugar en el que todo sucedía en vivo, sin red, sin artificios, con conexión directa con el público. Compartía escena y pantalla con todos los grandes intérpretes. De Alterio a Pepe Soriano, De Soledad Silveyra a China Zorrilla, de Darín a Francella. Su incursión política no terminó con el gobierno de Alfonsín. Siguió ligado al radicalismo y fue electo diputado nacional en 1997. También fue candidato a senador por la Provincia de Buenos Aires y acompañó a Ricardo Alfonsín como vicegobernador en la Provincia aunque el resultado electoral fue magro. Se convirtió en un habitué de los programas políticos con sus tonos de voz potentes, sus gestos de desdén y la indignación a flor de piel ante lo que no le gustaba o le parecía antidemocrático. Sus opiniones políticas siempre fueron decididas y terminantes. Un polemista aguerrido pero que nunca rehuyó al diálogo ni a las discusiones. Ya en la última década se volcó a Cambiemos en su férrea oposición al kirchnerismo. Si en los años de la Dictadura había denunciado las Listas Negras, en el tiempo del kirchnerismo habló de Listas Blancas. Se refería a los actores y artistas beneficiados por su adscripción política mientras que los que no tenían su misma postura política, los que estaban del otro lado de la grieta eran dejados de lado. En 2017 después de medio siglo de afiliación y de activa vida gremial renunció a la Asociación Argentina de Actores que había liderado en los peores momentos enfrentado con muchos de sus colegas embanderados con Cristina Kirchner. La discusión fue pública y el comunicado de la cúpula de la AAA en ese momento poco elegante y mezquino con la trayectoria de Brandoni, tanto artística como gremial. Lo acusaba de despreciar lo democrático y sostenía que su renuncia nos libera de la carga ominosa de tenerlo como afiliado (...) Actúa siendo funcional a los postulados y los intereses económicos que fueron el origen de la Dictadura. El comunicado orwelliano de dirigentes afines durante más de una década al poder de turno (y beneficiados por él) y que no habían tenido actuación pública en los setenta -la mayoría no tenía edad para hacerlo siquiera- que acusaban a alguien de apoyar a aquellos que lo habían amenazado, obligado al exilio, secuestrado y prohibido. Durante la Pandemia se opuso a la larga cuarentena impuesta por el gobierno nacional, lo que ocasionó nuevos cruces con los militantes del oficialismo de ese entonces. No murió sobre un escenario pero sí lo hizo actuando hasta los últimos momentos. Solía repetir un aforismo de Antonio Porchia: Se vive con la esperanza de ser un recuerdo. Nadie puede dudar que, si ese fue su objetivo, lo consiguió. Luis Brandoni fue un actor inolvidable.

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