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  • Mercedes Carreras y su nueva ocupación a los 85: las fascinantes memorias de la reina de belleza de los 50 que fue "embajadora" en Moscú

    » Clarin

    Fecha: 16/04/2026 09:34

    Hace medio siglo, mucho antes de que Marley ingiriera en cámara tarántulas y alacranes con salsa, Mercedes Carreras prestaba su cuerpo horas para que le caminaran arácnidos, víboras kilométricas, ratas de laboratorio. Ese acto de valentía filmado (en la película Las locas, dirigida por su marido Enrique Carreras) le valió una ovación en Moscú y el premio a mejor actriz del festival soviético. Lo recuerda ahora, a los 85, y se le despierta el mismo escalofrío, mientras se acaricia esa piel que nunca fue alcanzada por un lifting. "Nunca quise operarme. ¿Para qué?", pregunta como envuelta en los filtros naturales de las luces del Café de los angelitos, sentada ahí mismo por donde se paseó Gardel. Los que pasan por al lado se sorprenden con esas facciones no modificadas por un bisturí, ni por el bótox. Se pasó la vida aclarando que el apellido Carreras era propio, no un préstamo de su marido. Carreras de Carreras, reina de belleza en Carlos Paz 1956 frente a candidatas de Bell Ville, Bialet Massé y otros puntos cordobeses, se ríe de aquel punto de quiebre que la trajo a Buenos Aires y la depositó en la gran pantalla argentina. Tenía 16 cuando le colocaron la corona y obtuvo como premio un contrato para participar en el cine. En el jurado de ese certamen estaba Don Enrique Carreras, de entonces 31, que noviaba con la rumbera Amelita Vargas, pero que quedó flechado por la Merceditas. -Hace 30 años que sos viuda. ¿No se te cruzó la idea de volver a tener pareja? ¿No te volviste a enamorar? -Nunca. Creo que como viví el amor de tan joven y lo viví intensamente, no necesité más. Y tengo una familia hermosa, cuatro hijos, once nietos, tres bisnietos. -Seguís trabajando a los 85. Escribís, tenés obras por estrenar. ¿La clave de esa juventud está ligada a toda esa red familiar que te contiene? -Sí. Me han regalado un viaje. Así que me voy a celebrar los 85 con una de mis nietas, Carolina, a Egipto. Voy a cumplir un sueño a esta altura. Me siento muy activa, vengo de "Vidas paralelas, el mundo de Victoria Ocampo", que escribí y dirigí en Villa Victoria, Mar del Plata. Amo investigar, chequear, buscar y e escribir. Me gusta trabajar, lo he hecho con cuatro hijos, salía a recorrer el país. La realidad es que fui una privilegiada porque los cuidaba mi suegra española, que había sido actriz y me entendía. Yo ni sentía culpa, la siento ahora que me autoanalizo. En ese momento, imaginate, irme con mi marido en gira era también disfrutar solos de la pareja. Alguien se acerca y murmura "Gaby, Fofó, Miliki"... Una generación no puede separar a Carreras de ese cine naif de colores saturados y payasos (Había una vez un circo). Otros, en cambio, la emparentan al instante con esas historias blancas con Luis Sandrini y Palito Ortega, como La familia hippie. Tapas coloreadas de Radiolandia, grandes trabajos junto a Tita Merello, Osvaldo Miranda, Juan Carlos Altavista, Hugo del Carril, Libertad Lamarque, contratos en Broadway para las colonias argentinas, críticas despiadadas y de las otras, bancarrota. La mujer nacida en Pergamino que a los siete años se mudó a Comodoro Rivadavia atravesó cada ondulación del camino con templanza. Hija de un empleado de correo y una ama de casa, se enorgullece de esos traslados laborales de su padre que la obligaron a cambiar de geografía y forjar su carácter. "Cuando nos fuimos a vivir a Córdoba, con 11 años yo, mis padres me mandaron a estudiar danzas. Tuve la suerte de que la maestra de baile fuera la enorme Sarita Montenegro, que había sido bailarina del ballet de Joaquín Pérez Fernández. No fui a la universidad pero hice un secundario muy sólido con inglés y francés", cuenta. "Si mi padre hubiera dicho a mis 16 'usted no va ese concurso', nada de todo lo que vino después habría ocurrido". -¿Qué recordás de aquel certamen de belleza de hace 70 años? -Yo soy un dinosaurio vivo. Eso se realizaba en el Hotel Castell, primer hotel de gran lujo en Carlos Paz. Hacían una fiesta y había representantes de todas partes de Córdoba. Mi mamá me hizo un vestido como de organza. Había una que era más linda que yo, no recuerdo si era de Cosquín, pero yo era pizcueta, siempre pisé fuerte. Dijeron: ganadora María Mercedes Carreras. A lo mejor hizo gracia porque yo soy Carreras y él, que era jurado, era Carreras. Alguno habrá dicho "hubo acomodo". El premio era un contrato cinematográfico y yo mandaba cartitas para que me cumplieran el contrato. -Lo cumplieron... -Sí, el cine era el de los grandes estudios. Mi marido había empezado como publicista y después, para época de mi primera película, eran tiempos de Vittorio de Sica que recién sacaba las cámaras a la calle. Mi marido también saca las cámaras a la calle. Todo era experimentación. El maquillador ni sabía cómo maquillar para el color. Y hago mi primera película, Mi primer beso. Para la segunda película, la mamá de Adrianita, una actriz que actuaba desde niña, le ofrece a mis padres que estaban en Córdoba que yo me quedara a vivir en su casa en Barrio Norte. Llegamos a comer con Manuel Mujica Lainez. Todo era irreal para mí, una chica de provincia. -¿Y cómo empezás a salir con Enrique? -Nos enamoramos, pero llega un chimento a la casa de Adrianita: que yo le había quitado el novio a Amelita. Se noviaba en la puerta y un día lo agarro a Enrique en la puerta de Aguero y le digo: "Yo no lo quito novio a nadie. Termino la película Mientras haya un circo y me vuelvo a Carlos Paz". Me pidió que no me fuera. Me casé a los 18 en Córdoba, luna de miel en Mendoza, donde probé por primera vez el vino blanco. -¿Pensaste en cambiarte el apellido para no generar confusiones? -No. Era muy cocorita. Tenía en claro que no me lo iba a cambiar. ¡Son tantos recuerdos! ¡Y antes tenía tanto valor la opinión de los diarios! -Por momentos la crítica era cruel con ustedes. ¿Cómo tomaban eso? -Nos quedábamos en las calles de los cines después del estreno hasta la salida de los diarios para ver los palos que nos daban. Sufríamos, pero también había muy buenos comentarios. Enrique tenía una cosa populachera, sí. Pero cuando hicimos Las locas, lo de Moscú fue maravilloso. Porque alguno tal vez pensaba "esta trabaja porque el marido la convoca". Te cuestionaban por ser la mujer del director y de repente tenés la oportunidad de hacer con el alma el papel de tu vida y te ovacionen. No pensé en la fobia de que me soltaran bichas en el rodaje... Para prepararme fui hasta el Melchor Romero (complejo de salud mental y penitenciario). -¿Y cómo fue esa época dura en la que tuviste que desprenderte del teatro que era de la familia? -Fue difícil. El teatro estaba inmerso en propiedad horizontal. O sea, esas trampas que no notás cuando vos comprás. Enrique siempre quiso tener un teatro y un día viene Rodolfo Onetto, que era un actor chileno, y le habla del que era primitivamente el Odeón, donde cantó Gardel. Compramos, pero teníamos que pagar expensas como si compraras un departamento de 800 metros cuadrados. Cuando estás en la cresta de la ola y filmás las películas, todo bárbaro. Pero... -¿Pero? -En un momento no lo pudimos mantener y lo tuvimos que vender. Nosotros sabíamos de trabajar, no de invertir. Aprendí a desprenderme y ¿sabés qué? me siento orgullosa porque le dimos posibilidad a figuras populares. Nosotros trabajábamos para lo popular. En ese teatro cantó Alberto Castillo en una revista. La enfermera de Tita Merello Acaba de ser premiada con el Estrella de Mar por su trayectoria y ya planea una nueva investigación biográfica, al estilo de la de Victoria Ocampo. Hace unos años, hurgó y hurgó en hemerotecas y bibliotecas y se despachó con la obra Las mujeres del che, una perspectiva poco abordada de la figura de Ernesto desde la óptica de madres, enfermeras, docentes, amantes. Madre de María, Victoria, Marisa y Enrique, gran cocinera -su especialidad, la paella y la empanada gallega-, Carreras no puede dejar de citar insistentemente a Tita Merello, la gran amiga de la familia que a los 91 se dejó filmar por Victoria (lo que años después dio paso al documental Merello por Carreras). -¿Es cierto que en algún momento llegaste a ser su enfermera? -(Se ríe). Me llamaba a las ocho y media de la noche: 'Nena, vení a tomarme la presión'. Yo iba a Santa Fe y Rodríguez Peña, ella Peña. Ella tenía al farmacéutico amigo de la esquina, pero me quería a mí. Ya en Favaloro la acompañé mucho, recuerdo su pelo largo gris hermoso, la habitación que le habían acondicionado como si fuera su casa y las visitas de Julio Mahárbiz y Juan Carlos Calabró. ¿Sabés por qué fue mi maestra de vida? -¿Por qué? -Cuando ella hacía teatro los lunes en Villa Gesell, pedía que yo la fuera a buscar desde Mar del Plata. Era mi día descanso y en esos viajes me hablaba. No importa si eran anécdotas inventadas o no, ella me abrió el cerebro. A veces me decía: 'Quiero salir a caminar'. En hora pico en Mar del Plata. ¿Sabés para qué? Para que la gente la parara en la calle, se alimentaba de eso. -Y vos: ¿Necesitás eso? ¿Soñás con un gran papel que corone tu carrera? -Ya no. Tal vez en teatro, pero en cine la lógica es que los nuevos realizadores trabajen con las actrices. Hoy soy una mujer ubicada: me sé ubicar en tiempo y lugar. Mi tiempo para interpretar ya fue. Pero mi tiempo para escribir es hoy. Sobre la firma Newsletter Clarín

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