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  • Un mundo nuevo para mirar con ojos despiertos

    » Clarin

    Fecha: 14/04/2026 07:02

    Mi abuela nació y creció en una casa rural. No tuvo electricidad sino cuando se mudó a un pueblo de la provincia de Santa Fe. Aun en esas dos casas, la planta de la construcción, sus fogones, patios y habitaciones, no diferían mucho de las antiguas casas romanas. La modernidad se colaba en los utensilios, pero la disposición de las piezas, su sabia doble ventilación, las largas galerías y el pozo de agua en el centro del patio se habían mantenido idénticos durante siglos. Cuando murió, a fines del milenio, mi abuela había visto suficientes transformaciones como para tomar con calma el mundo que se le colaba cada vez que se sentaba frente al televisor. No fue hasta hace muy poco, viendo el final de la extraordinaria película Sueño de trenes cuando comprendí cómo miraba mi abuela esas transformaciones. En la película el protagonista viaja a una ciudad por la que camina sin rumbo ni propósito, hasta que en la vidriera de un negocio, frente a un televisor, vislumbra el viaje de un astronauta alrededor de la Tierra. No es un choque de civilización ni es asombro. Es un hombre viejo que mira un mundo nuevo, pero sin el más mínimo interés ni participación. La distancia parece indicar sabiduría, y tal vez lo podemos pensar así, pero es sobre todo lisa y llana ajenidad. Ese mundo nada tiene que ver con el suyo, y poco o casi nada le dice, y sobre todo poco y nada le importa. No hay tráfico allí. Mi abuela, sospecho, hacia el fin de sus días se lo tomó así. Vio, a lo largo de su vida, más transformaciones tecnológicas que las que vieron todos sus antepasados juntos por generaciones. No creo equivocarme si aventuro que esas transformaciones no le importaron demasiado. Hasta el fin de sus días siguió siendo fiel, en su fuero interno y en sus convicciones, al mundo en el que se crió. El resto ni lo entendió ni le importó. No ha sido el caso de mi generación. Nacimos y crecimos para la modernidad, y la dejamos atrás. Se puede discutir cuándo ese mundo comenzó a crujir y hacerse obsoleto, pero en mi historia lo tengo muy claro. Cuando la computadora de escritorio irrumpió en mi vida laboral. No era una máquina para hacer las mismas cosas más rápidas y mejor, era un abismo hacia adelante. Y no se podía ignorar, si uno pretendía seguir presente en el mundo. Y por ese artefacto ingresó el resto, hasta el teléfono celular y la inteligencia artificial cada día más omnipresente. Las transformaciones tecnológicas, y enseguida económicas y sociales de este siglo quitan el aliento, y no ha habido período histórico tan vertiginoso en sus cambios. Tampoco tenemos herramientas ni perspectiva para apreciarlos en su dimensión. Ni siquiera han terminado de desplegarse. Pero a diferencia de los casos que expuse, no podemos ponernos a un costado del mundo nuevo, pedir tregua o campo franco. Nos toca y modifica. Y mejor será mirarlo con los ojos abiertos. Sobre la firma Newsletter Clarín

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