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Fecha: 16/04/2026 09:24
El azúcar y las harinas refinadas están mucho más presentes en la vida cotidiana de lo que suele creerse. No aparecen solo en golosinas, facturas o gaseosas. También se esconden en cereales de desayuno, yogures saborizados, galletitas, aderezos, panes industriales, snacks y una larga lista de productos ultraprocesados que se consumen casi sin pensarlo. El problema no pasa por un alimento aislado ni por una comida puntual. La preocupación empieza cuando este tipo de productos se vuelve la base de la alimentación diaria y desplaza a opciones con más fibra, mejor saciedad y menor impacto glucémico. Ahí es donde se empieza a armar un escenario favorable para el aumento de peso, la resistencia a la insulina y, con el tiempo, la diabetes tipo 2. La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar los azúcares libres a menos del 10 % de la ingesta calórica diaria y señala que bajar ese consumo por debajo del 5 % puede aportar beneficios adicionales. También remarca que una alimentación saludable debe priorizar verduras, frutas, legumbres y granos enteros. Qué pasa en el cuerpo cuando sobran azúcares y harinas refinadas Los azúcares agregados y las harinas refinadas se absorben rápido. Eso hace que la glucosa suba con facilidad y que el organismo responda liberando más insulina para intentar normalizarla. Cuando este mecanismo se repite una y otra vez, el cuerpo puede empezar a responder peor a esa hormona. Ese proceso se conoce como resistencia a la insulina. Desde afuera, muchas veces se traduce en señales que se confunden con algo normal: hambre poco tiempo después de comer, antojos frecuentes, cansancio, somnolencia después de ciertas comidas, acumulación de grasa abdominal o dificultad para bajar de peso. En otros casos, el problema avanza en silencio durante años. Por eso no alcanza con mirar solo las calorías. También importa la calidad de lo que se come. Un desayuno basado en productos dulces, harinas blancas y bebidas azucaradas no genera la misma respuesta metabólica que uno con proteínas, fibra y carbohidratos menos procesados. En ese punto, la obesidad y la diabetes comparten un mismo terreno. El exceso sostenido de productos de baja calidad nutricional favorece una dinámica de subidas y bajadas rápidas de glucosa que puede estimular más apetito, más picoteo y menor saciedad. Con el tiempo, eso hace más difícil sostener un peso saludable. Por qué no todos los carbohidratos son iguales Uno de los errores más frecuentes es meter en la misma bolsa a todos los hidratos de carbono. No es lo mismo comer legumbres, avena, frutas enteras, verduras o pan integral que basar la alimentación en panificados industriales, galletitas, golosinas o bebidas azucaradas. La diferencia está en la velocidad de absorción, en el contenido de fibra y en el efecto que generan sobre la glucemia. Los alimentos integrales y menos procesados suelen absorberse de manera más lenta, aportan más saciedad y ayudan a evitar picos bruscos. La propia OMS actualizó su guía sobre carbohidratos y recomienda que provengan principalmente de granos enteros, verduras, frutas y legumbres. Lee también: Cómo prevenir, detectar y controlar la diabetes Además, la evidencia científica viene mostrando que elegir mejor los granos también puede influir en la prevención. Un estudio publicado en The BMJ encontró que un mayor consumo de alimentos integrales se asocia con un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Eso no significa que haya alimentos milagrosos, sino que el patrón general importa. Cuando predominan los productos refinados, el cuerpo recibe energía rápida pero poca saciedad y escaso valor nutricional. Cuando se priorizan alimentos reales y con fibra, la respuesta metabólica suele ser más estable. Cómo bajar el exceso sin entrar en extremos En la práctica, uno de los desafíos más grandes es que el exceso no siempre se nota. Muchas personas creen que consumen poca azúcar porque no le agregan al café, pero después suman varias porciones a lo largo del día en yogures, galletitas, barritas, cereales, bebidas, postres o salsas. Por eso, más que prohibir, conviene ordenar. - El primer paso suele ser revisar qué productos ultraprocesados se consumen con más frecuencia. - El segundo, empezar a reemplazar: bebidas azucaradas por agua o infusiones sin azúcar, cereales de desayuno por avena, panificados industriales por opciones integrales, colaciones dulces por frutas o frutos secos, y postres de consumo diario por alternativas más ocasionales. También ayuda armar comidas más completas. Cuando hay proteínas, fibra y grasas de buena calidad, la saciedad mejora y se reduce la chance de caer en el círculo de hambre, antojo y picoteo permanente. La prevención de la diabetes no empieza cuando aparece un diagnóstico. Empieza antes, en la repetición de hábitos cotidianos. La OMS advierte que la diabetes afecta a cientos de millones de personas en el mundo y que su carga global sigue creciendo. En ese contexto, bajar el exceso de azúcar y harinas refinadas no es una moda: es una medida concreta para cuidar el metabolismo, el peso y la salud a largo plazo. (*) La Dra. Susana Fuentes (M.N. 92.619) es especialista en clínica médica y diabetología. Magister en Diabetes. Integra el Equipo de Cirugía Bariátrica y Metabólica del Hospital El Cruce de alta complejidad.
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