19/04/2026 12:41
19/04/2026 12:38
19/04/2026 12:37
19/04/2026 12:34
19/04/2026 12:33
19/04/2026 12:32
19/04/2026 12:31
19/04/2026 12:29
19/04/2026 12:29
19/04/2026 12:29
» TN
Fecha: 19/04/2026 06:03
Tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré una puerta nueva. Algo maravilloso vendrá, no importa cuán oscuro sea el presente. Esta frase de Rabindranath Tagore pone en palabras, con precisión, algo que muchos estamos sintiendo. Hay momentos en la vida en los que, finalmente, una nueva fuerza vuelve a habitarnos. Sin saber cómo ni por qué, algo dentro de nosotros despierta. No tenemos certezas ni garantías, pero de algún modo necesitamos volver a ponernos en acción, dar un paso más allá de nosotros mismos. Ese fuego sagrado que todos llevamos y que durante tanto tiempo pareció reducido a brasas de pronto vuelve a arder. Distintos acontecimientos convergen y reactivan ese impulso en nuestras vidas. Tal como dice Tagore, hemos pasado demasiado tiempo encordando y desencordando nuestro instrumento mientras la canción que vinimos a cantar permanecía en silencio. Una energía diferente entra en escena. ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿Cómo darle dirección? Esa fuerza renovada abre posibilidades infinitas, pero también nos exige responsabilidad. Una chispa puede desencadenar una tragedia o encender nuestra fuerza interna, nuestras ideas y nuestro corazón. Ese impulso necesita manifestarse de manera coherente con quienes somos hoy y con las nuevas misiones que se activan después de tanto tiempo de adormecimiento y de sueños no concretados. Cada uno, desde su propio nivel de conciencia, podrá elegir: ¿qué batallas queremos dar?, ¿cuáles ya no valen la pena?, ¿qué conquistas nos harían sentir que ganamos algo sin perderlo todo?, ¿qué otras batallas ganamos cuando elegimos no librarlas? Si este despertar nos toma desprevenidos, puede manifestarse en su forma más baja: discusiones sin sentido, ira, resistencia, drama, frustración. Esa pulsión desbordada puede arrastrarnos sin dirección. Pero, cuando nos conectamos con ese fuego y nos dejamos guiar por el espíritu que nos habita, podemos convertirnos al fin en personas que transforman con su sola presencia, que abren caminos y se animan a ir más allá de sí mismas, con valentía y sentido de misión. Ese fuego que vuelve a encenderse en nosotros necesita cauce: a favor de lo nuevo, de lo que enciende, ilumina, abraza y crea. Si lo ignoramos o intentamos apagarlo, puede volverse en contra y consumirnos. Vemos a muchas personas portar este fuego de manera inconsciente: usan esa fuerza para batallas del pasado, para la destrucción o el daño. Se desbordan, activan conflictos innecesarios, descargan tensión e ira. Podemos elegir no ser arrastrados por eso y enfocarnos en nuestra propia creación. Una chispa puede desencadenar una tragedia o encender nuestra fuerza interna, nuestras ideas y nuestro corazón. Hay pequeños rituales que, con mayor o menor conciencia, nos dicen mucho. Cada vez que encendemos una vela, por mínima que sea, damos luz. En ese gesto simple, la oscuridad retrocede. Y con esa misma llama solemos encender otras: el fuego inicial no se pierde, no se apaga, no se disipa; se multiplica. Somos un mar de fueguitos Un hombre del pueblo de Neguá pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso: un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y chicos, fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Leé también: Instrucciones para vivir una vida Estos versos de Eduardo Galeano me acompañan desde hace tiempo y me recuerdan que hay otras formas de ver el mundo y de comprendernos. Llevemos esta energía renovada en la mejor frecuencia posible. Usemos esa fuerza para ir en busca de nuevas aventuras, nuevos desafíos, alineados con lo que nuestra alma necesita. Compartamos lo que somos para encender a otros. Enfoquemos este impulso con valentía, con coraje, recordando que en cada movimiento hay una misión. Y si todavía no sabemos cómo hacerlo, si nos sentimos confundidos o atravesados por el miedo, podemos dejarnos guiar, como propone Tagore: No puedo elegir lo mejor. Lo mejor me elige a mí. Que así sea.
Ver noticia original