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» Clarin
Fecha: 18/04/2026 09:12
Ensobrados, kukas, econochantas, empresaurios, mandriles y en particular casta, un nuevo modo de nombrar al adversario. Junto con los cambios radicales en la legislación penal y laboral, el gobierno de La Libertad Avanza impone un vocabulario elaborado a través de las redes sociales. El discurso libertario combina insultos, neologismos y juegos de palabras, comparte términos con el habla de otros movimientos de derecha y se apropia de conceptos de sus enemigos. La batalla política se libra también en el lenguaje. Casta, dice Sergio Morresi, fue una palabra que estaba en el aire de la política de los últimos años, vinculada a una insatisfacción extendida acerca de los resultados de los gobiernos, en la Argentina y en otros países. Acuñada por la izquierda europea, cambió de signo y articuló un léxico más amplio. En Italia y en España estaba claramente vinculada a los políticos; lo distinto del mileísmo fue la forma en que extendió la palabra para nombrar a los empresarios, los periodistas, los universitarios, hasta los empleados públicos y los que recibían planes de asistencia, agrega el investigador del Conicet y profesor en la Universidad Nacional del Litoral. El insulto como estrategia. Un análisis de 113.000 tuits del presidente Milei, el estudio reciente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), identificó tres patrones del lenguaje que en escenarios políticos anteriores no habían sido definidos como una tendencia constante y sobre los cuales discurren los insultos: la animalización ( mandril, domado, burro, rata, cerdos, parásitos); la sexualización (vaselina, envaselinados, culo) y lo repulsivo (basura, maloliente, inmundicia, putrefacto). Un diccionario en clave de bullying, escribe el historiador Sebastián Carassai en el libro colectivo Argentina (re)sentida. Un mapa emocional del presente. Según Morresi, los insultos y la descalificación del periodismo forman parte de un libreto de los actores de la derecha radical: lo vemos en EE. UU., en Hungría, en Polonia. Gastón Cingolani, doctor en Lingüística por la Universidad de Buenos Aires y presidente de la Asociación Argentina de Semiótica, destaca la incidencia del panelismo como formato y como sistema argumentativo en el discurso: El que habla puede mezclar sin solución de continuidad una argumentación con una agresión, algo que apunta a lo emotivo en el mismo plano que algo organizado racionalmente, con la voluntad de llegar a un acuerdo no con el adversario sino con la audiencia. El fin justifica cualquier medio, inclusive rompiendo reglas de la racionalidad, con la agresión y su anverso, la victimización. El insulto en política es algo habitual afirma la socióloga Sol Montero. Puede haber una cuestión de grado, uno puede decir que estigmatiza, que deshumaniza, y por supuesto así lesiona la vida democrática. Pero la particularidad del insulto en el caso de Milei tiene que ver con los destinatarios: el blanco son los ciudadanos comunes. Cuando la cuenta oficial del presidente de la Nación insulta a un niño que además está en situación de vulnerabilidad, a mujeres, científicos, artistas, hay un rasgo novedoso: un presidente que insulta a la sociedad a la que gobierna atenta contra un elemento central del pacto democrático. Cingolani agrega memes y expresiones meméticas de la cultura tuitera y de las redes, como es exactamente lo que voté, un latiguillo identitario. Al igual que buena parte de la derecha contemporánea, Milei vino a metabolizar cierto cansancio de la política como máquina de gestos aprendidos y sostenidos en el tiempo. Ese cansancio generó el cambio de reglas de juego porque volvió insustentable lo que se creía la base de la democracia, la discusión racional, la no agresión. Allí encuadran los términos disruptivos que hagan falta, cualquiera de ellos, escudados además en el espontaneísmo, analiza el también profesor en la Universidad Nacional de La Plata. En su artículo La lengua libertaria, eco de una nueva sensibilidad política, Sebastián Carassai registra el impacto de los malos modos de Milei en entrevistas con simpatizantes del gobierno. La lengua exaltada y a veces soez, dice, resulta convincente: contrasta con la de los políticos tradicionales y tanto quienes la celebran como quienes la toleran le atribuyen una sinceridad y claridad que oponen a la hipocresía de la lengua política de los adversarios. Según el estudio de Fopea, uno de cada siete posteos del presidente contuvieron ofensas que usó para silenciar a la prensa, estigmatizar a la oposición y movilizar a sus seguidores. Sergio Morresi destaca continuidades y rupturas: La idea de que el periodismo está comprado y es operativo para un interés distinto al auténtico nos acompaña desde hace mucho en la Argentina. Puede ser más terrible en Milei porque utiliza el poder político para atacar personalmente a los periodistas. También lo vemos con Trump, pero en el caso argentino hay una rueda que venía andando. Lo mismo al hablar de los empresaurios, lo que antes llamábamos la patria contratista. Lo novedoso es la integración de estas ideas dentro del engranaje que sería la casta que el gobierno viene a destruir, y la recuperación del bagaje anticomunista tradicional reempaquetado en una lucha de la civilización. En ese plano el discurso libertario tiene resonancias trasnacionales. Hay una idea antigua del zurdo, comunista, socialista como el enemigo ya no del proyecto político, sino del proyecto cultural que viene a encarnar La libertad Avanza sigue Morresi. En el discurso de Vox el zurdo se asocia con el criminal irredimible, hay un encadenamiento de significados que trasciende al caso argentino y criminaliza las posiciones de izquierda, incluso aunque no sean anticapitalistas: empieza en el progre, no en el comunista revolucionario. Tampoco la discusión sobre la última dictadura, una apuesta en función del presente, resulta exclusiva del mileísmo: Lo vemos con Bolsonaro reivindicando a la dictadura brasileña, con José Antonio Kast y al pinochetismo, con Vox y el franquismo. El pasado antes ominoso ahora es celebrado y puesto a resignificar en sociedad y en público. Sol Montero resalta la reapropiación de términos de otras ideologías y de otras geografías, como woke y batalla cultural, una expresión del marxismo para la disputa por la hegemonía cuando no se tiene el poder económico. El discurso libertario invierte los sentidos. Algo parecido ocurre ahora con fake news, un término de la sociedad civil para denuncias noticias falsas. Lo vemos también en Trump cuando habla de the fake news media, como un nombre propio. La Oficina de Respuesta Oficial del Gobierno va en ese sentido. La Oficina de Respuesta Oficial despliega un sistema de construcción discursiva paralelo al de las redes, dice Gastón Cingolani. Busca más la provocación que la certificación de una verdad. Ese combustible emotivo resulta más valioso que confirmar la certeza de una acción de gobierno, porque fortalece los posicionamientos del Gobierno. Más que destruir fake news u operaciones mediáticas, esta oficina las alimenta. El modelo sería el del troll, lo que interesa es indignar, y eso es parte del ecosistema mediático en el que funciona el mileísmo. Según Fopea, los insultos más frecuentes en los tuits presidenciales fueron kuka (2.286 menciones), casta (1.815), delincuente (1.023) y mandril (904). El uso de esta última palabra en las redes sociales se intensificó durante la puesta en marcha de políticas que generaron amplio debate social y político; el término se convirtió en herramienta de movilización y engagement particularmente efectiva en contextos de incertidumbre económica y en definitiva la estrategia comunicacional agresiva se reveló efectiva para la viralización de estos contenidos. El insulto tuvo sus razones. Sobre la firma Newsletter Clarín
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