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» TN
Fecha: 15/04/2026 08:23
Hace unos días, por primera vez desde que está en el cargo, el Presidente reconoció que la situación económica es peor que la que nos estuvo prometiendo. Pidió paciencia y hasta justificó el malhumor reinante: Los procesos de mejora no avanzan a la misma velocidad para todos: las estadísticas reflejan promedios, y sabemos que hay gente en los extremos de la distribución Sabemos que estos últimos meses fueron duros, dijo. Seguramente ya le habían avisado que el Indec iba a dar una muy mala noticia este martes. Aunque Milei también volvió a responsabilizar por todo lo malo que sucede a sus enemigos políticos de siempre: No es casualidad, es el costo de las bombas que dejaron los irresponsables psicópatas kirchneristas que intentaron hacer volar la economía por los aires el año pasado. Más allá de que efectivamente el kirchnerismo apostó a cuanto peor mejor, y lo vuelve a hacer en estos días, sería hora que el Gobierno admita que algunas de las cosas que prometió no iba a poder cumplirlas, y algunas de las decisiones que tomó no fueron las más acertadas. En esos dos terrenos esenciales de la autocrítica, tampoco se animó a internarse Luis Caputo. Pero tuvo que abrir el paraguas hace un par de días, cuando se vio venir un índice de inflación que superaría, y holgadamente, el 3% por primera vez desde hace un año (exactamente en marzo de 2025 fue 3,7%). Hablando en la Bolsa de Comercio de Rosario debió reconocer que la suba de precios del mes pasado había superado esa barrera, pero lo atribuyó a dos factores que supuestamente él y su programa no pudieron controlar ni evitar: - el alza de los combustibles, por la guerra en Irán - la suba de los colegios, por el inicio del año lectivo. Una explicación poco convincente Lo cierto es que el gobierno sí hizo lo posible por moderar la suba de la nafta y el gasoil, yendo abiertamente contra las leyes del mercado. Y en alguna medida lo logró, lo que en vez de enorgullecer a sus funcionarios, seguramente es vivido por ellos con un poco de vergüenza. Como sea, desde que se agravó el conflicto en Medio Oriente, en Argentina esos precios subieron mucho menos que en casi todo el resto del mundo. Así, mientras en los surtidores locales las alzas han sido apenas un poco más del 20%, en Chile van del 45 al 62%, y siguen trepando. Para no hablar de Europa, donde los aumentos han sido aún mayores. Pero aunque la inflación ha vuelto a ser, en consecuencia, una preocupación generalizada, continúa escapándose del control de las autoridades solo en nuestros pagos: mientras que del otro lado de la cordillera la suba de precios en marzo fue del 1% (excepcional para los estándares chilenos, el dato anterior había sido cero, redondo, y el anual es apenas 2,8%, pero nadie espera que se repita los meses próximos), acá pegó con un 3,4, más de lo que el propio Caputo esperaba, viene de subir en forma sostenida en los últimos 9 meses, y la inercia para las próximas mediciones va a ser considerable. ¿Qué está pasando? El problema es más complejo Hay un componente de inercia que el Gobierno no está considerando con suficiente atención. Más todavía, que ha venido agravando, en algunos casos sin poder evitarlo, al verse forzado a indexar ciertos gastos, como las jubilaciones, o continuar el retiro de los subsidios y la actualización de las tarifas. Pero todo esto se debió saber hace mucho, cuando Milei empezó a prometer que la inflación empezaría con cero dentro de muy poco, y pasaría a extinguirse como un mal sueño a continuación. Ahora nuestro presidente se prepara para volver a Israel, tal vez no en el mejor momento para una visita de Estado, y seguramente para reforzar su apoyo al actual gobierno de ese país, una finalidad que va a despertar, aquí y en todos lados, no pocas críticas. Pero podría aprovechar el viaje también para algo más útil. Por ejemplo, revisar la experiencia de las políticas antinflacionarias israelíes de los años ochenta, un modelo que muchos otros países luego replicaron, por la sofisticación de su diseño y su eficacia a largo plazo. Y que pese a todos sus méritos, también tuvieron que enfrentar un rebrote de los índices de precios tras la desinflación inicial: la tasa anualizada bajó de 400% a menos de 20% entre 1985 y 1986, pero después, a principios de este último año, rebotó, a alrededor de 25%, y volverla a bajar llevó varios años más. Revisar esa experiencia podría ayudar a Milei, y también a Caputo, a entender que lo que está pasando en Argentina era esperable. Porque las estabilizaciones nunca son lineales, hay problemas de inercia, precios relativos y desconfianza que tardan en resolverse, los contratos indexados complican aún más las cosas, y aquí, igual que en Israel en aquel entonces, muchas cosas siguen indexadas. Leé también: El Gobierno enfrenta el desafío de domar la angustia y pasar el otoño Y volver sobre ese ejemplo podría ayudar a nuestros gobernantes a dar un paso aún más importante: porque para sostener el programa de estabilización, frente al malhumor que generó el rebrote inflacionario, los políticos israelíes reforzaron los acuerdos interpartidarios en torno a sus metas de largo plazo; en vez de alimentar la polarización y la desconfianza, intensificaron la cooperación, y fue gracias a eso, fundamentalmente, más allá de las medidas que se adoptaron, que el país salió adelante. Claro que acá, con buena parte de la oposición apostando de nuevo al estallido, algo así no es replicable. Pero sí lo es con la parte más constructiva de las fuerzas opositoras. Que siguen siendo menospreciadas cada vez que tienden una mano para ayudar.
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