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Fecha: 17/04/2026 06:21
Soy Alberto Fierro, tengo 84 años y estoy cursando una carrera universitaria por amor. La presentación no es aleatoria; esos ítems que destaca son los que hoy definen la vida de Alberto, este hombre que ostenta con orgullo sus logros, su resiliencia y al motor de su vida: Norma, su compañera a la que conoció en una de las curvas finales del camino y lo marcó a fuego. Nació en Córdoba, pero su vida se construyó en La Plata, donde trabajó durante décadas como tapicero. De ese oficio no solo vivió, sino que también dejó un legado: diez hijos siete varones y tres mujeres, varios de ellos dedicados a lo mismo, y hasta nietos que hoy continúan el camino. Fui tapicero siempre, cuenta Alberto, con la simpleza de quien no necesita agregar nada más. Leé también: Perdió a su mellizo en un accidente y construyó un cine con sus manos en su honor: Se lo prometí a mi mamá En paralelo, hubo otra pasión que lo acompañó desde chico: la música. Es un hobby que arranqué de chiquito con un primo que era músico, estaba siempre pegado a él, recuerda. Autodidacta aprendió a tocar de oído, siguiendo la intuición, mirando a otros. Yo seguía la mano izquierda del pianista, así aprendí a tocar el contrabajo, explica. Durante un tiempo formó parte de orquestas y grupos tropicales, hasta que las circunstancias lo llevaron por otro camino. Me casé y ahí terminó mi vida como músico, dice. Décadas después, sin embargo, la música volvió a aparecer. Esta vez, a través del saxofón. Y no fue un detalle menor: se convirtió en su refugio. Era mi cable a tierra. Cuando algo no iba bien, me ponía a tocar el saxo y volvía a la normalidad, asegura Alberto, que se apasionó tanto que comenzó a tomar clases y a perfeccionarse en ese instrumento. El amor inesperado Después de su última separación y con sus hijos ya grandes, la soledad empezó a pesarle. No quería estar solo, admite. Y decidió hacer algo que nunca había imaginado: anotarse en una aplicación de citas. Ahí apareció Norma. Nos conocimos por Badoo, empezamos a chatear y un día decidimos vernos, cuenta sobre aquella primera cita que duró horas en un bar porteño. El impacto fue inmediato. Cuando me fui, ya en el micro volviendo a La Plata, me di cuenta: estaba enamorado. Dije esta es la mujer que quiero para mí, recuerda Alberto. Desde entonces, la historia avanzó sin pausas. Lo que empezó como encuentros esporádicos se transformó en una decisión compartida. No daba para vernos de vez en cuando, queríamos estar juntos todo el tiempo, asegura. La pandemia terminó de unirlos: él se mudó a la casa de ella, en Lugano, y desde entonces no se separaron más. Estamos las 24 horas juntos y no nos cansamos. Siempre tenemos momentos alegres, dice. Y cuando habla del secreto para una relación duradera y exitosa, no duda: Hay que respetarse, hablar, no guardarse nada. Porque después uno explota por cualquier cosa y las palabras hieren, asegura. El golpe que lo cambió todo En medio de esa nueva etapa, un episodio los sacudió profundamente. Un día, al volver a su casa, descubrieron que les habían robado: Se llevaron todo, vaciaron la casa. Pronto descubrieron que les habían sustraído dinero, objetos personales, electrodomésticos, pero horas después, Alberto notó que le faltaba lo más importante: su saxo. En el shock inicial no me había dado cuenta, pero cuando vi que no estaba el instrumento caí mal. El saxo era todo para mí, dice. Días después intentó recuperarlo y ahí llegó el segundo golpe. Fuimos con Normita a la casa de música a averiguar precios y cuando vi lo que costaba, más de un millón de pesos, me despedí para siempre. No era un gasto que pudiera hacer, cuenta. La pérdida fue mucho más que material. Era mi cable a tierra. Sin eso me vine abajo, me deprimí mal, admite. Durante un tiempo, la tristeza ocupó todo el espacio. La salida apareció de una forma inesperada. Un día agarré una novela de la biblioteca y la empecé a copiar en un cuaderno. Después otra, y otra, relata. Lo que parecía un simple pasatiempo se transformó en un descubrimiento. Ahí vi mi letra, vi que podía, pero tenía que mejorar, dice. Y entonces tomó una decisión que cambiaría su rumbo. Yo tenía el primario incompleto. Entonces dije: lo voy a terminar, cuenta Alberto. Leé también: Soy atrevida y nací para esto: quién es la abuela Yeyé, un ícono de la moda que es un éxito en las redes Se anotó en una escuela para adultos en Lugano y empezó de nuevo. Norma estuvo ahí desde el primer momento. Ella se anotó en computación para acompañarme, destaca. No fue fácil, sin embargo pasó todas las instancias y se animó a completar la secundaria. Ahí se complicó: pasé de tener dos maestras a tener un profesor detrás de otro, muchas materias, inglés. Había días que me quería ir, todo el primer año me costó mucho. Pero en la escuela me decían no te vayas y me quedé, recuerda. Con esfuerzo, constancia y el apoyo incondicional de docentes y Norma, en seis años completó ambos niveles y se consagró egresado de secundaria. El último examen lo di en diciembre. Vinieron nuestros hijos, hicimos una comida, todo fue muy lindo, asegura, con orgullo. Estudiar por amor Lejos de detenerse, Alberto volvió a empezar otra vez y se anotó en el CBC de la UBA para cursar Podología en la sede de Ciudad Universitaria. Lo hace por un motivo claro. Estudio por ella, dice, mirando a Norma. Tiene diabetes y en los pies de un diabético un mal trabajo puede costarle un dedo. Y como algo entiendo del tema, del cuidado de los pies, quiero estar preparado para cuidarla, asegura. También estudia computación e inglés. La computadora me cuesta, pero voy igual. Hay que insistir, dice. Y en esa insistencia hay algo más profundo: lo becaron para estudiar en un instituto privado, pero las clases son virtuales y no sabe si va a poder afrontar el desafío. No hay edad para nada. Ni para enamorarse, ni para estudiar, afirma Alberto. Antes yo pensaba esto no es para mí. Ahora no. Ahora intento, cuenta. La vida juntos es simple y plena. Comparten todo: la rutina, las salidas, el día a día. Nos divertimos mucho, siempre hay algo para hacer, dice Alberto. Saben que el tiempo es finito, pero no lo viven desde el miedo, sino desde la elección diaria de estar juntos. Y cuando llega el final de la charla, él lo resume en una frase que lo contiene todo: Vamos a estar siempre juntos, hasta el último minuto. Ojalá yo me vaya primero porque si fuera al revés, no lo podría soportar. La voz de Norma Ella escucha, acompaña y, cuando habla, completa la historia. Yo lo conocí por una página. Estaba sola, viuda, un poco depresiva, cuenta. Una amiga la ayudó a anotarse y así empezó todo: Empezamos a chatear y después de tres meses nos conocimos. Me gustó porque tocaba el saxo, soy muy romántica. El encuentro confirmó lo que intuía. Nos vimos en Once y empezamos a salir. Después vino la pandemia y él me dijo si podía venir a casa porque no nos íbamos a poder ver más. Le dije venite, y se quedó, dice. Desde entonces, no se separaron. La verdad que es una gran persona, muy bueno, cariñoso, compañero. No me hace faltar nada. Yo digo que es un enviado de Dios, asegura Norma. Y agrega, sin vueltas: Nos encontramos los dos y nos amamos mucho. Volver a enamorarse no era algo que diera por seguro. Yo quería compañía, alguien que me quiera realmente, y me siento como una elegida porque al final me llegó, cuenta. Hoy, cuando mira su vida, no duda en lo que siente. Nunca es tarde para enamorarse. Siempre hay alguien esperando lo mismo, afirma. Y cuando le piden que le diga algo a Alberto, lo mira y resume todo en un deseo simple, profundo: Que sigamos siempre así, juntos los dos, que Dios nos acompañe.
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