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  • ¿Más que humano? Del celular a la interfaz integrada al cuerpo

    » La Nacion

    Fecha: 18/04/2026 03:19

    ¿Más que humano? Del celular a la interfaz integrada al cuerpo Desde hace casi dos décadas, el celular es el centro de la vida cotidiana. Hoy, expertos de Silicon Valley, Cambridge y el MIT coinciden en que el reinado empezó a llegar a su fin. Se abre una transformación más profunda en la forma de concebir el cuerpo, la atención y la intimidad. El gesto ocurre antes del pensamiento. La mano desciende hacia el bolsillo aún cuando no hay mensaje, ni llamado, ni motivo. Es un movimiento aprendido, casi reflejo, como para comprobar que el mundo sigue ahí. Durante años, ese ademán ha organizado la experiencia contemporánea. Black Mirror lo intuyó con una lucidez inquietante: no imaginó simplemente nuevos dispositivos, sino el momento exacto en que una tecnología deja de ser herramienta y se convierte en atmósfera, en condición de existencia, en modo de estar en el mundo. El celular es eso. No solo un objeto, sino una prótesis cultural. Aloja trabajo, deseo, ocio, vínculos, ansiedad y consuelo en una misma superficie luminosa. Moldeó la atención hasta fragmentarla, entrenó la mirada para la interrupción constante, volvió sospechoso el silencio y convirtió la espera en una anomalía. El tiempo se plegó en notificaciones, la memoria se externalizó, el cuerpo aprendió a inclinarse. No se mira el teléfono, se vive a través de él. El celular, paradójicamente, muere de éxito. Se volvió demasiado visible, demasiado demandante, demasiado central Durante poco más de quince años, esa pequeña pantalla concentró una promesa inédita: el mundo entero cabía en la mano. El precio fue menos visible. Estudios del Pew Research Center muestran que más del 80% de los usuarios revisa su teléfono de manera compulsiva, incluso sin estímulo externo. La conexión permanente derivó en saturación atencional. El acceso infinito produjo fatiga. La prótesis empezó a sentirse pesada. Algo se resquebraja en ese vínculo. No por rechazo moral ni por cansancio generacional, sino por un desplazamiento más profundo en la imaginación tecnológica. Mark Zuckerberg afirmó en 2023 que el teléfono dejará de ser el dispositivo central antes de que termine la década. Investigadores del Cambridge Centre for the Future of Intelligence sostienen que el smartphone fue una solución transitoria, una etapa intermedia entre la pantalla fija y formas de interfaz más integradas al cuerpo. El consenso, entonces, no se construye desde la nostalgia, sino desde la observación de una transición en curso. Per Ola Kristensson, referente mundial en interacción humanocomputadora y especialista en diseño de interfaces del Department of Engineering de la Universidad de Cambridge, introduce un diagnóstico que suena a sentencia. El teléfono móvil es una tecnología de transición; no puede sostenerse como interfaz dominante más allá de esta década, dice a LA NACION. Su colega Cecilia Mascolo, de la misma Universidad británica, experta en sistemas móviles y aprendizaje automático, aporta: Lo que está cambiando no es solo el dispositivo, sino la relación entre el cuerpo y la información. El celular, paradójicamente, muere de éxito. Se volvió demasiado visible, demasiado demandante, demasiado central. Su presencia constante terminó por delatar su límite. En ese desgaste silencioso aparece el quiebre que define a toda mutación cultural: el momento previo a la desaparición. Nada falta todavía. Todo funciona. Pero el gesto empieza a vaciarse de sentido. El final del smartphone no anuncia un mundo menos tecnológico. Presagia otra forma de mediación. La interfaz ya no se sostiene con la mano. Se aproxima al rostro, a la piel, al cuerpo entero. El objeto que ordenó una época comienza a retirarse sin estrépito, dejando detrás una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando la tecnología deja de estar en el bolsillo y empieza, lentamente, a habitarnos? Del bolsillo al cuerpo El desplazamiento ya comenzó y no adopta la forma de una ruptura visible, sino de una mudanza silenciosa. La pantalla, durante años centro indiscutido de la experiencia digital, empieza a perder protagonismo frente a interfaces que no exigen ser miradas. El cambio no apunta a multiplicar estímulos, sino a volverlos continuos. La tecnología deja de interrumpir la vida cotidiana para superponerse a ella. Las gafas de realidad aumentada encarnan con claridad esta transición. No reemplazan el mundo físico, lo recubren. La realidad aumentada no es un accesorio visual: es una forma distinta de habitar la información, dice Kristensson. Información, indicaciones, traducciones y recordatorios aparecen integrados al campo visual, sin necesidad de desviar la mirada hacia un dispositivo externo. Un informe del MIT Technology Review señala que la realidad aumentada representa el intento más serio de las grandes tecnológicas por desplazar la centralidad del smartphone y construir una interfaz ambiental. Meta, Apple y Google concentran inversiones millonarias en esta dirección, convencidas de que la próxima plataforma dominante no será una pantalla, sino una capa perceptiva. Zuckerberg lo expresó de forma directa en una conferencia. Las gafas inteligentes se convertirán en el principal modo de interactuar con la información digital, porque liberan las manos y devuelven continuidad a la experiencia. El argumento no es técnico, sino cultural. El teléfono exige atención exclusiva. La realidad aumentada promete acompañar sin interrumpir. Cuando los datos se incrustan en el espacio físico, la frontera entre percepción y computación se vuelve porosa, explica Alan Blackwell, investigador en computación ubicua de la Universidad de Cambridge. Más radical resulta el avance de los dispositivos de inteligencia artificial portátiles que prescinden por completo de pantalla. Según un estudio del Stanford HumanCentered AI Institute, este tipo de interfaces reduce la fragmentación atencional, pero incrementa la dependencia cognitiva de sistemas automatizados que median cada consulta cotidiana. Los dispositivos portátiles de IA transforman la relación entre cuerpo y entorno: ya no buscamos información, la información nos encuentra, señala Mascolo. Cuando la tecnología deja de presentarse como objeto externo y comienza a integrarse al cuerpo, a la mirada o a los procesos mentales, la pregunta ya no es qué usamos, sino qué somos Neuralink, la empresa de Elon Musk dedicada a implantes cerebrales, realizó en 2024 su primer implante en un paciente humano. Investigaciones publicadas en el Journal of Neural Engineering señalan que estas tecnologías inauguran una interfaz donde la frontera entre intención, acción y mediación técnica se vuelve difusa. El gesto de consultar información deja de ser externo. Los implantes neuronales no amplían la interfaz advierte Timothy Constandinou, director del Next Generation Neural Interfaces Lab del Imperial College London. La disuelven. Sherry Turkle, psicóloga y profesora del MIT, advierte que esta integración modifica la relación con la propia subjetividad. Cuando la tecnología deja de ser un objeto que usamos y pasa a ser algo que nos acompaña de manera constante, cambia nuestra percepción de autonomía y de intimidad, dice a este diario. La interfaz invisible se naturaliza, ya no hay modo de apagarla. Estamos, entonces, frente a una mutación en la forma de convivir con la tecnología. El cuerpo empieza a ocupar el lugar que antes tenía la pantalla. La interfaz migra del objeto al organismo. Con ese desplazamiento se inaugura una pregunta que ya no es técnica, sino cultural: ¿qué ocurre cuando la tecnología deja de ser algo que miramos y empieza a ser algo que somos? El cuerpo como interfaz El cambio decisivo no ocurre en el diseño de los dispositivos, sino en la definición misma de lo humano. Cuando la tecnología deja de presentarse como objeto externo y comienza a integrarse al cuerpo, a la mirada o a los procesos mentales, la pregunta ya no es qué usamos, sino qué somos. La mutación es ontológica afirma Constandinou. La interfaz no media entre el sujeto y el mundo, se confunde con ambos. Esta transformación altera de manera profunda la atención. Durante la era del smartphone completa Turkle, la atención era interrumpida, fragmentada, disputada por notificaciones y estímulos visibles. Las nuevas interfaces prometen continuidad. No exigen bajar la mirada ni aislarse del entorno. Se superponen al campo perceptivo y lo acompañan. Investigaciones del Journal of Experimental Psychology, de la American Psychological Association, muestran que las interfaces invisibles reducen la percepción consciente de distracción, pero incrementan la carga cognitiva de fondo, generando una atención más difusa, menos deliberada. Sensores biométricos, seguimiento ocular, registros de microgestos y patrones neuronales amplían la noción de información personal hacia zonas que antes escapaban a cualquier registro La toma de decisiones también se reconfigura. Sistemas de inteligencia artificial integrados a la experiencia cotidiana sugieren rutas, respuestas, elecciones de consumo, incluso reacciones emocionales, indica Mascolo. Según estudios del Oxford Internet Institute, cuanto más integrada está la asistencia algorítmica, menor es la percepción subjetiva de influencia externa. Así, la recomendación se vive como intuición propia sigue Mascolo. La frontera entre decidir y ser guiado se vuelve borrosa. En este punto, la intimidad adquiere un nuevo espesor. Ya la cuestión no se limita solo a qué datos se entregan voluntariamente, sino a qué aspectos de la vida interna se vuelven legibles. Sensores biométricos, seguimiento ocular, registros de microgestos y patrones neuronales amplían la noción de información personal hacia zonas que antes escapaban a cualquier registro. Un informe de la European Data Protection Board advierte que las tecnologías corporales inauguran una etapa en la que la privacidad deja de ser una cuestión espacial para convertirse en una condición corporal. Turkle advierte que esta integración produce un efecto psicológico ambivalente: Cuando la tecnología se vuelve invisible y constante, la experiencia de estar a solas con uno mismo se vuelve más difícil de sostener. Black Mirror vuelve a funcionar aquí como profecía cultural. La serie no anticipó implantes ni gafas con precisión técnica. Predijo el malestar que emerge cuando la memoria puede reproducirse, la reputación puntuarse y la experiencia evaluarse en tiempo real. No se limitó a describir un futuro posible, sino que expuso sus dilemas. ¿Qué ocurre cuando todo puede registrarse? ¿Qué lugar queda para el olvido? ¿Quién controla el relato de la propia vida? La convivencia con lo invisible transforma también los vínculos. Miradas atravesadas por capas de información, conversaciones asistidas por sistemas que escuchan siempre, recuerdos mediados por archivos externos. El escenario distópico o la utopía dan paso a una transición en curso. La tecnología no avanza como invasión sostiene Constandinou, sino como adaptación. Se integra porque resulta cómoda, eficiente, casi imperceptible. Por eso, su impacto es más profundo. Cuando la interfaz desaparece a la vista, empieza a operar desde el interior. Piel tecnológica Toda mutación profunda se presenta como promesa y como riesgo. La próxima dermis tecnológica no es la excepción. Las interfaces que migran al cuerpo amplían capacidades sensoriales explica Kristensson, reducen fricciones cognitivas, prometen accesos más fluidos a la información y a la comunicación. Al mismo tiempo, concentran un poder inédito sobre la experiencia humana. La pregunta ya no gira solo en torno a qué pueden hacer estas herramientas, sino a qué nos hacen mientras las usamos. Investigaciones del World Economic Forum advierten que las tecnologías corporales y neuronales desplazan el eje del control desde el dispositivo hacia la infraestructura que lo sostiene. El riesgo no reside únicamente en la vigilancia externa, sino en la internalización de criterios algorítmicos para evaluar la propia experiencia. La autoridad ya no se percibe como imposición, se vive como asistencia. Renuncia silenciosa Yuval Noah Harari, historiador y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, advierte que la integración entre biología y tecnología redefine la noción misma de autonomía: Cuando los algoritmos conocen nuestros deseos mejor que nosotros mismos, la idea de libre elección se vuelve frágil. La eficiencia puede transformarse en dependencia. La comodidad, en renuncia silenciosa. La intimidad atraviesa una mutación similar. Sensaciones, impulsos, patrones de atención y estados emocionales se convierten en información procesable. Turkle señala que este escenario plantea un desafío cultural, más que técnico: La pregunta central no es qué tecnología usamos, sino qué tipo de presencia aprendemos a tener con nosotros mismos y con los demás. La piel tecnológica amplifica capacidades, pero también redefine los modos de estar a solas, de equivocarse, de no responder. El cierre del ciclo es casi imperceptible. La mano vuelve a buscar el celular por inercia, como quien repite un gesto aprendido en otra época. El objeto sigue allí, pero ya no ocupa el centro. La tecnología no desaparece, se disuelve en el entorno. Se vuelve ambiente, acompañamiento constante, condición de posibilidad. La humanidad no entra en su próxima mutación con estruendo, sino con naturalidad. El interrogante se desplaza. Ya no importa tanto determinar cuándo desaparecerá el celular, sino qué estamos dispuestos a entregar cuando la interfaz ya no se sostenga en la mano, sino que se convierta en pellejo.

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