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  • Pocos lo saben: quiénes fueron Los huérfanos del Titanic, los chicos de 2 y 4 años que no decían sus nombres

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    Fecha: 15/04/2026 06:13

    El Titanic llevaba a bordo 2223 personas. Solo se salvaron 705. El resto terminó en el fondo del mar. El hundimiento del Titanic ha generado mucho interés en los 114 años desde la catástrofe. Porque no solo está su historia, la del barco y el naufragio. El Titanic contiene, además, 2223 historias para contar. Lo que sigue se ocupa de tres de ellas. Las de un padre y dos hijos, un viaje de incógnito, una fuga, la orfandad, una fama triste e involuntaria y un reencuentro inesperado y emocionante. Michel y Edmond eran muy chiquitos. Tenían 2 y 4 años. Antes de abordar el Titanic, su padre se agachó, se puso en cuclillas, para estar a la altura de los ojos de los chicos, y les dijo: Desde ahora y hasta que lleguemos, si alguien les preguntan sus nombres, se llaman Lollo y Momon. Los hijos lo miraron sin entender. Les dijo que se trataba de un juego, que los tres usarían otro nombre y que si lograban sostenerlo durante la travesía, les iba a comprar un gran regalo a cada uno apenas llegaran a Nueva York. El soborno paterno sirvió como buen incentivo. El padre, Michel Sr., también modificó su nombre y apellido. Pasó a llamarse Louis Hoffman. Pero él no estaba jugando. Leé también: Cómo son los viajes en submarino para ver el Titanic y cuánto cuestan Michel Navratil era un sastre eslovaco que se había radicado en Francia. En una visita a Londres había conocido a una hermosa joven italiana, Marcella Caretto. Se enamoraron, se casaron y se instalaron en Francia. Tuvieron dos hijos. Pero el matrimonio duró poco más de 5 años. Se separaron a fines de 1911. Un divorcio conflictivo. Gritos, peleas y acusaciones que terminaron en la Justicia. Él estaba convencido de que Marcelle (ya había adaptado su nombre al país de residencia), su esposa, le había sido infiel. El juez, pese a los reclamos de Michel, le otorgó la tenencia a la madre. El padre exigió llevarse unos días a los chicos para pasar Semana Santa juntos. La madre accedió. Pero Michel tenía otros planes. Después de pasar unos días en Montecarlo, se dirigió a Inglaterra. Con nombres falsos y con documentos apócrifos sacó tres pasajes en la segunda clase del Titanic. Los tres dejarían el pasado atrás y empezarían una nueva vida en Nueva York. Michel padre intentaba pintarse a sí mismo como un nuevo comienzo algo que no era más que el secuestro de sus propios hijos. Con el paso de los días, la madre se desesperó: su exmarido no devolvía a los chicos. Denunció la desaparición de sus hijos. De pronto, al repasar los últimos contactos con Michel, descubrió señales que antes no había visto. Entendió que él se había llevado a los chicos. Los investigadores intentaron rastrear los últimos pasos de Navratil, pero no había pistas de él. A alguien se le ocurrió buscar en la lista de náufragos y víctimas del Titanic, pero no encontraron nada debido al cambio de identidad. El caso salió en los diarios y aparecieron testigos. Muchos. demasiados. Algunos decían haberlo visto en la Costa Azul, otros en Southampton, pero nadie brindó demasiadas precisiones. Leé también: Subastan el reloj del pasajero más rico del Titanic: es de oro de 18 quilates y tiene más de 120 años Michel Navratil y sus dos hijos se habían esfumado. En el Titanic los chicos cada tanto preguntaban por su mamá pero se divertían y se distraían en ese mundo absolutamente novedoso. En la segunda clase del barco ya le habían tomado cariño a esos dos nenes rulientos que casi no se separaban de su papá. Los Hoffman -así los conocían- se hacían notar. En el momento del naufragio, los chicos dormían. El padre había salido a tomar algo en la cubierta. Apenas percibió que algo malo pasaba, Michel corrió al camarote a buscar a sus hijos. Los levantó cómo pudo. No tomó nada del camarote. No había tiempo. Uno en cada brazo. En medio del pasillo un hombre desconocido lo ayudó. Corrió por toda la cubierta con el mayor a upa, mientras el otro hombre lo seguía con el menor. Justo cuando un bote descendía, Michel logró lanzar hacia allí a su hijo mayor, que solo llevaba puesta una remera. Luego, arrancó al otro de los brazos del hombre que lo ayudaba y lo tiró hacia un segundo bote. El nene de 2 años estaba desnudo y fue atajado por un hombre en la pequeña embarcación. Michael no tenía lugar. Desde el agua, una mujer le gritaba que ella se encargaría. Los chicos, separados y aturdidos, ni siquiera lloraban. Michel buscó infructuosamente sitio en otro bote salvavidas hasta que no le quedó otro camino que lanzarse al agua. El mar helado se encargó de él con velocidad. La descontada invulnerabilidad de la nave hizo que nadie se preocupara (no había quién lo hiciera en la época) por los botes salvavidas. En ellos había espacio nada más que para 1178 pasajeros. Más de la mitad de las personas a bordo no tenía lugar en los botes (en la primera clase se salvaron 202 de 325 pasajeros; en el resto del barco la sobrevida fue mucho menor: los que habían pagado los mejores pasajes se quedaron, en su mayoría, con las escasas vacantes en los botes). Los chicos viajaron solos, dependiendo del abrigo y del cuidado de dos mujeres que se apiadaron de ellos. El más chiquito apenas hablaba, y ninguno de los dos lo hacía en inglés. Nadie los entendía. Comieron unos bizcochos y tomaron un poco de agua. Cuando llegó el momento de izarlos hacia el Carpathia, el barco que recogió a los náufragos en alta mar, fueron puestos con cuidado en bolsas de arpillera para ascender hasta el buque y estar a salvo. Leé también: Se amaron entre traiciones, dolor físico y deseo sin límites: la historia de Frida Kahlo y Diego Rivera Al llegar a tierra, Michel y Edmond no sabían qué contestar cuando les preguntaban su nombre. ¿El juego todavía seguía? ¿Eran Lollo y Momon o Michel y Edmond? A la orfandad, al shock del naufragio, se sumaba la confusión del cambio de identidad, la necesidad de no defraudar al padre. Eran los únicos dos nenes sobrevivientes que habían quedado sin progenitores o tutores que los recogieran. Ellos se salvaron providencialmente de ser alguno de los 53 niños muertos en la tragedia (otra vez la diferencia: en primera clase hubo una sola víctima infantil y las otras 52 fueron de pasajeros de la tercera clase). En Nueva York, los chicos se convirtieron en una sensación mediática. Eran llamados Los huérfanos del Titanic. El misterio era un gran gancho e intrigaba a toda la sociedad ¿Quiénes eran estos chicos que nadie reclamaba y no hablaban inglés? Mientras las autoridades decidían qué hacer con ellos, pasaban sus días al cuidado de Margaret Hays, una sobreviviente del naufragio que los alojó en la mansión de su familia en Manhattan. Hays integraba un comité de mujeres sobrevivientes de la tragedia, y aceptó encargarse de los chicos porque era la única de ese grupo que no transitaba un duelo, que no había sufrido una pérdida familiar tras el impacto con el iceberg. Los investigadores estaban totalmente perdidos respecto al señor Hoffman, el padre de los chicos. No encontraron ni un dato a ninguno de los dos lados del Atlántico. Sentían que lidiaban con un fantasma. Parecía imposible que alguien no dejara ni un rastro a lo largo de su vida. Eran épocas más ingenuas: a nadie se le ocurrió que algún pasajero hubiera podido alterar su identidad. Leé también: La vida íntima de William Shakespeare: una esposa relegada, una amante oscura y el enigma de su testamento Las autoridades acudieron al cónsul francés en Nueva York. Todas las esperanzas estaban puestas en el encuentro del diplomático con los nenes. El hombre, para ganarse la confianza de los pequeños, les llevó juguetes de regalo. A cada uno le dio un barco en miniatura. Un presente poco oportuno. Pero a cada pregunta, a cada juego que el hombre les propuso solo obtuvo como respuesta algunas sonrisas y varios Oui. Una nota del diario Evening World del 22 de abril de 1912 reproduce esa situación: ¿Te gusta jugar con el barquito? le preguntó el cónsul al niño que tenía sentado en su rodilla. Sí contestó. ¿Cómo se llama tu papá? Sí volvió a decir el chico. ¿Te acordás del barco enorme en el que viniste de Francia? ¿Sabés en qué parte del barco ibas? preguntó ya sin demasiadas esperanzas el cónsul. Sí dijo el nene, y se concentró en el juguete que tenía en la mano. Los chicos solo decían Oui. La investigación estaba estancada. No había ninguna certeza. Solo especulaciones y algunas deducciones. Estaban convencidos de que los chicos eran hermanos. Eran muy parecidos y se buscaban mutuamente todo el tiempo. Pero no eran mellizos, aunque se llevaran poca diferencia. Creían que el mayor tenía entre 3 o 4 años y el menor, un año y medio menos. Muy poco como para avanzar. El padre de la señorita Hays era el que hablaba con los periodistas. Aclaraba que ellos no tenían ninguna intención de adoptar a los chicos pero que tampoco tenían inconveniente en cuidarlos un tiempo más. Tanto el señor Hays como el periodista hablaban muy bien de los chicos, de su belleza y de su buena conducta. La nota finaliza casi perdiendo la esperanza de que apareciera algún familiar y rogando para que alguna buena familia adoptara a los dos huerfanitos. Leé también: El romance imposible de Nikola Tesla: la mujer que fascinó al genio que no quería enamorarse Marcelle, mientras tanto, seguía buscando a sus hijos aunque sus esperanzas se apagaban de a poco. La magnitud monstruosa de la tragedia tuvo al menos algún beneficio. Una tarde, alguien entró corriendo al hogar francés de Marcelle, y le mostró la foto de un diario. Allí, inconfundibles, con sus rulos apretados, con sus caras redondeadas pero con una mirada más triste de la que ella conoció, estaban sus dos hijos. Pese a esa primera impresión, a esa certeza que solo las madres pueden tener con un simple golpe de ojo, volvió a mirar la foto varias veces. La impresión de los diarios de la época no era demasiado nítida y a ella le parecía inverosímil que sus hijos estuvieran del otro lado del Atlántico. No podía entender en qué momento habían subido al Titanic. Marcelle se presentó ante las autoridades para decir que sus hijos habían aparecido. El hallazgo provocó otra conmoción mediática. Los diarios acompañaron a la madre en su travesía marítima hasta Nueva York. No querían perderse el momento en el que ella volviera a estar con los chicos. Mientras tanto registraban su alegría, su ansiedad, la perplejidad por el destino de los nenes. Marcelle se reencontró con sus dos hijos un mes después del naufragio. La foto con ambos sentados en sus rodillas ocupó la primera plana de los periódicos. Leé también: Carmen Polo y el dictador Francisco Franco: la historia de amor que sobrevivió a la guerra, al poder y al odio Los dos chicos junto a su madre continuaron su vida en Francia. Edmond fue diseñador de interiores y arquitecto. Combatió en la Segunda Guerra Mundial contra los nazis y fue tomado como prisionero de guerra. Su salud se resquebrajó en el campo de concentración. Murió a poco de iniciar la década del cincuenta. Tenía 42 años. Michel fue longevo. Se dedicó a la filosofía. Escribió algunos libros y dio clases durante décadas. Se casó y tuvo hijos. Volvió por primera vez a Estados Unidos 75 años después, en 1987, en ocasión del aniversario redondo de la tragedia. Murió el 30 de enero de 2001. Tenía 92 años. Fue el último de los sobrevivientes varones del Titanic. Antes había contado muchas veces su experiencia. Daba muchos detalles. Tal vez más de los que pudiera recordar debido a su escasa edad en el momento de los hechos. Dijo que su padre antes de lanzarlo al bote salvavidas le dejó un mensaje para su madre. Decile a mamá que siempre la amé. Que mi idea era que todos juntos empezáramos una nueva vida en Estados Unidos. El cuerpo del padre fue uno de los que pudieron recuperarse y ser enterrados. Michel recién lo visitó en el cementerio en 1996.

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