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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 16/04/2026 04:13
Pareció un descuido, un olvido, pero fue una estrategia fríamente calculada. En la tapa que llegó a las disquerías no había casi nada escrito: ni el nombre de la banda, ni el nombre del álbum. Tan solo la leyenda Decca, el nombre de la discográfica que editaba la pieza. Y la foto de cinco jóvenes a los que la luz les iluminaba la cara de forma dispar, un poco de brillo y otro poco de sombra. Cinco jóvenes que miraban al lente de la cámara con un gesto desafiante y con ropa que no se repetía entre ellos: no estaban uniformados. El disco de portada misteriosa llegó a las disquerías del Reino Unido el 16 de abril de 1964, hace exactamente 62 años. Y la falta de información de la tapa era una decisión: querían generar intriga, ser descubiertos. Eran los Rolling Stones y acababan de sacar su álbum debut, que se llama como ellos, The Rolling Stones. Lograron el objetivo: el disco, una obra construida al calor del blues y el rhythm and blues que sonaba en los Estados Unidos, se tomó el atrevimiento de desbancar a los Beatles de una hegemonía de 50 semanas en el primer puesto de ventas en Londres. Así, pegando una patada en la puerta de la industria musical, desembarcaron los Stones en las bateas. Ese disco sería el primero de la larguísima producción de una banda que lleva más de sesenta años en la ruta -y que siempre ilusiona a los argentinos con una posible nueva visita-. Chicos malos Los que miraban desafiantes eran Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Brian Jones y Bill Wyman, la formación casi completa con la que los Stones publicaron su primer disco. Había un integrante más en ese momento, Ian Stewart. Era pianista y había sido parte de la línea fundadora de la banda. Pero, aunque grabó en el álbum, el manager de la banda, el entonces desconocido Andrew Loog Oldham, decidió que su aspecto físico no se alineaba con los demás integrantes y que, entonces, era mejor que no saliera en la foto. Pero aunque la salida de ese primer disco fue exitosísima, los Stones ya venían agitando la escena londinense desde el año anterior. Elongaban su despliegue escénico en algunos de los clubes nocturnos más importantes de la capital británica, como el Marquee y el Crawdaddy Club. Eran cada vez más afilados en su sonido y más salvajes en su presencia sobre el escenario. Algunas noches tocaban para treinta personas; otras, ya con el rumor sobre su talento desplegado de boca en boca, juntaban cientos de espectadores. El blues era el sonido que más los caracterizaba. En sus presentaciones, tocaban durante sesiones maratónicas que estaban gobernadas por ese sonido que había conquistado los corazones de Jagger y Richards y que los había puesto a hacer música juntos. Empezaban a tener éxito entre los jóvenes que querían un sonido más crudo que el pop que gobernaba la escena, con los Beatles a la cabeza. La competencia con los Beatles Andrew Loog Oldham fue el cerebro detrás de esa tapa porque fue quien supo antes que nadie que los Stones debían presentarse como algo bien distinto a los Beatles. Prácticamente ser su antítesis. Era una manera de buscarse como rival a la banda más exitosa del planeta, subirse al ring ante un contrincante gigante. Una forma de decirle al mundo que esa banda que empezaba a despuntar estaba a la altura del versus con los cuatro chicos de Liverpool que, Beatlemanía mediante, enloquecían al mundo entero. Oldham tenía apenas 19 años, pero había trabajado muy cerca de Brian Epstein, el manager de los Beatles, así que tenía de dónde aprender. Decidió, entre otras cosas, que los Stones parecieran menos uniformados entre sí, más rebeldes, más desprolijos. Aunque esa desprolijidad estuviera milimétricamente medida. Era la forma de convertirlos en chicos malos, algo que pusieron concretamente en escena al momento de presentarse en la BBC, donde se negaron a vestirse todos iguales. Después de esa sesión, la prensa criticó especialmente a Jagger por sus movimientos explícitamente sexuales y por su estilo de canto demasiado negro. Las críticas fueron duras, pero también una forma de darse a conocer, incluso en los círculos más alejados de su música. Y mientras tanto, el disco que acababa de lanzarse se vendía a la velocidad de los grandes éxitos. Sólo en la primera semana, se vendieron 100.000 copias en Reino Unido. Eso catapultó de forma meteórica a los Stones a la cima de los rankings, donde permanecieron por doce semanas. El sonido rústico de los primeros años The Rolling Stones, el álbum que inauguró la discografía, se grabó en medio de una precariedad que acompañó el sonido rústico y crudo que impulsaba la banda. Apenas tuvieron cinco sesiones para terminarlo, entre enero y febrero de 1964. Fue en el corazón del Soho londinense, en Regent Sound Studios. El aislamiento de sonido en la sala donde grabaron estaba improvisado con cartones de huevos adheridos a las paredes, y había tan poco dinero para la grabación que no había ninguna chance de sumar alguna toma extra de lo que hubiera salido no tan bien. Bajo esas condiciones primitivas era fácil hacer el tipo de sonido que obtuvimos, pero difícil hacer uno mucho mejor, diría Keith Richards años más tarde. Pudieron grabar a través de una tecnología de sólo dos canales, es decir que es un disco con sonido mono. Pero ninguna de esas limitaciones iba a ponerles un freno. El álbum está hecho, sobre todo, de covers de algunos de los artistas más admirados por la banda, especialmente por Jagger y Richards. Allí hay canciones que suenan al Chicago blusero. Canciones hechas por artistas como Willie Dixon, Chuck Berry y Slim Harpo, entre las que se cuentan clásicos como Carol y Route 66. En medio de esas reversiones, el vocalista y el guitarrista principal se animaron a sumar su composición original, Tell me (Youre coming back). Además, hay otras dos canciones firmadas por Nanker Phelge, un seudónimo que la banda usaba cuando se trataba de una composición bien colectiva. Son Little by little y Now Ive got a witness. Detrás de las ideas de Nanker Phelge, a veces estaban incluso Oldham y también Ian Stewart, el pianista y tecladista que no estuvo en la portada del disco. El álbum fue editado por Decca, la discográfica que les había dicho a los Beatles que no los ficharían porque no querían otra banda de guitarras. Después de ese error garrafal, la empresa no estaba dispuesta a dejar pasar otro diamante en bruto, así que se ocupó del disco de los Stones y el éxito inmediato devolvió las inversiones de todos los involucrados, aunque no subsanó el yerro histórico de perderse a la banda de Liverpool. Cuando el disco se editó en Estados Unidos, le cambiaron el nombre, que pasó a ser Englands Newest Hit Makers. Era una forma de decir que los Stones eran el último gran suceso de la música inglesa, esa apuesta que había hecho la banda -y también su manager- desde que empezaron a pergeñar su disco debut. No se equivocaron con la apuesta: se subieron al ring y se convirtieron en la banda de rock más importante de la historia de la música. El tiempo demostraría que había lugar suficiente para coronarlos a ellos sin destronar a los Beatles.
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