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» Clarin
Fecha: 18/04/2026 09:12
Locuaz y amabilísimo, el filósofo Gilles Lipovetsky contesta la videollamada desde su casa en Grenoble y, como parte del rito que formatea la comunicación global entre pantallas, trata de sentarse a la altura ideal para que la cámara de la computadora no lo saque de cuadro con cada movimiento. Lo consigue. Lipovetsky es una estrella del pensamiento internacional desde la publicación de La era del vacío (1983), un ensayo en el que postuló el individualismo como el nuevo estado histórico de las sociedades democráticas avanzadas y la llave maestra para leer la posmodernidad, caracterizada, entre otros fenómenos, por la desafección institucional y una búsqueda constante de experiencias inmediatas. Su libro más reciente, La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso (Anagrama), escrito junto con el crítico de cine Jean Serroy, ahonda una obra de más de cuatro décadas, que articula libro a libro, las piezas complejas del puzzle contemporáneo y la transformación de la modernidad tardía en una condición desenfrenada que denomina hipermoderna y que no ahorra paradojas. Por ejemplo, la de buscar permanentemente gratificación y estar sumidos en la zozobra y el malestar o la de temer todo el tiempo perder un empleo que ni siquiera nos gusta. Su diagnóstico gira en torno a cómo las sociedades occidentales, impulsadas por el individualismo, el mercado global y la tecnocultura, tienden a intensificar la personalización, la emocionalidad y la estetización en la vida cotidiana. La nueva era del kitsch reinterpreta esta situación bajo un principio organizador: el kitsch como matriz del exceso contemporáneo. Lipovetsky nunca condena; prefiere comprender. El kitsch no es para él decadencia cultural (no existe ninguna sociedad sin ligereza, escribe), sino síntoma y a la vez herramienta de la sociedad hipermoderna. Sobrevuela todo este diálogo el recuerdo de su primera visita a Buenos Aires: Fui a presentar La era del vacío. Di 50 entrevistas en una semana; en la universidad había colas de 200 y 300 metros para escucharme. Yo era un filósofo joven y me conmovió la pasión de los argentinos por el pensamiento y la reflexión. Parafraseando un título de Raymond Carver: ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de kitsch? El kitsch nace en torno a 1860 y cuando se habla de él se entienden varias cosas: una creación llamativa, ostentosa, de mal gusto, ecléctica, sin valor. Este enfoque se extiende hasta mediados del siglo XX, cuando surge el kitsch de masas y entramos en el terreno del neokitsch. Aquel significado sigue siendo correcto, pero ahora hay una actitud más positiva. Siempre es lo estridente, lo mediocre, lo de pacotilla, pero para la sensibilidad hipermoderna, eso no es necesariamente negativo. ¿Por qué se produce esa inversión de estatus del kitsch? Es efecto de la sociedad de consumo que ha democratizado la cultura del placer, la gratificación inmediata. Lo primordial es una especie de hedonismo individualista: Si siento placer, está bien. No hay valores superiores. Mientras que, en el siglo XIX, Baudelaire, Flaubert, las vanguardias, no priorizaban el placer sino el arte, la creación. Esa es la primera razón. Hay una segunda: la individualización de la relación con la cultura y el arte. ¿De qué modo se relaciona esto con la autenticidad, otra de las demandas actuales sobre la que usted ha reflexionado? El kitsch, históricamente, es lo opuesto a la autenticidad. Para empezar, es una copia, es masivo. Pero hoy también podemos entender autenticidad como singularidad, como personalidad del gusto. Y si a usted le gustan los productos masivos, aunque sean corrientes, prueba su singularidad: hace lo que quiere. Cuando Jeff Koons toma como modelos perritos que puede encontrar en supermercados y crea con ellos obras de arte, que actualmente son las más caras del mundo, hay algo completamente nuevo en eso. Una reversión, una inversión total. Lo banal ya no es despreciable. No creemos que el arte esté al servicio de lo sublime. El arte ya no existe para decir verdades eternas. ¿Qué papel juegan las redes sociales en la sociedad del exceso? En las redes la gente fotografía cualquier cosa: el plato que están por comer, el gato, al perro. Van a la playa de vacaciones y mandan 300 fotos en lugares que todo el mundo conoce. Eso difunde una estética de lo banal. Una serie china se filmó en un pueblito francés de la Provenza, que no conocía nadie. Decenas de miles de chinos fueron a visitarlo. A través de internet usted hace famoso lo que sea. ¿Por eso afirma que la palabra demasiado es la que mejor define la hipermodernidad? Sí, originalmente kitsch refiere al exceso. Hoy reconocemos ese demasiado, pero lo consideramos divertido. Existe una mentalidad que llamamos camp, un concepto popularizado por Susan Sontag en los 60: cuanto más feo, mejor. Se relaciona con una estética queer. La estética de las drag queens, por ejemplo, es una estética del exceso, del too much. Colores subidos, maquillaje exagerado En sus comienzos era para cabarets, para hacer reír a la gente; hoy hasta los hinchas de fútbol usan colores estridentes para animar al equipo. Ese cambio estético caracteriza la época y muestra la crisis de las vanguardias históricas que equivalían a la eliminación del exceso. ¿El lujo hoy es kitsch? Claro, son multimillonarios quienes compran Jeff Koons o Damien Hirst, no los pobres. Antes, decir kitsch era una forma de desvalorizar el consumo de las clases populares. Hoy los artistas más caros del mundo son kitsch. ¿Cuál es la relación con la política? ¿Milei o Trump expresan la sociedad del exceso que describe? Juegan con lo kitsch. Trump es increíble. Tiene gorras, adivinos; en sus hoteles todo lleva su nombre escrito en letras enormes. Presentó un reality show en televisión. El populismo juega con los códigos del kitsch porque busca romper lo políticamente correcto. Milei con su motosierra: esas imágenes son decididamente kitsch. Es la estética de lo excesivo. Si el kitsch no se asocia al conflicto, ¿por qué son tan agresivos? Vivimos en una sociedad de sobreinformación: hay información por todas partes, pero se ahoga, se pierde. Para causar impacto se necesita una comunicación fuerte, agresiva. Trump construyó su fama a base de insultos. Es un presidente vulgar, una estrategia de comunicación de excesos, que le ha dado resultado porque actúa sobre los miedos y las ansiedades. ¡Qué paradoja: un multimillonario kitsch! Históricamente es una contradicción porque el kitsch surgió para las clases medias, la pequeña burguesía que al no poder adquirir el original compraba la copia. En las librerías se agotan las enseñanzas de estoicos y los ensayos de Byung Chul-Han. ¿Cómo explica ese renovado interés por la filosofía? Quizá yo no haga el mismo diagnóstico. Lo que el público quiere es autoayuda, soluciones, desarrollo personal. Hay cantidades considerables de libros técnicos, pero ¿técnicas para qué? Para el bienestar. Lo que se busca hoy en las librerías y en los tutoriales de las redes son plataformas que digan: Hola, aquí te vamos a proporcionar un programa para que te relajes, para que estés en paz, para que elimines tus complejos, para que seas más feliz. ¿La filosofía no aporta en esa búsqueda? La filosofía especulativa, teórica, como la que publico yo, le importa a una minoría de gente a la que le gusta pensar por el sentido, no por la eficacia. El gran público no busca comprender, quiere vivir mejor. ¿Por qué? Porque hemos entrado en un período de inseguridad total. Todo da miedo. Hasta comer una fruta. ¿Cuáles son las consecuencias de ese miedo? La necesidad de reenfocarse cada cual en sí mismo, en un individualismo narcisista. Y para eso está el consumo, que es terapéutico y permite olvidar. Voy al cine, voy a la peluquería y durante ese tiempo, pienso menos en mis hijos, en mi trabajo, en si pierdo el trabajo. El consumo es una técnica de alivio de la existencia. Mi próximo libro, L'Odyssée de la surpuissance (La odisea del superpoder), analizará cómo, si bien la humanidad nunca ha sido más poderosa (inteligencia artificial, robots, biotecnologías), las personas nunca han estado tan ansiosas ni vivido en una inseguridad tan permanente como la actual. El miedo triunfa en todos lados. Sartre escribió El ser y la nada, un libro de más de 800 páginas, y lo publicó en 1943. ¡Imagínese, durante la Segunda Guerra, un libro de metafísica! Hoy no hay libros de metafísica porque la gente quiere soluciones pragmáticas a una existencia que atemoriza. En este ensayo habla del consumo creciente de pornografía como una forma del exceso hipermoderno. Sí, la pornografía se rige por una lógica hiperbólica. Vivimos en una sociedad donde el exceso es cada vez mayor, en todo: la hipermodernidad es hiperkitsch. La sensibilidad contemporánea es la del too much y la pornografía es eso. Tomemos el ejemplo de lo que en ese ámbito suele conocerse como gangbang (combinación coloquial de pandilla y sexo en inglés) con diez, veinte participantes se dan todas las posiciones. Hacen falta penetraciones por todos lados. Desgraciadamente, puede llegar demasiado lejos. Lo vimos con el caso Epstein, con el abuso sexual infantil y con el consumo de pornografía entre adolescentes, que es un problema importante. No estoy a favor de la censura, soy liberal. Pero tenemos que proteger a la gente joven. ¿Ve un fin posible a esa sociedad del exceso? Esa es la batalla del futuro. EE.UU. el de Trump y Musk está en guerra con Europa porque Europa quiere políticas de moderación: reglas. Y hoy, los actores de la IA tienen una sola regla en mente: siempre más allá y menos control. Esa no es una civilización correcta. Una civilización necesita reglas. No puede ser kitsch, too much en todo. Lo excesivo es peligroso. Apoyo la investigación y las nuevas tecnologías. Pero las reglas son necesarias. Si no hay reglas, es el Far West. En la era de los algoritmos que ofrecen más de lo mismo, ¿dónde mira usted cuando quiere reencontrar el asombro? La ciencia me asombra todos los días. Logra lo que antes la religión llamaba milagros. ¡Devuelve la vista a los ciegos! La inteligencia artificial plantea problemas considerables, pero usted usa ChatGPT y tiene una respuesta. Hay que ser crítico, pero es un milagro: he ahí una máquina con la que se puede hablar; ciencia ficción hecha realidad. Yo diría que cada vez me sorprende menos la cultura artística y cada vez más el poder tecnocientífico. Tengo 81 años, me siento bien, no estoy enfermo. Todavía puedo escribir libros. En la Edad Media ya estaría bajo tierra. El hombre se mueve por lo que Nietzsche llamó voluntad de poder, que no es voluntad de guerra sino de superarse: ir siempre más allá, conquistar, descubrir, explorar, inventar. Ese es el genio humano. Hace 300.000 años el hombre estaba en el Cuerno de África y conquistó el planeta; creo que conquistará el espacio. Es una aventura excepcional. ¿Se da cuenta del trayecto? No conozco otra palabra que asombro. ¿Le ganará el asombro al miedo? El miedo no elimina el maravillarse ante el genio humano. Ante la política, no; más bien, lo contrario. Porque es difícil asombrarse cuando la democracia decae en todo el planeta y los derechos humanos están en retroceso. Nadie puede predecir el mañana. Porque, por un lado, tenemos este poder de creación increíble, que va cada vez más rápido. Y por otro, la barbarie no desaparece. Traducción de Román García Azcárate Sobre la firma Newsletter Clarín
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