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Fecha: 16/04/2026 15:15
A principios de este año, escribí sobre los perros con talento inusual. Aunque muchos perros pueden dominar instrucciones básicas, estos animales habían acumulado vocabularios enormes y aprendido los nombres de cientos de juguetes. Se trataba, decía el artículo, de una habilidad poco común en el reino canino; en años de búsqueda por todo el mundo, los científicos habían identificado muy pocos de estos "aprendices de palabras superdotados". Sin embargo, en cuanto se publicó el artículo, empecé a recibir mensajes de lectores que decían que sus perros también eran prodigios lingüísticos. Y aunque efectivamente algunos de los perros daban la impresión de ser superdotados, parecía estadísticamente improbable que todos lo fueran. Muchos parecían perros perfectamente normales, que habían aprendido a reconocer un puñado de palabras que les importaban, como "paseo" o "cena". A medida que llegaban los correos electrónicos, empecé a preguntarme si estaría presenciando una versión canina del efecto "mejor que el promedio", un sesgo cognitivo en el que la gente tiende a sobrestimar sus propias capacidades y las de sus seres queridos, en relación con las de otras personas. (También se conoce a veces como efecto Lake Wobegon, llamado así por el pueblo ficticio del programa radial de Garrison Keillor donde "todos los niños están por encima del promedio"). No sería sorprendente que el mismo prejuicio se extendiera a nuestros perros, dado que muchos de nosotros consideramos a nuestras mascotas miembros de pleno derecho de la familia. Pero es un cambio notable con respecto a hace solo unas décadas, cuando incluso los científicos consideraban que las mentes de los perros eran demasiado simples para ser sujetos de estudio interesantes. Esa suposición resultó ser asombrosamente errónea, por supuesto. Las investigaciones revelan ahora que los perros son capaces de todo tipo de hazañas cognitivas sofisticadas. Destacan en la interpretación de señales sociales humanas, como los gestos al indicar y la dirección de la mirada, por ejemplo, y son capaces de hacer inferencias lógicas sobre el mundo. Parecen entender de manera básica la permanencia de los objetos, es decir, que los objetos no desaparecen cuando se pierden de vista. También pueden poseer una teoría rudimentaria de la mente: la conciencia de que otros individuos pueden tener perspectivas y conocimientos distintos de los suyos. Aunque es imposible hacer comparaciones directas entre la inteligencia general de los perros y la de los niños (los niños pequeños pueden hacer muchas cosas que los perros no, y viceversa), los científicos han observado que algunas habilidades cognitivas caninas sitúan a los perros aproximadamente al mismo nivel que los niños de entre 1 y 3 años. Este mensaje se ha difundido, y ha cobrado vida propia. En un estudio de 2013, por ejemplo, casi la mitad de un grupo de propietarios de perros calificaron las capacidades mentales de los perros como equivalentes a las de los niños de 3 a 5 años. Más del 20 por ciento de los encuestados calificaron a los perros incluso más alto; más del 5 por ciento afirmaron que los perros tenían capacidades mentales equivalentes a las de alguien de por lo menos 16 años. Curiosamente, los investigadores descubrieron que las personas que se sentían más cercanas emocionalmente a sus perros tendían a dar puntuaciones más altas a las capacidades cognitivas de todos los perros. Un puñado de pequeños estudios indica también que la gente tiende a valorar a sus propios perros más favorablemente que al perro "promedio" en una serie de rasgos positivos, como la lealtad, la amabilidad y la inteligencia. En una encuesta de YouGov de 2025, dos tercios de los propietarios de perros dijeron que sus animales eran más inteligentes que el perro promedio. Solo un 6 por ciento calificó a sus perros como poseedores de una inteligencia inferior al promedio. Estadísticamente hablando, por supuesto, muchos de nosotros hemos de estar compartiendo nuestras vidas con perros que se sitúan en el extremo más lento del espectro. Tengo el placer de ser una de esas personas. Si tuviera ovejas que pastorear, querría tener un perro inteligentísimo. Pero no las tengo, y no lo tengo. Y la inteligencia me parece un rasgo sobrevalorado para una mascota familiar. Las mascotas inteligentes pueden ser enormemente desafiantes, y tienden a requerir muchas actividades enriquecedoras y a aburrirse (y, a veces, a volverse destructivas) cuando no las obtienen. Tomemos como ejemplo a mi gata Juniper. (¡Por favor!). Es la más inteligente de mis tres mascotas y también, sin duda, la más exigente. Resuelve los rompecabezas de comida tan rápido que solo le proporcionan una breve distracción, y tenemos que cambiarle los juguetes con una frecuencia frustrante. Mi esposo y yo tratamos constantemente de satisfacer su necesidad de novedad, y para ello reorganizamos nuestros muebles en fortalezas felinas ad hoc y la llevamos de un lado a otro del apartamento mientras la sostenemos en diferentes ángulos y alturas. (Al parecer, le encanta estar de cabeza). Y cuando, inevitablemente, se aburre, abre los cajones, hace jirones el papel higiénico y empuja los platos de la encimera de la cocina. Plácido en el otro extremo del espectro está Watson, nuestro perro, quien nunca ha mostrado ningún don cognitivo especial. Parece desconcertado si alguien señala; cuando se nos cae la comida al suelo, a menudo tenemos que acompañarlo personalmente hasta ella. Y aunque mantenemos el mismo horario diario desde hace una década, no siempre parece entenderlo bien. ¿Instrucciones? Antes sabía sentarse. O algo así. Hoy en día, su vocabulario no va mucho más allá de "premio". Pero ¿sería necesario? Quizá los perros que aprenden palabras nos impresionan porque el tamaño del vocabulario es un rasgo que se corresponde perfectamente con la inteligencia humana. Sin embargo, hay muchas formas de ser inteligente, y el aprendizaje de palabras probablemente no sea la habilidad más relevante para la mayoría de los perros. Al fin y al cabo, Watson parece tener todas las habilidades que necesita para prosperar en su nicho ecológico altamente especializado. Es capaz de identificar con el olfato la comida para perros en una pila de paquetes idénticos de Amazon y está muy acostumbrado a los sonidos de los aparatos de cocina modernos. (Tardó unos dos días en aprender a reconocer el pitido revelador de la freidora de aire). Sabe que cuando me quito los pantalones deportivos es que me estoy preparando para salir del apartamento, y que si también me dirijo hacia el armario donde guardamos su caja de viaje, significa que viene conmigo. Y es, si me lo permites, un experto absoluto en cuanto a la comida callejera. (Una corteza de pizza abandonada tiembla cuando lo ve venir). Y lo que es más importante, Watson es todo lo que podríamos desear en un perro: dulce, amable, bobo, cariñoso. No necesito que me ayude con el crucigrama, solo quiero que se acurruque a mi lado mientras lo resuelvo. Y eso se le da de maravilla. Sin duda, lo que hace que los perros sean excepcionales es su capacidad para forjar estas relaciones con nosotros, unos lazos tan fuertes que, de algún modo, todos estamos convencidos de que nuestros propios compañeros caninos lideran la manada colectiva. Puede que Watson no distinga su juguete de erizo de su tortuga de peluche, pero es por mucho --y lo digo con toda objetividad periodística-- el mejor. Emily Anthes es reportera científica y escribe principalmente sobre ciencia y salud animal. También cubrió la pandemia de coronavirus.
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