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» TN
Fecha: 18/04/2026 16:12
Alina Fernández Revuelta carga con una historia atravesada por la política, el poder y la ruptura. Hija biológica de Fidel Castro, se convirtió con los años en una de las voces más críticas del gobierno cubano. En diálogo con TN Internacional, repasó su vida marcada por el exilio, el silencio impuesto y la dificultad de construir una identidad propia bajo el peso de un apellido que define la historia de su país. Que Fidel Castro sea mi padre es un peso muy grande. Yo creo que es una lápida de por vida, afirmó al ser consultada por lo que significó ser la hija del líder de la Revolución Cubana. La frase sintetiza décadas de conflictos personales y políticos, donde lo íntimo y lo público se entrelazan sin posibilidad de separación. Fernández reveló que durante su infancia desconocía oficialmente quién era su padre, aunque las señales estaban a la vista. Tenía poco más de diez años cuando supe que Fidel Castro era mi padre. Pero no fue una gran sorpresa porque era un visitante nocturno asiduo en aquella época, recordó. La confirmación llegó de boca de su madre, quien temía que la verdad se filtrara en la escuela o en ámbitos públicos: Era el secreto del payaso porque todo el círculo lo sabía. La conexión con Castro nunca logró consolidarse. Ese vínculo nunca se construyó. Él aparecía de forma espasmódica. Tenía, yo diría, ataques de paternidad de vez en cuando, sostuvo. Y fue más allá al describir rasgos de personalidad: Estamos hablando de una personalidad evidentemente narcisista esta gente trata sus afectos de una manera diferente. La vida en Cuba, según su testimonio, comenzó a resultarle asfixiante desde joven. Recordó especialmente los trabajos obligatorios en el campo: Nosotros estábamos obligados, a partir de cierta edad en el colegio, a ir a trabajar en el campo. Ese contexto fue moldeando su incomodidad con el sistema y la llevó a convertirse en una denunciante de lo que considera abusos del régimen. Empecé a hacer denuncias de cosas espantosas que pasaban en aquel momento y que siguen pasando, afirmó. Esa decisión tuvo consecuencias. Sí, sentí mucho miedo, admitió. Aunque no fue encarcelada, reconoce que su situación fue excepcional: No fui a la cárcel, que eso ya es una gran diferencia. Se puede considerar hasta un privilegio, porque hay mucha gente que, por hablar, está presa. Y sigue presa. Leé también: Ataque en Kiev: un hombre armado tomó rehenes en un supermercado, asesinó a cinco personas y fue abatido Su salida de la isla tuvo ribetes cinematográficos. Con ayuda de amigos en el exilio, logró escapar utilizando una identidad falsa. Se pudo falsificar un pasaporte donado voluntariamente por una mujer y yo me fui en el puesto de avión con la identidad de ella, relató. Ese momento marcó un quiebre definitivo: Perdí mi país, perdí mi patria tuve que aprender un idioma nuevo, un modo de vida nuevo. Décadas después, regresó una sola vez a Cuba, tras la muerte de su madre. Fue una cosa trágica pero también un redescubrimiento. Yo siempre tuve tantas ganas de irme de allí que no sabía lo bella que es mi ciudad, expresó. Con la mirada puesta en el futuro, dejó una reflexión que sintetiza su postura: En la Cuba del futuro necesitamos protección para las víctimas, pero también para que los victimarios tengan la oportunidad de arrepentirse y de defenderse. Una definición que, más allá de su historia personal, apunta a un posible proceso de reconstrucción para toda una sociedad.
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