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» La Nacion
Fecha: 19/04/2026 19:43
Claudio Ubeda pedía la hora en Boca y ahora compró tiempo con la victoria ante River por 1-0 en el torneo Apertura Claudio Ubeda miraba el reloj cuando nada le quedaba al superclásico. No sabía si el árbitro Darío Herrera revisaría una jugada y cobraría penal a favor de River, a partir de un empujón de Lautaro Blanco a Lucas Martínez Quarta. Tiempo. Era cuestión de tiempo. Nada ocurrió. Ganó Boca. Y a partir de entonces surgieron mil disparadores. El entrenador, Ubeda, veía su obra consumada y se entregó al festejo. Suspiró. Era una reivindicación privada, pero que también se extendía al dominio público. Y ya se verá por qué. Hay una película de 2011, Tiempo de mañana, en la que el dinero tal como lo conocemos en nuestros días era, precisamente, el tiempo. La gente envejecía hasta los 25 o 26 años y, a partir de entonces, todo se pagaba con segundos, minutos, horas y hasta años. Desde las compras cotidianas hasta el transporte público. Los pobres vivían al día, a milésimas de perder la vida si no ganaban esa moneda de cambio que era el tiempo. Los ricos tenían hasta siglos acuñados en sus muñecas, donde estaba el chip futurista de una especie de Mercado Pago incrustado bajo la piel. Claro que había corrupción, como en una metáfora de la actualidad. Bastaba con apoyar un antebrazo sobre otro para realizar una transacción. Eso sí: la cuenta regresiva siempre estaba activada, toda una preocupación para una clase media/baja que corría para ganarle a la muerte. El tiempo lo es todo en el fútbol. Para los que piden la hora o para aquellos que siempre precisan momentos agregados. Bajo esa luz, el superclásico tiene forma de fortuna acumulada. Otorga un tiempo valioso. Es como un título más en los currículums de los entrenadores, que acumulan vueltas olímpicas y clásicos ganados casi con igual valuación. Lo mejor de River vs. Boca Hasta no hace mucho a Ubeda parecía agotársele el tiempo. Se acercaba el 0:00. Fue contra Lanús, en un 3-0 inapelable, en que consiguió oxígeno. A partir de entonces Boca empezó con una lenta carrera que hoy lo tiene como animador en el campeonato local y en la Copa Libertadores. Lo suyo no fue fácil. Tuvo que suplantar a su jefe, Miguel Russo, en medio del dolor por su pérdida. Fue en medio de la desconfianza de un medio que no lo consideraba a la altura del desafío. Acertó y se equivocó. Pero hoy las horas están de su lado, cuando empezó con apenas un puñado de minutos. El suspiro al final, más el abrazo a sus colaboradores, fue la prueba fehaciente de que Ubeda se sentía a salvo en el tiempo. Había derribado varias barreras a la vez. Al menos, en un lapso mucho más largo del que imaginó hace no tantos días. Eduardo Coudet tampoco tenía demasiado tiempo ahorrado cuando se zambulló en la atmósfera de un River cuyo reloj de arena veía como caían los últimos granitos de arena. La gran mayoría la había consumido el ciclo de un prócer, Marcelo Gallardo, que tuvo tanto tiempo de gracia, precisamente, por eso, por prócer millonario. Otro no hubiera durado tanto en un banco de suplentes con medidor. Coudet se dio cuenta enseguida de que las agujas lo perseguían en medio de la desesperación de la gente. Tuvo que forcejear con ellas para acomodar un equipo remolón que precisaba un shock de energía. Lo hizo a base de resultados, en un invicto de sol a sol. No tanto lucimiento, pero sí eficacia. Si se habrá percatado Chacho que lo del tiempo no es broma en la Copa Sudamericana. Fue el miércoles mismo cuando después de seis partidos sin derrotas, con cinco triunfos y un empate, que la gente chifló al equipo al final del primer tiempo contra Carabobo. No habrá sido, seguramente, lo que el DT quería escuchar: el despertador de la tribuna para el equipo. Todo se encarriló después con un corto 1-0. Exiguo, pero eficaz para encarar más tranquilo el transcurrir de los días hacía el River-Boca. Anoche lo escuchó otra vez. Movete, River movete. La alusión fue directa para él, sino para su equipo. Básicamente, lo mismo. Pero la gran historia estaba en el vestuario visitante del Monumental. Con Ubeda, que parecía acorralado y ahora, poco a poco, sale adelante con una cosecha que reposiciona a Boca en el aspecto deportivo y, por carácter transitivo, a Juan Román Riquelme en la esfera política para la reelección. En un fútbol nada futurista, el argentino, puede comprarse tiempo con resultados al alcance de la mano. Ubeda bien lo sabe.
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