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» Clarin
Fecha: 17/04/2026 07:21
Resumen de la primera parte: El profesor Luceno asiste a un debate sobre la década del 70 en USA, dispuesto a defender el legado del presidente Nixon. También participa su ex, Clarisa, en compañía de su nuevo novio, el filósofo exiliado chino, aunque de izquierda, Lin Fua. A poco de comenzar el evento, se viraliza la noticia de que Lin Fua es un plagiario, que la víctima de su plagio acaba de morir -no se sabe sin envenado-, y que Clarisa puede estar implicada. Aunque nadie compartió la noticia en voz alta, público y disertantes quedaron anonadados. No sólo se acusaba a Lin Fua de plagio -un delito que recurrentemente asomaba entre filósofos y escritores famosos-, sino lateralmente de homicidio. ¿Procedería con su ponencia Lin Fua? En el orden de oradores, era el primero. La apertura del debate era un honor singular. Los medios de comunicación solían cubrir ese discurso -que era continuado por la ponencia-, y retirarse. Algunos pocos periódicos y canales de noticias quizás permanecían en el resto del evento, pero sin reproducirlo en su totalidad. El discurso inaugural, dentro de las modestas proporciones de un acontecimiento universitario, resultaba relevante en los ámbitos académicos y en las secciones interesadas de los medios. Si no abría Lin Fua, le tocaba a Mario Piopokov. La posibilidad de que el segmento más difundido del Congreso legara en Piopokov aterró al profesor Luceno. Las emisoras internacionales respectivas reproducirían la teoría conspiranoica del putinista ruso: la negación del atentado contra las Torres Gemelas en 2001. Por otra parte, sin reconocérselo a sí mismo, Luceno no podía permitir que Clarisa fuera implicada en la acusación contra Lin Fua. ¿Por qué? No tenía la menor idea. Lin Fua había asumido el golpe con su rostro embalsamado en cera. Sonreía impasible como un equeco. Parecía Mao mandando a la muerte a cincuenta millones de chinos sin que se le moviera un músculo facial. El profesor Luceno le hizo un gesto a Clarisa de los que habían fraguado cuando todavía no eran pareja, pero ya se veían furtivamente. Clarisa lo reconoció en el aire y salieron del recinto. Los alrededores del edificio de la Universidad del Ande eran un erial de nieve. Los pies se hundían, como en la caminata lunar marplatense, pero en una humedad y un frío agresivos. Sin el calzado adecuado -no había imaginado salir a dar un paseo-, Luceno sentía las medias mojadas como un cilicio. Clarisa sí llevaba sus botas de ante, recubiertas, y la elegancia inalterable de su ser. - ¿Estuviste con el tal Grafo? -preguntó Luceno, jadeante por el esfuerzo y la angustia, con un vapor malsano, pequeñas nubes deformes del habla-. Y agregó avergonzado, sin saber qué palabra usar: -... Cuando éramos... (¿pareja? ¿novios? ¿hombre y mujer?). La relación había durado dos años y medio. Luceno no encontraba una definición. Cada opción le resultaba ridícula. Lo dejó así. El vapor salía de la boca de Clarisa como la niebla de un perfume. Asintió cabizbaja, ella avergonzada por los hechos, no por las definiciones. -Lo siento -dijo-. -Ya no tiene importancia -mintió Luceno, con el corazón gangrenado-. ¿Le robaste el libro antes de que lo publicara y se lo pasaste a Lin Fua? ¿Lo envenenaste? -¡No! -gritó Clarisa-. Otro de esos pájaros negros alzó vuelo. Las montañas los observaban como Condorito: exigiendo una explicación. -Tuve algo con él -detalló Clarisa-, con Grafo. Leí su manuscrito. Lin Fua me sacó de mentira verdad. No es que se lo conté: fue surgiendo. Antes de que Grafo lo publicara, sí. Nunca imaginé que Lin Fua... -Pero cuando Lin Fua publicó La parábola de Platón... ¿No te diste cuenta de que...? -No, no, no -lloró Clarisa-. Estaba más adorable que nunca. -Yo por ese entonces salía con los dos -confesó Clarisa-. Además de conmigo, se calló Luceno. Para ella no contaba. -Lin Fua me regaló una caja de esos bombones de azucena... Pero yo también los comí... El profesor Luceno repasó el historial de Grafo, enfermedades y adicciones. -Alguna de las medicaciones que tomaba Grafo, en combinación con los bombones, puede haberlo matado. ¿Pero cuándo lo viste, cómo? -Me despedí de Grafo antes de venir para aquí. Hacía tiempo que no nos veíamos. Pero cuando decidí viajar junto a Lin Fua, Lin me permitió despedirme de Grafo. Poner punto final. -Y le convidaste los bombones. -Era muy goloso. No los comió en el momento. Seleccionó seis. Los seis más empalagosos. Así era él. -¿Seis de cuántos? -preguntó estúpidamente Luceno-. -De doce. Yo todavía no había comido ninguno. Me los comí al regreso. -¿Te comió seis de doce bombones? Se le ocurrió el chiste: merecía la muerte. Pero dijo: -¿Por qué te buscás esos novios? Clarisa se encogió de hombros, como si Luceno fuera su padre. -Lin no puede haberme dado seis bombones envenenados... -se dijo en un susurro Clarisa-. -Es un riesgo mínimo para una cultura tres veces milenaria -respondió a la nada Luceno-. Podía salir mal. Podía salir bien. Un disparo en la oscuridad. Le habías contado todo de Grafo. Hasta su libro. El profesor Luceno regresó al claustro en compañía de Clarisa. Requirió la atención de Lin Fua, mientras Clarisa se deslizaba a la habitación compartida, a secarse las botas de ante y arreglarse el pelo. El profesor Luceno sentía los pies ateridos, inermes; pero debía direccionar aquel asunto. -Seré testigo de que Clarisa estuvo conmigo durante este verano -dijo Luceno en su inglés de pacotilla-. A Lin se le abrieron los ojos como si fuera occidental. -El plagio es apelable. Pero ella quedará libre de sospecha. Y usted relativamente a salvo de la sospecha de homicidio. A cambio, compóngase y dé la conferencia inaugural. Lin dejó pasar unos escasos segundos y asintió con su ambigüedad oriental. -Si tenemos suerte y no hay testigos de Clarisa con Grafo... ambos lo ocultaban... -cimentó Luceno-. Tal vez ni siquiera tenga que retirar su libro de las librerías. La conferencia inaugural de Lin infatuó a los medios de comunicación: prácticamente acusaba a Trump de ser un hechicero con poderes sobrenaturales. Los periodistas racionalistas compraron sus chorradas como si hubiera, igual que sus ancestros, descubierto la pólvora. Finalmente se determinó que Grafo había muerto de una sobredosis de uno de los medicamentos contra la depresión, que tomaba para enfrentar el síndrome de abstinencia por el abandono de las drogas. No había modo de que Lin hubiera atisbado sus materiales. El libro cayó de los primeros puestos del ranking, pero no hizo falta sacarlo de circulación. Pronto se supo que Clarisa estaba embarazada de Lin. Poco después, se separaron. En su pequeña casa de la localidad de Haedo, en el Gran Buenos Aires, algunos meses después de haber brindado aquella alocución en defensa de Nixon en la Universidad del Ande, a la que casi nadie asistió y que los medios ni siquiera reseñaron, el profesor Luceno meditó acerca de que sin el precedente de la entente sino-norteamericana, producida por el propio Nixon y Kissinger, a él nunca se le hubiera ocurrido la estrategia para salvar a Clarisa y dejar planchada la ponencia del ruso. Las patrañas de Piopokov habían quedado incluso más olvidadas que su propia presentación. Desde su posteridad, Nixon había acudido una vez más al rescate de un mundo en perpetuo desorden. Sobre la firma Newsletter Clarín
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