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» La Nacion
Fecha: 16/04/2026 23:02
Por primera vez en mi vida siento ganas de estar viva Juana sufrió un bullying extremo que la llevó a varios intentos de suicidio; tras años de hostigamiento escolar, cuenta cómo logró sanar 16 de abril de 2026 . Por María Ayuso . Fotos Santiago Filipuzzi Cuando la hoja volvió a sus manos, Juana Elizalde la miró en silencio y sintió que algo cedía por dentro. No fue un estallido. Fue una caída interna, silenciosa. La consigna parecía inocente: cada alumno tenía que escribir en una hoja con el nombre de un compañero las cualidades que lo definían. La actividad se llamaba ¿Qué ves cuando me ves? y buscaba ayudarlos a pensar en su futuro laboral. Pero en la hoja con su nombre no había cualidades. Había insultos. Frases burlonas, humillaciones acumuladas durante años. Exactamente 13 comentarios escritos por sus compañeros en un curso de 16 alumnos en total. Uno le quedó grabado para siempre: ¿Por qué no te salió matarte?". Juana tenía 17 años y hacía poco había atravesado uno de los varios intentos de suicidio que marcaron su adolescencia. No dijo nada. Hizo un bollo con la hoja, la guardó en la mochila y terminó la clase en silencio. Al día siguiente, volvió con una carta. Le pidió permiso a la directora, se paró frente a su curso y la leyó delante de sus compañeros, docentes y autoridades. Quiero que sepan cuánto lograron dañar a alguien como para quitarle hasta las ganas de levantarse e ir al aula al otro día. Porque mientras ustedes se divertían, yo la pasaba mal. Después se fue. Nunca volvió a esa escuela. Prepararse para resistir El bullying no había empezado el día de los 13 insultos. Había arrancado mucho antes, casi desde que tiene memoria. Juana pasó por tres colegios. En los dos primeros, cuenta, el hostigamiento fue sostenido y las intervenciones institucionales, prácticamente nulas, nunca lograron detenerlo. Recién en el último al que llegó apenas cuatro meses antes de terminar la secundaria pudo sentirse, por primera vez, tranquila dentro de un aula. En la primaria aprendió que entrar a la escuela implicaba prepararse para resistir. Se burlaban de ella por ser sensible, por abrazar demasiado, por no encajar. La llamaban rara. Su hermana menor tiene autismo y durante los recreos a Juana le gritaban: Autista. Mogólica. Estás más loca que tu hermana. Esa última frase calaba demasiado hondo. Era como la fibra que me causaba más dolor, recuerda. El hostigamiento se volvió permanente: exclusión de salidas, grupos paralelos de WhatsApp donde todo el curso participaba menos ella, silencios que a veces pesaban más que los insultos. Iba a la escuela sabiendo que algo iba a pasar, dice Juana, que ahora tiene 20 años. El impacto fue profundo. El bullying, aclara la joven, no explica por sí solo lo que vino después, pero perforó su autoestima, sus vínculos y su relación con la vida. Durante años convivió con autolesiones, ideas de muerte e intentos de suicidio. La verdad es que los únicos recuerdos que tengo de mi infancia son malos. Y son a partir de los 4 o 5 años, que es cuando empezó el hostigamiento, detalla. ¿Cómo eras antes del bullying? Mi mamá siempre me dice que era una persona muy cálida, muy sonriente, muy sensible. Pero yo no me acuerdo. Así de fuerte marca el bullying. Me pasó algo que también vi en otras personas que fueron hostigadas: te vas apagando. De a poco dejé de sentir alegría y las veces que estaba alegre, me sentía rara. O sea no sé, perdí la alegría, expresa. Mundo interior. Su departamento de Balvanera es un espacio lleno de libros, instrumentos y diarios íntimos; en su brazo izquierdo se tatuó una curita sobre las marcas de las autolesiones y una mantarraya en honor a Emilia, su hermana con autismo, que adora el agua; al día de hoy guarda la carta que escribió para despedirse de su segunda escuela Una violencia extendida En la Argentina no hay cifras nacionales sobre cuántos chicos y chicas son víctimas de bullying. Pero los datos disponibles permiten identificar un fenómeno sin estadísticas oficiales. Un ejemplo: el 43% de las niñas, niños y preadolescentes argentinos identifica la discriminación, el bullying y el ciberbullying como el principal factor que afecta su salud mental, según un informe de Unicef de 2024. Otro: seis de cada 10 alumnos de sexto grado sufrieron agresiones en la escuela o en redes sociales y casi cuatro de cada 10 se sintieron discriminados alguna vez en el ámbito educativo, de acuerdo con datos de las pruebas Aprender analizados por el observatorio de Argentinos por la Educación en un informe de julio de 2025. Detrás de las cifras están las historias de los que sufren. Nazareno Gatali, de 13 años, se suicidó en el pueblo bonaerense de Pellegrini un miércoles frío de 2024, tras ser víctima de un bullying sostenido durante gran parte de su escolaridad. Una niña de 11 fue internada en marzo de este año en Neuquén por riesgo suicida después de meses de hostigamiento sistemático. Otra de 9, en Tucumán, intentó quitarse la vida el año pasado, justo después de una seguidilla de episodios de acoso escolar. Son historias como la de Juana. Psiquiatras infantojuveniles, psicólogos y psicopedagogos coinciden en un punto: a sus consultorios llegan cada vez casos más graves de bullying y a edades más tempranas. También subrayan que, si bien las ideas de muerte y los suicidios se explican por múltiples causas, entre las que la depresión y la angustia aparecen como factores de base, el acoso escolar tiene un fuerte impacto en la salud mental de niñas, niños y adolescentes. Para la psicopedagoga María Zysman, fundadora de Libres de Bullying, uno de los rasgos más alarmantes del bullying es su naturalización en muchas aulas e incluso a nivel familiar. "Lo que veo en muchos chicos es que cualquier cosa vale con tal de pertenecer. Reírse del otro, excluirlo, dañarlo. Muchos adultos terminan resignándose al 'ahora es así'", advierte Zysman, autora de Lo que los chicos callan. Recursos para adultos que quieren intervenir a tiempo. Cuando un grupo detecta un punto vulnerable suele intensificar la agresión. Primero, observa. Después, prueba. Finalmente, ataca donde más duele. Si no se detiene, siempre escala. 0 seconds of 1 minute, 20 secondsVolume 90% Press shift question mark to access a list of keyboard shortcuts Atajos de Teclado Shortcuts Open/Close/ or ? Reproducir/PausaEspaciadora Subir el Volumen Bajar el Volumen Adelantar Retroceder Activar/Ocultar Subtítulosc Pantalla Completa/Salir de la Pantalla Completaf Silenciar/Activar Sonidom Decrease Caption Size- Increase Caption Size+ or = Adelantar %0-9 Buscar desaparecer A los 13 años, Juana tuvo su primer intento de suicidio. Después vinieron otros. Algunos terminaron en internaciones. Es muy fuerte lo que voy a decir advierte. No recuerdo mi vida sin desear morirme. Las señales del dolor aparecieron rápido. Atracones de comida en los recreos para anestesiar la angustia. Miedo antes de entrar al aula. Madrugadas preparándose emocionalmente para soportar la jornada. Había días en que no podía bajarme del auto. Le pedía a mi mamá que nos quedemos charlando cinco minutos más, relata. Cinco minutos para retrasar lo que aparecía como inevitable. Mientras tanto, la escuela sabía. Juana hablaba, pedía ayuda, pasaba horas en oficinas escolares contando lo que ocurría. Siempre fui muy justiciera y me la pasaba hablando con la seño o con la directora. Nunca me dieron bola. O sea, no fue que a mí me faltó contarlo, sino que hubo una falta de la institución: no me dieron lo que yo necesitaba, que era por lo menos apoyo, expresa. ¿Qué te decían? La respuesta aparentaba ser muy empática, como un te creemos, te queremos apoyar. Pero en la práctica no se hacía nada. O se llamaba a reuniones de padres, que era peor. El bullying regresaba al día siguiente. Cada vez más fuerte. Por tu culpa nos retaron, le recriminaban sus compañeros. ¿Cómo te sentías cada día en la escuela? Era una constante sensación de tener que hacer todo para que el otro quiera compartir el recreo con vos, quiera charlar con vos. Un deseo constante de encajar. Cualquier cosa con tal de pertenecer De la mano del avance de las pantallas en la vida de los chicos, aparecen otras modalidades de esta violencia: el llamado bullying encubierto. No hay golpes ni insultos directos. El ataque consiste en invisibilizar. No ser incluido en un grupo de WhatsApp donde están todos, menos uno. El mensaje es vos no existís, resume Zysman. La psicóloga y especialista en violencia entre pares Mónica Toscano, quien desde hace más de dos décadas investiga la dinámica grupal en escuelas, explica que muchos adolescentes están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de pertenecer. El grupo drena su crueldad sobre el más vulnerable, advierte. Las señales que dan las víctimas muchas veces no se reconocen como tales: aislamiento, caída del rendimiento, cambios bruscos de humor, chicos que permanecen solos durante el recreo o se encierran durante horas. Por eso, es clave formar a docentes para que sepan leerlas. Hoy se sabe mucho más sobre bullying que antes, pero muchas veces se minimiza lo que ocurre. Además, las respuestas suelen ser poco coherentes: lo que para un docente es grave, para otro no. Los alumnos perciben estas diferencias y cada vez ocultan más lo que les pasa, porque sienten que hablar puede generar un problema mayor o que no recibirán la ayuda que necesitan, expone Zysman. En otros casos, el obstáculo proviene de las familias. Muchas escuelas saben qué hacer, pero se encuentran con el freno de los padres: no colaboran, discuten las sanciones y reaccionan negativamente ante las medidas institucionales. Hasta que no ocurre algo muy grave o no les toca de cerca, muchas veces no se involucran, detalla. 0 seconds of 24 secondsVolume 90% Press shift question mark to access a list of keyboard shortcuts Atajos de Teclado Shortcuts Open/Close/ or ? Reproducir/PausaEspaciadora Subir el Volumen Bajar el Volumen Adelantar Retroceder Activar/Ocultar Subtítulosc Pantalla Completa/Salir de la Pantalla Completaf Silenciar/Activar Sonidom Decrease Caption Size- Increase Caption Size+ or = Adelantar %0-9 Juana interpreta la canción Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar, de Pez Mis padres hicieron lo que pudieron Juana nació, creció y fue a la escuela en Gualeguay, Entre Ríos. Su papá es abogado. Su mamá tiene un emprendimiento de venta de productos naturales. Su familia estuvo siempre presente. Como exalumno de uno de los colegios donde ella fue hostigada, su papá necesitó tiempo para aceptar que el lugar que él recordaba como feliz podía ser profundamente hostil para su hija. ¿Te hubiese gustado que tus papás hicieran algo diferente? No. Yo creo que hicieron mucho. Mi familia es muy unida y ellos siempre me acompañaron. ¿Cómo era la vida familiar en esos tiempos? Cuando yo era chica la situación era muy difícil porque mi hermana tiene un autismo severo y tenía crisis muy fuertes. Mis padres viajaban mucho para llevarla a médicos y tratamientos. No es que yo no recibía atención, pero la atención que yo necesitaba, ellos no siempre podían dármela porque estaban muy ocupados tratando de ayudar a mi hermana. ¿Hablabas en familia lo que estabas viviendo? Yo contaba lo que me pasaba en la escuela y mi mamá iba a hablar, pero la institución no hacía nada. Quizás mis papás tampoco llegaban a dimensionar lo que me estaba pasando o pensaban que se iba a revertir. ¿Cuándo tomaron dimensión? A los 13 o 14 años tuve mi primer intento de suicidio y ahí empezaron a poner mucho más foco en mí porque se dieron cuenta de la gravedad de lo que me estaba pasando. Siempre me habían visto como una chica fuerte, muy madura, que podía con todo: con lo que pasaba en casa, con mi hermana, con la escuela. Pero en realidad yo estaba muy mal. Un lugar seguro Durante años, la música fue el único lugar seguro de Juana. Desde chica, empezó a ir a una escuela de música de su pueblo, donde hizo grandes amigos que mantiene hasta hoy. Allí no era la chica rara ni la excluida. Su talento se volvió rápidamente visible, la voz intensa y precisa que atraviesa el cuerpo de quien la escucha. La facilidad para los instrumentos: cello, violín, guitarra criolla, guitarra eléctrica, ukelele y piano. Pero incluso ese refugio fue atacado. En un campamento me tocó compartir carpa con cuatro de mis hostigadores y me rompieron la guitarra. Era lo único que había llevado que me conectaba con lo que más me gustaba, recuerda. Y encima no podía faltar porque me desaprobaban, suma. Tenía 12 años. Hoy, en su departamento de Balvanera luminoso y ordenado hasta el detalle conviven instrumentos, cuadernos que viene escribiendo desde chica y una biblioteca atravesada por la poesía (género que ella también escribe). Storni. García Lorca. Borges. Baudelaire. Las flores del mal es su libro favorito. Una carroña, su poema de cabecera. En las paredes cuelgan dibujos que hizo un tío al que adoraba. Juana se sienta en el piano y toca Exit music, de Radiohead. Después agarra la guitarra y comparte una letra de su autoría. Es sobre el bullying. Habla de un despertador que suena y todo lo que sobreviene a la hora de ir a la escuela. Cuando canta, el mundo se detiene. ¿Qué le dirías a un chico que sufre bullying? Que hable todo lo que tenga que hablar, hasta cansarse. Que nunca se quede callado. A mí en el último tiempo me empezó a pasar eso: me fui quedando cada vez más callada. Y cuando nadie te dice nada, cuando ni siquiera tenés una palabra de aliento, te sentís completamente sola. El límite El episodio de la hoja con los 13 insultos marcó un quiebre definitivo. Hasta acá llegamos, le dijo su mamá al día siguiente, un viernes, cuando Juana le contó lo que había pasado. Esa noche Juana escribió la carta. No quería volver a irse en silencio, como lo había hecho de la primera escuela. Cuando terminó de leer la carta, nadie dijo nada. Ni los docentes, ni los directores, ni los alumnos. El aula quedó en pausa. Solo dos compañeras Cami y Mili, que siguen siendo sus amigas hasta hoy se levantaron y la aplaudieron. Al lunes siguiente Juana estaba en otro colegio, donde cursó los últimos cuatro meses del secundario en Gualeguay. Por primera vez, pudo estar en clase tranquila. Recién ahí apareció algo nuevo: la posibilidad de sentirse bien, de ser mirada, de estar en un lugar donde no hacía falta resistir todos los días. La carta fue el final de un proceso. La primaria había transcurrido en un primer colegio donde la violencia empezó de a poco y fue creciendo sin que nadie interviniera. Se fue sin hacer ruido, sin despedidas, sin explicaciones. En silencio. Como si irse fuera la única manera de terminar con algo que nadie quería ver. Ese segundo colegio no fue distinto. Volvió a intentarlo, volvió a adaptarse, volvió a esperar que algo cambiara. Pero las situaciones se repitieron y, otra vez, los adultos no lograron o no supieron, o no quisieron leer lo que estaba pasando. No hubo acciones concretas, ni acompañamiento real. La sensación era la misma: estar sola dentro de un problema que excedía lo escolar. Lo que queda El bullying terminó, pero sus efectos no desaparecieron. Hace dos años, antes de comenzar la facultad, el hecho de enfrentarse nuevamente a un grupo disparó en Juana una crisis profunda y un nuevo intento de suicidio. Tuvo que postergar sus estudios. Hoy volvió a intentarlo. Hace pocas semanas empezó a estudiar concertista de violín en el Conservatorio Manuel de Falla, en la ciudad de Buenos Aires. Está feliz. En su brazo izquierdo lleva tatuada una pequeña curita atravesada por una tecla musical, justo sobre las cicatrices de antiguas autolesiones: una marca íntima de cierre. Me lo hice hace unos meses, cuando decidí no cortarme más, cuenta. En una sesión reciente con su psiquiatra, le dijo algo que nunca antes había podido: ¿Sabés qué? Creo que por primera vez en mi vida siento ganas de estar viva. Y lo estoy disfrutando. Lo dijo con cuidado. Y con miedo. Como quien aprende un idioma nuevo. La música. Su familia. Amigos. Terapia. Esas fueron las claves. A veces miro la carta y es una forma de recordarme que yo no soy nada de lo que está ahí, expresa. Hoy sabe algo que durante años le resultó imposible creer: que la historia no terminó en esa aula. Que la chica que guardó esa hoja llena de insultos también podía convertirse en alguien que vuelve a imaginar el futuro. En una chica que, después de una vida entera intentando sobrevivir, recién ahora empieza a aprender algo distinto: vivir. Hablemos de Todo Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION enfocada en la salud mental de niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas concretas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas para acompañar y cuidar su bienestar y desarrollo. Créditos - Edición periodística Javier Drovetto @JavierDrovetto - Edición fotográfica Aníbal Greco @anibalgreco - Producción de videos Santiago Filipuzzi /Iván Alemán /Pablo De Simone - Edición de video Corina Blanc /Inés Pujana - Edición visual Andrea Platón Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados
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