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  • Advirtió sobre los peligros de la IA. Ojalá su padre le hubiera hecho caso.

    » TN

    Fecha: 15/04/2026 15:13

    El verano pasado estaba sentado en la barra de la cocina de su casa en Austin, Texas, una luminosa casa de construcción nueva con paredes blancas y suelos de hormigón, cuando decidió echar un vistazo al portal MyChart de su padre. Recorrió sin rumbo las páginas de resultados de laboratorio y notas del médico en su laptop hasta que una frase llamó su atención. "Tenía claro que la ventana de tratamiento puede acabarse cuanto más lo posponga", escribió el médico. "La progresión natural de su enfermedad es la muerte y el debilitamiento". La nota no tenía sentido. Ben sabía que su padre, de 75 años, padecía leucemia linfocítica crónica (LLC), un tipo de cáncer de glóbulos blancos que suele ser de evolución lenta. Pero su padre, Joe Riley, le había asegurado a su familia que empezar el tratamiento no era urgente. Desde luego, no había transmitido la advertencia de su médico de que se dirigía hacia un plazo peligroso. Ben, presa del pánico, consultó rápidamente más registros. El oncólogo llevaba 10 meses recomendando el tratamiento. Sus súplicas parecían volverse más desesperadas en cada página. Pero Joe estaba convencido de que los fármacos harían más mal que bien. "Hablamos de que el tratamiento puede ralentizar y posiblemente detener la progresión de su LLC, lo que le dará más tiempo para estar con su familia, como tanto desea", decía otra nota. "Me contestó que no piensa empezar el tratamiento aunque su enfermedad siga avanzando". Ben sabía que no debía enfrentarse a su padre, un neurocientífico jubilado al que le erizaba el vello cuando alguien cuestionaba su juicio intelectual. Necesitaba más información, un plan, para persuadir a Joe, que --al parecer-- se estaba muriendo de cáncer a miles de kilómetros, en Seattle. Estaba monitorizando con ansiedad el portal del paciente de su padre, intentando decidir qué hacer, cuando apareció un nuevo mensaje. Joe había enviado a su oncólogo una investigación que había realizado con inteligencia artificial, la prueba aparente de su decisión de rechazar el tratamiento. Dios mío, pensó Ben. No se le escapaba la morbosa ironía de la situación. Un año antes, había creado un boletín para ayudar a la gente a tomar mejores decisiones sobre cuándo y cómo utilizar la IA generativa. Escribió sobre cómo las herramientas habían sumido a la gente en espirales delirantes y habían ayudado a un adolescente a acabar con su vida. Ahora parecía que la IA había descarriado a su propio padre. Les envió un mensaje a sus dos hermanos: "Tenemos que hablar". Ben, de 49,no se había interesado especialmente por la IA hasta hace unos años. A él, la tecnología le había parecido material para películas de ciencia ficción como "Her" y "Ex Machina". Le interesaban más los humanos. Tras una breve temporada de trabajo en Wall Street y luego como abogado del Departamento de Justicia de California, Ben leyó un libro de un destacado científico cognitivo que le hizo cambiar la trayectoria de su carrera. Empezó a leer de manera voraz sobre temas que pudieran ayudarlo a comprender la mente humana --neurociencia, lingüística, filosofía, antropología-- y se consideró un "científico cognitivo autodidacta". En 2015, fundó una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo era formar a profesores en ciencia cognitiva para comprender mejor cómo pensaban y aprendían sus alumnos. Sin embargo, el auge de la IA generativa cambió su visión de la tecnología. Le ofreció una ventana a muchas de las cuestiones a las que había dedicado gran parte de su carrera: ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué es el pensamiento humano? Decidió crear un boletín, Resonancia Cognitiva, que utilizaría la ciencia cognitiva para "explicar la IA al ciudadano promedio". Su padre fue uno de sus primeros suscriptores. En ese momento, Joe ya conocía bien la IA. A Ben no le sorprendió. Su padre siempre había sido un pionero. Mientras otras familias aún escuchaban casetes, en su casa había un reproductor de CD. En los viajes por carretera, él y sus hermanos se sentaban en el asiento trasero del Dodge Caravan familiar a ver películas en un sistema de entretenimiento improvisado que Joe había construido. En casa tenían una Commodore Amiga, una computadora personal de bloques que Joe "trataba como a un niño", decía Ben. Hasta que un día Ben volvió del colegio y la computadora había desaparecido. Las autoridades se la habían confiscado después de que Joe se infiltrara ilegalmente en la red telefónica para conectarse al "sistema electrónico de tableros de anuncios", precursor del internet. Se negó a disculparse durante el juicio, recordó Ben, e insistió obstinado en que "la información quiere ser libre". A finales de la década de 1970, Joe había sido un joven y prometedor neurocientífico de la Universidad de Stony Brook. Pero a mediados de sus 30, se sintió de repente debilitado por una misteriosa enfermedad crónica que, un buen día, lo hacía sentir como si tuviera gripe y, en un mal día, lo hacía sentir como si su sistema nervioso estuviera ardiendo. Los médicos especularon con que padecía algún tipo de encefalitis, pero no pudieron hacer mucho por ayudarlo. Como ya no podía seguir el ritmo de las exigencias de su trabajo, empezó a depender de los cheques de invalidez y a canalizar su insaciable curiosidad hacia otras actividades: un boletín sobre poesía sufí, una investigación exhaustiva sobre el asesinato de John F. Kennedy y la exploración de nuevas tecnologías. Así que, cuando la IA generativa empezó a ganar adeptos, Joe empezó a experimentar. Se convirtió en un punto de interés común para Ben y Joe. Debatían si los modelos podrían llegar a ser realmente sensibles o cómo los gobiernos controlarían la IA, y de vez en cuando discutían sobre los riesgos. Joe tendía al asombro, mientras que Ben se mostraba decididamente más escéptico: "¿No te preocupan los peligros tanto como a mí?", le preguntó a su padre en un correo electrónico en 2023. Joe no parecía preocupado. Parecía estar en una "conversación constante" con la IA, dijo James Riley, el hermano pequeño de Ben. Le gustaba especialmente Perplexity, un motor de búsqueda impulsado por IA que se enorgullece de citar fuentes fiables y producir respuestas en las que "de verdad puedes confiar", según el director general de la empresa. (El New York Times demandó a Perplexity en diciembre, y la acusó de infringir los derechos de autor del contenido de las noticias relacionadas con los sistemas de IA. La empresa ha negado las acusaciones). Joe utilizaba a menudo la función de voz a texto para murmurar preguntas a las aplicaciones de IA de su teléfono. "Papá, esto es mucha IA", recuerda que le dijo James. Joe se lo tomaba como algo similar a Google. Joe le pidió consejo a Perplexity sobre su hipoteca. Lo utilizó para consultar los horarios de los partidos de los Seattle Mariners. Le dijo que resumiera la investigación científica de sus proyectos favoritos. Cuando le diagnosticaron cáncer en 2024, también empezó a preguntarle sobre eso. Su médico la describió como una situación en la que "todo se complica de golpe". Joe acababa de terminar la radioterapia para un cáncer de pulmón en estadio inicial --que le habían diagnosticado de manera simultánea-- cuando sus síntomas de LLC aumentaron: escalofríos, dolor muscular, agotamiento. Era hora de empezar el tratamiento, le dijo Eddie Marzbani, su oncólogo del Centro Oncológico Fred Hutch, a Joe en una cita en agosto de 2024. Lo bueno era que tenía buenas opciones. En la última década, una nueva clase de "fármacos milagrosos" había revolucionado tanto el tratamiento del linfoma que algunos investigadores estaban seguros de que la ciencia subyacente ganaría algún día un Premio Nobel. Con medicamento, podría vivir años --si no una década-- antes de que reapareciera la LLC. Joe respetaba a su médico, incluso le caía bien. Sin embargo, décadas de vivir con una enfermedad crónica habían convertido a Joe en un escéptico del sistema médico. Quería reflexionar al respecto. La siguiente vez que Marzbani vio a Joe, algo parecía haber cambiado. Volvió convencido de que había desarrollado la Transformación de Richter, una rara complicación que se produce cuando un cáncer relativamente dócil evoluciona de manera drástica y se convierte en otro más agresivo y castigador. Peor aún, estaba convencido de que el tratamiento que Marzbani le recomendó exacerbaría el síndrome de Richter y acortaría su vida. La seguridad de Joe dejó perplejo a Marzbani. "Realmente no tenía signos ni síntomas de ello", dijo Marzbani en una entrevista con el Times. "Nada en cuanto a sus estudios de laboratorio que pudiera sugerirlo, nada basado en sus tomografías computarizadas". Cada cita parecía caer en un ciclo predecible: Joe planteaba lo de Richter, Marzbani repasaba con detenimiento todas las razones por las que no lo tenía, y Joe accedía a irse a casa y reflexionar. Marzbani intentó todas las estrategias que se le ocurrieron para hacer cambiar de opinión a Joe. Le ofreció distintas opciones de tratamiento. Le explicó que los fármacos le permitirían pasar más tiempo con su familia, algo que sabía que Joe deseaba con desesperación. Finalmente, señaló el fallo en la lógica de Joe: sin tratamiento, la mayoría de los enfermos de Richter mueren a los seis meses de ser diagnosticados. "¡Si tuvieras Richter cuando me dijiste que tenías Richter, ya estarías muerto!", alegó. Nada de eso parecía cambiar las cosas. Aunque Marzbani no lo sabía, Joe hacía preguntas rutinarias sobre su cáncer a varias herramientas de IA generativa, que a menudo tienen dificultades para dar consejos médicos precisos. Les pidió que enumeraran los primeros signos de Richter, interpretaran sus resultados de laboratorio y explicaran complicadas investigaciones sobre el tratamiento que le recomendaba su médico. Sabía que no debía confiar unilateralmente en la IA. A menudo leía los artículos científicos que citaban las herramientas y --lo mejor que podía sin formación médica-- intentaba verificar que coincidieran con lo que decían las herramientas. Llegó a sentirse tan seguro de su comprensión de la ciencia que rechazar el tratamiento le pareció la opción más obvia. "El oncólogo habitual está un poco enfadado conmigo", decía un mensaje de texto que Joe le envió a Ben por aquel entonces. "Puse en duda su diagnóstico inicial y me dio la razón", añadió, aunque no fue así. "Por cierto, digan lo que digan sobre la Inteligencia Artificial, es asombroso lo mucho que se puede aprender tras una o dos semanas de uso de los programas de Inteligencia Artificial adecuados". En el verano de 2025, Joe estaba mucho más enfermo. Había engordado 80 libras a causa de los esteroides que tomaba para controlar los síntomas. Se le habían inflamado los ganglios linfáticos de todo el cuerpo, incluido uno en el cuello que le provocaba dolor al mover la cabeza. El recuento de glóbulos blancos era 10 veces mayor que cuando Marzbani empezó a recomendarle el tratamiento, señal de que el cáncer se había extendido con rapidez. El margen de Joe para el tratamiento se estaba cerrando rápidamente. Cuanto más frágil estaba Joe, menos probable era que tolerara los medicamentos. Marzbani decidió enfrentarse a él. "¿Por qué crees esto?", recordó que le preguntó a Joe durante una cita. "¿De dónde viene esto?" Joe le envió un informe de investigación que había generado con Perplexity. En las semanas siguientes después de ver ese informe en el historial médico de su padre, la preocupación de Ben se transformó en enfado. Dijo que tenía la sensación de que él y su padre vivían en realidades distintas, sin un "sentido compartido de lo que es verdadero y falso". Después de cada visita al médico, Joe enviaba un mensaje de texto al chat del grupo familiar con información actualizada sobre el cáncer. Luego, Ben consultaba el portal del paciente para leer los detalles que omitía. Ben llamó al centro oncológico y le suplicó a una enfermera que añadiera más información a su historial: "Sé que no puede decir nada", dijo. "Pero podemos ver su historial. Si hay cosas que necesitemos saber, las leeremos". Ben y su hermano aún no se habían puesto de acuerdo en cuanto a cómo abordar a su padre: a James, consejero, le preocupaba que la confrontación lo alejara. Ben no creía que tuvieran tiempo para nada más. En lo único que estaban de acuerdo era en que Joe había demostrado ser un narrador poco fiable. Ahora necesitaban oírlo directamente: si su padre iba a rechazar el tratamiento, ¿cuánto tiempo le quedaba de vida? Así que una calurosa mañana de julio, Ben llamó a su padre y le pidió que firmara una renuncia que permitiera a Marzbani hablar con el resto de la familia. Cuando Joe se negó, Ben sintió desbordarse de rabia. Le gritó a su padre por basar decisiones de vida o muerte en el informe Perplexity, que podía estar "plagado de alucinaciones". Entonces Ben le colgó. La llamada no hizo más que redoblar la apuesta de Joe. "Las pruebas son claras como el agua", envió Joe un mensaje de texto a Ben poco después, y adjuntó uno de los documentos que Perplexity citaba en el informe, y añadiendo sarcásticamente: "Aquí está la 'alucinación'". Ben abrió el papel, que estaba plagado de jerga médica. "No voy a fingir que soy oncólogo", replicó. A Ben todo aquel ejercicio le parecía ridículo. Él y su padre, dos personas que nunca habían estudiado medicina, discutían sobre la investigación del cáncer. Mientras tanto, su padre ignoraba los consejos de un verdadero experto. "¿Qué estoy haciendo?", pensó. "Para esto tenemos médicos, médicos humanos". Entonces se acordó de las advertencias de muchos chatbots que decían a los usuarios que comprobaran siempre los resultados. Sacó su computadora y, con "furia justificada", envió un correo electrónico a dos destacados expertos en Richter cuyas investigaciones se citaban en el informe generado por la IA. "Pido disculpas por el correo tan inesperado", escribió. "Pero el estado de mi padre está empeorando rápidamente y no sé cómo responder a su interpretación del resumen de la IA sobre la investigación oncológica". Adjuntó el informe al correo electrónico, que David Bond abrió unas horas después desde su consultorio de Ohio. A primera vista, parecía un informe científico pulcro. No obstante, cuanto más lo leía Bond, más ilógico le parecía. El informe hacía afirmaciones autoritarias y, como prueba, citaba estudios que, en su opinión, estaban "solo periféricamente relacionados con el tema". Hacía referencia a porcentajes que parecían completamente inventados. El resumen de la investigación de Bond era completamente irreconocible para él. En un comunicado, un portavoz de Perplexity dijo que la empresa seguía firme en su "compromiso de mejorar la precisión de los modelos de IA más vanguardistas del mundo". Bond y el otro autor del estudio respondieron en cuestión de horas, y animaron a Joe a escuchar a su oncólogo. Aquella noche, Ben volvió a llamar a su padre y, desempolvando sus dotes de abogado, le expuso los hechos: tres médicos coincidían de forma independiente en que el informe de Perplexity lo engañó. "¿De verdad crees que sabes más que todos ellos por ese estúpido informe de la IA?", Ben recordaba haberle preguntado. "Sí", respondió Joe con firmeza. Ben empezó a preguntarse si era posible convencer a alguien de que la IA era falible, algo a lo que había dedicado gran parte de su nueva carrera. "Si no puedo convencer a mi padre, ¿podré convencer a alguien?". Al final, fue el empeoramiento de la salud de Joe lo que finalmente lo empujó a probar el tratamiento. Tenía las piernas hinchadas y su piel era fina como el papel, lo cual dio paso a llagas que le cubrían las pantorrillas. A veces, sentarse le resultaba tan doloroso que gemía y gritaba. Cuando el corto trayecto entre su cama y el sillón reclinable marrón de la sala se le hizo demasiado agotador, empezó a dormir en el sillón. Cuidar de sí mismo se había vuelto casi imposible: en el fregadero había cacerolas con lentejas de hacía días y las moscas de la fruta pululaban por el departamento. Cuando tenía que salir de casa para una cita con el médico, subía las escaleras muy despacio y hacía muecas de dolor a cada paso. Cuando Joe recibió su primer tratamiento contra el cáncer en septiembre --más de un año después de que Marzbani se lo recomendara en un principio--, las células cancerosas llevaban tanto tiempo extendiéndose sin control que matarlas conmocionó su organismo, por lo que jadeaba y temblaba intensamente. Unos meses antes, Joe habría podido soportarlo. Pero ahora se sentía demasiado frágil. Tras unas cuantas infusiones, le dijo a su médico que necesitaba un descanso. Ben tomó un vuelo para ver a su padre una semana después. En aquella visita no hablaron en absoluto de IA. En lugar de eso, se sentaron en la sala y debatieron sobre mecánica cuántica. Ben limpió las barras de linóleo y colocó trampas para moscas. Mientras limpiaba, Joe dormía en su silla. Ben no lo despertó antes de irse. Garabateó una nota de despedida en un Post-it amarillo. "¡Te amo, papá! Gracias por una visita maravillosa", escribió. "¡Evita tener abierto el bote de basura y venceremos a las moscas! Hablamos cuando vuelva". Una semana antes de Navidad, Ben recibió una llamada de un policía compungido. Había encontrado a Joe durante un control de bienestar. La LLC figuraba como una de las causas oficiales de la muerte. Casi dos semanas después de la muerte de Joe, Ben estaba de vuelta en Austin, con un bote de plástico lleno de libros que había sacado del departamento de su padre sobre la barra de la cocina. Cerca había una tarjeta de condolencias de Marzbani: "Lo respetaba mucho y echaré de menos las bromas". Ben se sentía especialmente pesimista sobre el estado de la IA. Tenía la sensación de que él y otros escépticos gritaban al vacío que fueran más despacio y pensaran detenidamente, mientras el resto del mundo avanzaba a toda velocidad. No solo estaba de luto por la muerte de su padre, sino que el año pasado también lo obligó a cuestionarse si su misión profesional --ayudar a la gente a tomar mejores decisiones sobre la IA-- era inútil. Decidió que, aunque no sirviera de nada, iba a escribir sobre la muerte de su padre. Quería dejar constancia pública de quién era Joe Riley y de cómo lo había perjudicado la IA. Así que se sentó en su taburete rojo de charol y empezó a escribir. Las palabras le salían con facilidad. Mientras tecleaba, pensó en la muerte de Adam Raine --un adolescente sobre el que había escrito meses antes, que habló de sus planes de acabar con su propia vida con ChatGPT-- y en la tragedia shakesperiana que lo había convertido en personaje de una historia similar. Un portavoz de Perplexity dijo que la empresa estaba "profundamente entristecida por la muerte de Riley". Ben no intentó simplificar lo ocurrido: "No quiero exagerar", escribió. "No creo que la IA matara a mi padre". En un mundo en el que no existiera la IA, quizá Joe --que era escéptico con los médicos por defecto-- habría rechazado el tratamiento de todos modos. También le había costado convencerlo para que probara el tratamiento contra el cáncer de pulmón. "Parte de lo que ocurría tenía que ver con la propia psicología de mi padre", señaló Ben en una entrevista con el Times. Sin embargo, la IA tampoco estaba totalmente libre de culpa. Joe tomaba decisiones basadas en información errónea envuelta en un barniz de pericia científica. Era el tipo de información errónea que resultaba prácticamente imposible de detectar para un profano, incluso para alguien como Joe, que a todas luces era un usuario ideal. Conocía la tecnología, tenía una buena dosis de escepticismo y acceso a un médico que se preocupaba por su salud. Además, tenía un hijo que estaba desesperado, y mejor preparado que la mayoría, para hacerlo cambiar de opinión. "Siempre me preguntaré si mis esfuerzos llegaron demasiado tarde", escribió Ben en su ensayo. "No puedo hacer nada para cambiar el pasado, por supuesto. Pero sí que puedo seguir trabajando para concientizar a los demás". En los tres meses transcurridos desde que Ben publicó aquella publicación, cuatro grandes empresas tecnológicas han lanzado nuevas herramientas de salud para el consumidor y han animado a los usuarios a subir sus historiales y a acribillar a la IA con sus preguntas médicas. Perplexity era una de ellas. Ben Riley en su casa de Austin, Texas, el 25 de febrero de 2026. (Jordan Vonderhaar/The New York Times) Ben Riley muestra una foto de él con su padre, Joe Riley, en su casa en Austin, Texas, el 25 de febrero de 2026. (Jordan Vonderhaar/The New York Times)

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