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  • Del discurso a las decisiones: el carbono empieza a medirse en el campo, para más productividad sustentable

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    Fecha: 20/04/2026 09:19

    En un escenario donde la agenda ambiental gana cada vez más peso en los mercados y las políticas públicas, el carbono se convirtió en una variable ineludible para la producción agropecuaria. Sin embargo, entre debates regulatorios, certificaciones y exigencias externas, el desafío para los productores sigue siendo el mismo: cómo transformar esos indicadores en decisiones concretas que impacten en el sistema productivo. Leé también: Lanzan una nueva plataforma para vender y comprar activos ambientales del campo En ese camino, un grupo de productores de la Chacra Aapresid Sur de Córdoba decidió avanzar con una premisa clara: medir para entender. En articulación con la Red de Carbono de Aapresid, llevaron adelante un trabajo de cuantificación de la huella de carbono (HdC) y del balance de carbono orgánico del suelo (COS), con el objetivo de identificar los principales focos de emisión y evaluar la evolución del carbono en función de los distintos planteos productivos. El estudio abarcó cinco campañas agrícolas y más de 100.000 hectáreas, incluyendo los principales cultivos extensivos como soja, maíz, trigo y cultivos de servicio. A partir de estos datos, se logró estimar la cantidad de gases de efecto invernadero emitidos por tonelada producida, incorporando variables como dióxido de carbono (CO), óxido nitroso (NO) y metano (CH). Medir para decidir Los resultados permitieron no solo dimensionar la huella ambiental de cada cultivo, sino también detectar dónde están los principales puntos de ajuste. En gramíneas como el maíz y el trigo, entre el 60 y el 70% de las emisiones se vinculan con la fertilización nitrogenada. En cambio, en cultivos como la soja o el girasol, el peso relativo se traslada hacia el uso de fitosanitarios y el consumo de combustible, que pueden representar hasta el 60% de las emisiones totales. Estos datos trazan una hoja de ruta concreta. La mejora en la eficiencia del uso de insumos aparece como una de las principales herramientas para reducir la huella de carbono. En ese sentido, prácticas como la fertilización variable y el manejo integrado de plagas comienzan a consolidarse como estrategias clave dentro de los sistemas productivos. Leé también: Pastizales: una señal global para producir más sin perder biodiversidad Más allá de los ajustes posibles, los productores encontraron un dato alentador: en la mayoría de los casos, la huella de carbono registrada fue inferior a la media zonal. En trigo, por ejemplo, se estimó que para producir una tonelada de grano se emiten casi 200 kilos de CO equivalente menos que el promedio regional, lo que evidencia avances en términos de eficiencia. El suelo como protagonista El segundo eje del trabajo puso el foco en el carbono orgánico del suelo, un indicador que no solo tiene implicancias ambientales, sino también productivas. La materia orgánica, compuesta en gran parte por carbono, juega un rol central en la fertilidad y en la capacidad de los suelos para sostener rendimientos. Los resultados del estudio mostraron diferencias significativas según el manejo. Aquellos sistemas que incorporaron cultivos de servicio y mantuvieron el suelo cubierto durante más tiempo lograron balances de carbono positivos o neutros. En contraste, los esquemas más simplificados, como el monocultivo de soja, evidenciaron pérdidas de carbono. Leé también: Una red de cooperativas santafesinas certifica prácticas laborales sostenibles en el agro Un ejemplo concreto es la secuencia vicia/maíz, que permitió mejorar el stock de carbono del suelo en un 1,4%. En el otro extremo, el monocultivo de soja registró una caída cercana al 0,5% respecto del nivel inicial. Estos datos refuerzan la importancia de la intensificación y la diversificación de los sistemas como estrategias para sostener la salud del suelo. Para los productores, el valor de este trabajo no radica únicamente en los resultados, sino en la posibilidad de traducir conceptos técnicos en decisiones prácticas. Antes mirábamos el suelo desde lo físico. Hoy incorporamos la mirada del carbono, que termina de cerrar el sistema, sintetizó uno de los integrantes del grupo. Leé también: Contrarreloj, una agroindustria santafesina ensaya nuevas ofertas para evitar la quiebra La experiencia también permitió derribar ciertas percepciones. Prácticas como el uso de cultivos de servicio o la intensificación de secuencias, muchas veces asociadas a discursos teóricos, demostraron tener impactos concretos tanto en la productividad como en la sustentabilidad. En este contexto, el carbono deja de ser un concepto abstracto o una exigencia externa para convertirse en una herramienta de gestión. Medir, comparar y ajustar se vuelven pasos clave para construir sistemas más eficientes y resilientes. Leé también: La nueva Vicentin acelera su reactivación tras el cambio de control Mientras los mercados internacionales avanzan en la definición de estándares y regulaciones, experiencias como la de la Chacra Aapresid muestran que el cambio también se gesta desde el campo. Allí, donde las decisiones se toman campaña tras campaña, el desafío ya no es solo producir más, sino hacerlo mejor. Así, el carbono empieza a ocupar un lugar central en la lógica productiva, no como un condicionante, sino como una oportunidad para mejorar procesos, cuidar recursos y anticiparse a las demandas de un mundo cada vez más exigente.

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