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Parana » Analisis Litoral
Fecha: 17/04/2026 15:15
Mientras el gobierno celebra el superávit fiscal y la desaceleración de la inflación, el economista Salvador Di Stéfano expone una verdad incómoda: el problema no es el plan económico, sino quién logra sobrevivir al cambio de reglas. Hay algo en su planteo que incomoda incluso a quienes respaldan el rumbo actual. No se trata de una crítica frontal al Gobierno ni de una defensa cerrada. Es, en todo caso, una descripción fría de una economía que ya empezó a seleccionar ganadores y perdedores. Los datos macroeconómicos muestran señales de orden: superávit fiscal, menor inflación, una leve mejora del riesgo país y un Banco Central más sólido. Sin embargo, la pregunta que sobrevuela es otra: qué ocurre con la economía real en ese proceso de estabilización. Di Stéfano lo resume con una frase que funciona como advertencia: cambió la música, hay que cambiar el paso. En términos concretos, implica abandonar prácticas habituales de los últimos años. Menos endeudamiento, menos stock, más eficiencia, menor dependencia del crédito. Quienes no logran adaptarse a este nuevo escenario quedan expuestos. El problema aparece cuando esa lógica se traslada de la teoría a la práctica. No todas las empresas tienen margen para reconvertirse en un contexto de tasas elevadas, caída del consumo y mayor competencia. Allí es donde surge una zona gris que el discurso oficial evita: no todos los actores económicos parten del mismo lugar ni cuentan con las mismas herramientas. El economista también apunta contra el sistema financiero. Señala que los bancos prestaron mal, sin evaluar adecuadamente el riesgo y tratando a los clientes como productos estandarizados. El resultado es un aumento de la morosidad que luego se traduce en críticas al contexto económico. Pero la falla, según su mirada, es anterior y estructural: el sistema financiero argentino sigue sin adaptarse a las necesidades productivas. Otro de los ejes que rompe con la lógica tradicional es su postura frente al dólar. Di Stéfano sostiene que ya no es la única alternativa de resguardo de valor y que existen instrumentos más rentables, como bonos en dólares o en pesos ajustados por inflación. Sin embargo, esta visión también deja al descubierto otra brecha: no todos los actores económicos tienen acceso o conocimiento suficiente para operar en ese nivel de sofisticación financiera. En cuanto a la apertura económica, relativiza el relato oficial. Asegura que Argentina está más abierta que antes, pero lejos de un esquema competitivo pleno. Persisten aranceles altos y un bajo nivel de integración comercial, lo que genera un escenario intermedio donde muchas empresas pierden protección sin ganar competitividad. El punto más sensible aparece al final del análisis. Aun cuando mejoren las exportaciones, aumente la recaudación y se consolide el orden macroeconómico, existe un factor que puede desestabilizar todo el esquema: el salario. Si los ingresos no acompañan, la tensión social deja de ser una hipótesis para convertirse en una consecuencia. La lectura de Di Stéfano tiene coherencia interna, pero también expone una contradicción de fondo. El programa económico puede mostrar resultados en los indicadores centrales y, al mismo tiempo, dejar sectores enteros en el camino. En ese equilibrio inestable se juega el verdadero desafío. La pregunta que queda abierta es si se trata simplemente de un proceso de estabilización o de una transformación más profunda que redefine quiénes pueden permanecer dentro del sistema económico y quiénes quedan afuera.
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