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  • Hombres que miran a hombres: poder, cultura y el circuito cerrado de la admiración

    Parana » AIM Digital

    Fecha: 19/04/2026 15:58

    Hay una idea que incomoda porque rompe una narrativa muy instalada: la de que la cultura masculina heterosexual está abierta, es universal y neutral. Cuando se la observa de cerca, aparece otra cosa. Un sistema de referencias donde los hombres consumen, validan y reproducen, principalmente, a otros hombres. No es solo una cuestión cultural en abstracto. Tiene efectos concretos en cómo circula el poder, quiénes son escuchados y quiénes quedan sistemáticamente al margen. Durante décadas, los espacios de producción simbólica medios, política, academia, deporte estuvieron dominados por hombres. Eso dejó una inercia que sigue operando incluso cuando formalmente hay más diversidad. Hoy hay más mujeres produciendo contenido, ocupando espacios y generando ideas, pero eso no garantiza que sean escuchadas en igualdad de condiciones. El punto central no es si los hombres consumen o no contenido hecho por mujeres. Lo hacen. El problema es otro: a quién reconocen como autoridad. En política, por ejemplo, el fenómeno es visible. Las figuras masculinas tienden a construir audiencias más amplias, incluso cuando hablan de los mismos temas que sus pares mujeres. No es solo una cuestión de visibilidad mediática, sino de legitimidad. El discurso de un hombre sigue siendo, para muchos, el punto de referencia neutral. Lo mismo ocurre en el análisis público. Columnistas, economistas, opinadores: el circuito de validación sigue siendo mayoritariamente masculino. Los hombres se citan entre sí, se invitan entre sí, se legitiman entre sí. Es un sistema que se retroalimenta. Ahí aparece la dimensión política del problema. No se trata solo de gustos o preferencias individuales. Es una estructura que define quién tiene voz, quién construye sentido y quién queda relegado a un segundo plano. La idea de una cultura masculina homoafectiva puede sonar provocadora, pero describe bien ese mecanismo: los vínculos de reconocimiento, admiración y aprendizaje circulan principalmente entre hombres. No en el plano íntimo o sexual, sino en el simbólico. Ese circuito tiene consecuencias. Una de ellas es la dificultad que tienen muchas mujeres para interpelar a públicos masculinos, incluso cuando abordan temas universales. No es falta de capacidad ni de contenido. Es una barrera cultural que define quién es percibido como interlocutor válido. Del otro lado, los hombres suelen tener una ventaja estructural: su palabra circula en un espacio donde otros hombres ya están dispuestos a escucharla. No tienen que romper esa barrera inicial. También hay un componente de pertenencia. En muchos ámbitos, admirar a otros hombres es parte del código. Es lo que construye identidad: el referente político, el líder de opinión, el deportista, el intelectual. Ese entramado funciona como una red de reconocimiento mutuo. Lo que queda afuera no es solo una cuestión de género. Es una limitación en la forma en que se construye el conocimiento y la mirada sobre el mundo. Si las referencias son siempre las mismas, el pensamiento también se vuelve más cerrado. La discusión, entonces, no es moral. Es política y cultural. ¿Qué pasa cuando la mitad de las voces no logra penetrar ciertos espacios de escucha? ¿Qué tipo de debate público se construye cuando los interlocutores se parecen demasiado entre sí? En los últimos años, este esquema empezó a tensionarse. No necesariamente por un cambio espontáneo en los consumos masculinos, sino por la irrupción de nuevas voces que obligan a reconfigurar el mapa. Sin embargo, la estructura de fondo sigue siendo resistente. Reconocer este patrón no implica negar avances ni caer en simplificaciones. Pero sí obliga a revisar una práctica bastante extendida: la de moverse dentro de un circuito donde los hombres hablan, los hombres escuchan y los hombres validan. La pregunta es qué se hace con eso. Porque mientras ese circuito siga funcionando sin ser cuestionado, la desigualdad en la circulación de ideas no va a ser un problema de representación, sino de poder. De la Redacción de AIM.

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