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  • Lideró una mítica banda de los 80, marcó para siempre a los que lo vieron y a los que tocaron con él y murió trágicamente a los 30 años

    » La Nacion

    Fecha: 15/04/2026 18:09

    Lideró una mítica banda de los 80, marcó para siempre a los que lo vieron y a los que tocaron con él y murió trágicamente a los 30 años Nunca le gustó tocar para la gente: varias veces, en el escenario, se ponía de espaldas al público con su guitarra. Esquivo y de pocas palabras, Hernán Darwin Reyna sentía la música como algo más personal, íntimo. Sus amigos sabían que no deseaba que se convirtiera en un sustento económico y, menos aún, quería ser famoso. No le gustaba el estrellato ni ser el principal protagonista de su banda. Era tímido, pero con mucho sentido del humor. Era cariñoso, pero enigmático, huidizo. No tenía un manager ni productor. El Corte tocaba en teatros y centros culturales, no en pubs ni en bares. No querían que sus canciones sonaran en las radios e, incluso, iban personalmente a los programas para impedirlo. Me impactó la música de El Corte, en los 80, especialmente la voz y la lírica de Hernán Reyna. A partir de ahí quise saber más porque me llamaba la atención que hubiera sacado dos discos tan buenos y hubiera desaparecido como lo hizo, dice el periodista, músico y director de la revista Rolling Stone en su edición Argentina, Daniel Flores, coautor junto a Martín Wain del documental El camino contrario, que se estrenará en el Bafici este sábado 18, a las 23, en Cinépolis Plaza Houssay, con entradas agotadas. Tendrá una segunda función en el festival de cine el jueves 23, a las 17, en Cinépolis Recoleta, Sala 3. Aún quedan entradas y se pueden adquirir en entradasba.buenosaires.gob.ar. Sin ir más lejos, así es como el grupo de postpunk y también de rock psicodélico y gótico, uno de los secretos mejores guardados de la música popular argentina, había llamado a su segundo disco: El camino contrario, grabado en 1987. Sus integrantes coinciden en el documental que se escuchó más luminoso, ordenado y rockero que su primer lanzamiento, El Corte, grabado un año antes en una larga noche fría e invernal en una usina gigante de Segba, por entonces la empresa pública de electricidad de Buenos Aires. El grupo, formado por Javier Calamaro (voz, batería, teclados y guitarra), Hernán Darwin Reyna (guitarras y voz), Federico Oldemburg (teclados), Pablo Martín (bajo) y Leonardo Ramella (batería y teclados) se había creado en 1986, y tras esos dos discos y una serie de presentaciones en vivo, se separó en 1988: fueron dos años agitados, abruptos, de un duelo que todos los miembros -menos Reyna, que murió ahogado en el mar Mediterráneo en 1994-, reunidos para el audiviosual reconocen que, de algún modo, había estado pendiente. Daniel Santos había escrito un capítulo del libro Gente que no dedicado a El Corte y a Hernán. Apenas lo leí, le propuse pensar un documental para hacer juntos, porque era una historia que necesitaba ser contada. Para rescatar la figura de un talento como Hernán y para que se volviera a escuchar la música de El Corte, reconstruye el también periodista y docente, Martín Wain, sobre la génesis del film. Wain ya tenía experiencia audiovisual, con varios cortos de ficción y documentales, y además formó parte del equipo de guion de El Eternauta. El proceso de investigación duró largos años, y descubrieron el atractivo de Hernán Reya como un personaje muy particular, a tono con su música. Pero, a la vez, incluso más complejo que su música. Los discos de El Corte pueden ubicarse en la batea de postpunk o incluso gótico. Y, sin embargo, no son sólo eso ni son cliché ni banales. Es música con muchas capas, y Hernán también era así, sintetiza Flores. Antes que El Corte, Reyna había formado parte de bandas juveniles, como Zaratustra y Frappé. Hay filmaciones en súper 8. Hernán era un bicho raro, medio antisocial, dice Kevin Johansen, que compartió juventud con él. Sergio Rotman trabajaba en una disquería. Mariela, la hermana de Hernán, lo hacía en un videoclub, a pocas cuadras. Ella le preguntó si conocía un saxofonista para la banda de Hernán. Luego, Sergio convocó a Pablo Martín. Como periodista de Pelo, Federico Oldemburg fue a cubrir un recital de Frappé. Les pegó con un caño. Javier Calamaro lo llamó por teléfono. Estoy totalmente de acuerdo con vos, le dijo, sorpresivamente, y luego: ¿Tocás algún instrumento?. Y así, de forma azarosa y casera, Frappé dio nacimiento a El Corte. Además de secretos y huecos en la historia, había muchos enigmas alrededor de la figura de Hernán. Algunos se develaron en la película; otros quedaron abiertos, flotando en la interpretación de sus canciones, atravesadas por imágenes del agua y las profundidades, según los directores. Era, además, un músico contrario a la fama: nada más lejos de un rockstar y, al mismo tiempo, dueño de un gran magnetismo, lo define Wain. Para varios entrevistados, la suya fue la mejor voz del rock argentino. Entre las proezas, se reconstruye cómo fue la grabación del primer disco en aquel galpón de Segba, al mando del ingeniero de sonido Mario Breuer, que aprovechó una cámara natural para diseñar un sonido claustrofóbico, herrumbroso, con efectos de ruidos ambientales y la crudeza de lo dark. Lo grabaron de noche, para que no se filtrara el ruido de los colectivos. No me pregunten cómo, pero funcionó, se ríe Breuer, que montó un estudio en el descomunal galpón en menos de veinte horas. En la banda, Hernán tocaba menos de lo que podía tocar, pero le sobraba, dice el saxofonista Sergio Rotman, que lo coloca al lado de Gamexane Villafañe, de Todos Tus Muertos, como una de las voces destacadas del punk argentino. Los discos fueron increíbles, pero no hay nostalgia de aquella época, que era fea y oscura, agrega. El Corte grabó su primer disco sin tocar en vivo previamente: tan sólo era una cuestión de presupuesto. Otros testimonios celebran la inflexión de su canto en temas como Desgarra la carne clériga, suerte de voz de ángel en un marco sonoro infernal. La fotógrafa Andy Cherniavsky repasa su archivo. Los shows de El Corte solían ser fríos: los músicos no querían que el público aplaudiera. Se recuerda el primer concierto en La Manzana de las Luces, otros en el San Martín y después en el Recoleta. La vida en torno al grupo era como la de una familia: cocinábamos, nos hacíamos chistes. En lo cotidiano ellos eran tranquilos, comunes, y se transformaban cuando se ponían a tocar, con la música densa, dark, irradiando en el ambiente. Pero no era impostado, les salía artísticamente, dice Andy. Lo nuestro era caos y confusión en un mundo donde había tambores, beat y glam, repasa Javier Calamaro y subraya: Preferíamos los lugares antro, con la luminosidad de lo creativo de los ochenta y, por otro lado, lo oscuro de la estética punk. Primero vinieron Virus, Los Abuelos de la Nada, Los Twist y después el clima se puso pesado y pesimista. La democracia no era la panacea, se respiraban años violentos, con la hiperinflación a punto de estallar, reconstruye Ariel Minimal en el documental, que fue filmado entre Argentina y España. El guion se fue modificando con la investigación y se terminó de definir con la participación de Eliane Katz en el montaje. Cuando se cuenta aquella época de mediados de los 80 a comienzos de los 90 suelen nombrarse sus expresiones más consagradas: Virus, Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada, Sumo o Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Poco se ha retratado a las bandas como El Corte. Porque así como la primavera alfonsinista fue un período floreciente para la cultura joven, la crisis económica interrumpió otros movimientos, los dejó truncos o los expulsó, mientras los pibes de crestas y ojos pintados se llevaban la peor parte de un sistema represivo que no había cambiado demasiado desde la dictadura, remarcan los autores. Todos tomaban cocaína. No hay que tomar más. Si seguís tomando, me voy, le dijo Hernán a su novia de entonces, la artista Nushi Muntaabski, y poco después agarró los bolsos y sus instrumentos de sonido y se fue de la casa. Hernán no tenía medida, era imposible sujetarlo. Lo echaron de los colegios donde estuvo. Era frontal, decía lo que sentía y pagaba las consecuencias, cuenta Mariela Reyna, su hermana, con la que vivió un tiempo y luego, en su temporada en Europa, siguió escribiéndose cartas. Los músicos de la banda concuerdan que el segundo disco, El camino contrario, sonó más limpio y ortodoxo, sin la influencia de las drogas duras. Hay una foto de Hernán con la mirada hacia el suelo, en pose contemplativa: un gesto habitual en él. Después de la separación de El Corte, Hernán viaja a Alemania. Vive con su novia en una especie de sótano, con poco dinero. No hace otra cosa que tocar la guitarra. Arma un estudio de grabación. Pero estaba sin documentos, no podía moverse libremente. No encaja con la cultura alemana. Se casa, con su pareja se radican en Madrid. A sus amigos les manda videos desde España: se lo ve en movidas creativas, pero no habla. Lo notan feliz. Logra armarse otro estudio. Se junta con Ariel Rot, Daniel Santamaría, Federico Oldemburg. Siempre tenía en mente grabar un nuevo disco, pero no quería tocar en vivo. Incorporó una riqueza de sonido y un ritmo más rockero que El Corte. En Madrid era una buena época para la música y él era un talento único, singular, dice Oldemburg. Entró en una etapa obsesiva. Creó un modus operandi alrededor del estudio donde cabían sus conexiones, todas sus relaciones. Desde el sótano al mundo, dice Sol, su novia de entonces. Con todo el equipaje en una mochila, se fueron a vivir a una especie de monumento, cerca del Mediterráneo. Disfrutaba de una casa con molino: a Hernán se lo notaba más sonriente, con mejor color, más relajado, más suelto, ya no estaba tan encerrado con su guitarra. Una relación puro presente, sin mucho hablar de pasado, sin mucho futuro. Instante, sólo instante, enfatiza Sol. Tenían ahorros, pensaban comprar una casa. No tenía más que su guitarra y su voz pero le faltaba un proyecto musical en Madrid. Hernán Reyna, en efecto, quería construir un nuevo presente. El destino lo encontró en la costa de Jávea. Un paseo, el lugar maravilloso, una cueva, la luz azul, y la desesperación de una barca que se hunde y él, sin saber nadar, con un pesado abrigo a cuestas, que encuentra la fatalidad, paradójicamente en uno de los mejores momentos de su vida a sus jóvenes treinta años. La marea había pasado de la calma a la tempestad, en cuestión de minutos. Lo socorrieron, hasta que dos o tres olas lo arrastraron lejos. Creía que todavía estaba ahí, flotando, recuerda Sol. Hernán fue un enigma. Lo que compuso. Lo que guardaba adentro. Lo que surgía de su guitarra. Lo que escribía en las cartas. ¿Cómo reunimos a todas esas personas en una? Siempre fue un pibe súper especial, que nadie sabía en qué mundo estaba o cuál era su realidad concreta, acota su hermana. Se lo enterró en España con una guitarra, sus amigos lo celebraron en una fiesta. Algunos de los temas que dejó inéditos fueron recuperados mucho tiempo después de su muerte, en 2022, y se publicaron en CD por el sello Mucha Madera. Una de sus notables creaciones, El Corte, se rescata en el film como la banda postpunk de los ochenta en Buenos Aires que pocos escucharon y casi nadie vio tocar en vivo, pero que marcó para siempre a quienes sí lo hicieron.

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