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Parana » Ahora
Fecha: 17/04/2026 11:18
La fraternidad Una vez alguien celebró su embarazo porque así su primera hija iba a tener un hermano, esa madre no tenía ganas de maternar de nuevo, pero supuso una felicidad colateral. En un cuento un personaje de Liliana Bodoc se lamentaba de haber perdido a su compañera con lo que le hubiera servido, lo expresa con valor utilitario, tener a una hermana en ese trance que pasaba (quedaba viuda). No pienso así de mi hermana ni de mi hermano, aunque somos cinco, tres tenemos una fraternidad que late en sintonía. Nos damos los hombros sin que necesitemos pedirlo, propiciamos la risa en las tragedias, desarmamos los archivos necesarios para que nuestra historia sea agradable entre nosotros, mantenemos la prudente distancia cuando alguien afila un costado malo de la lengua (esa suelo ser yo). * Desde hace unos meses de la película Valor sentimental me quedó resonando la historia entre las hermanas, la forma de acompañarse y de reconstruir el pasado. Me gustó eso y la tensión puesta en escena desde el silencio. Siempre es mejor que lo no dicho se trasluzca solo, una estridencia sin grito. Me gustó que en apariencia fuera la muerte de la madre la que las uniera, pero que se deslizara suavemente la vida juntas a través de objetos, pizcas de cosas que resurgían otras. Me gustó la casa, la contundencia de la voz de la casa con la luz y el arroyo de las sombras. Me gustó que ese padre que no tenía nada que ver con la figura que sentía familiar, era también cruel. * Con Cari volvemos a la casa en que crecimos después de la muerte de nuestro padre, no tenemos la aflicción que nos pesaría si hubiera abierto el hueco de tierra otro nombre, me persigno antes que decirlo, dios no lo permita. Pero hay algo en estos días que me lleva a pensar en cómo se transforma la vida entre quienes el dolor se abre parejo. Durante mi infancia, que mis hermanos me cuidaran, seguramente me alivió de un torrente futuro de cuestionamientos por ausencias. Esa función de hermanos protectores menguó preguntas que hubiese hecho a mis progenitores o probablemente a algún especialista en salud mental. Nuestros padres trabajaron mucho siempre, mi época asumió ese tipo de vínculos sin ver nada raro en el trazado de casas con hijos mayores cuidando a los menores o hermanas grandes cocinando y hermanos mayores buscando o trayendo de distintas actividades. Siento que al haber nacido última fui mirada excesivamente, quizás porque además de una madre presente en todos los detalles, estuvieron encima las voces de mis hermanos señalando cómo debía ser y actuar. Esas marcas de lo dicho como elogio o como reproche, me alentó en los primeros años y me frustró un poco en la adolescencia. Hace poco tiempo, supe por una prima que mi papá le decía a una tía política que yo era muy rebelde, que le pesaba como nadie. Yo siempre creí que no le interesaba en lo absoluto. Hubo una brecha que estuve viviendo en la casa de mis padres oprimía. Otra en las que resguardaba. Como todos los vínculos de la vida, la tensión y la soltura, la soga que sujeta y la rienda que suelta estaba entre quienes morábamos entre esas habitaciones. Supongo que la universidad con su gran forma de cambiar el modo de ver las cosas me ayudaron a soportarme, a cambiarme de preguntas, aseguro que los amigos de ese tramo que perduran han sido también pilares en la construcción de subjetividades. Hoy ya más equiparados entre los tres hermanos que andamos cada día preguntándonos cómo andan, transitamos armoniosamente los duelos y los cambios. Siento que desparramamos el peso que nos sobra sin reclamos, uno puede más, otro menos, uno menos y otro más. Una división del afecto que se alterna y equilibra, aunque haya un hermano que eslabona con más persistencia, que aceita los engranajes en todos los costados. * Pienso y converso con amistades, con mis sobrinas, con mi pareja, con talleristas mientras leemos, con mi madre por teléfono. Se reitera una preocupación entre las relaciones humanas y el desplazamiento: la gestión a través de las redes, la pantalla como un mapa que puede abrir varios frentes para no encontrar el hueco, para acumular estímulos, para evadir las preocupaciones, para anestesiar el tránsito. Pienso en el aliento que se sopla e insufla las perversidades como modas, en las construcciones de invisibles que se tientan para ser monstruos, chicos venidos a la que te criaste, sostenidos con luces led, solos o bajo el murmullo de la carreta que nos urge tomar: trabajar más, estar más presente en vidrieras, quitar de encima a los hijos para que sean autónomos desde niños. La época, la globalización de una mentalidad siniestra, la forma extractivista de estar porque el otro sirve como peldaño para conseguir otra cosa, la amenaza de que alguien más es peligroso para mis propósitos, los consumos superficiales de todo, la anulación y la crueldad como gracias. Pensemos en la foto situada como registro y muestra, un carnet que indica que vivo, que me visto, que estoy, que como, que consumo. Todo el agujero del vocabulario influencer como una exhibición que acompaña el vacío. No hay nada por eso muestro tanto. No resolvemos nada pensando pero lo hacemos juntxs entre otros, con nuevos puntos de vista, con diferentes ángulos que tienen huesos soldados con otro fuego. Hay, en estas charlas, una reivindicación (casi como súplica) del lazo fraterno. Y aunque este texto parezca una acumulación de lugares comunes y la saturación de experiencias intrascendentes, reluce entre las ventanas de la computadora, con la radio de fondo, entre las notificaciones de los grupos de whatsapp con las amenazas como chiste, un latido humano. La fraternidad como un punto que deseamos, el destello de una sed profundamente humana.
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