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  • Trump y la política del abismo: cuando un líder acorralado pone en riesgo al mundo

    Parana » AIM Digital

    Fecha: 13/04/2026 07:06

    La historia política muestra un patrón tan repetido como inquietante: cuando un líder se percibe acorralado, cuestionado en su legitimidad o debilitado en su poder real, tiende a tomar decisiones de alto impacto, muchas veces desproporcionadas, con consecuencias que trascienden sus propias fronteras. En ese contexto, la eventual decisión de cerrar un punto estratégico del comercio global no puede leerse como un hecho aislado, sino como parte de una lógica más profunda: la del poder en crisis. El estrecho de Ormuz no es un territorio cualquiera. Es uno de los principales corredores energéticos del mundo. Por allí circula una porción significativa del petróleo global. Interrumpir ese flujo implica tensar la economía internacional, alterar mercados, disparar precios y generar incertidumbre geopolítica. Es, en términos concretos, una decisión con capacidad de afectar a millones de personas que no participan de ese conflicto. Cuando un líder opta por este tipo de medidas, el análisis no puede limitarse a lo estratégico. También hay que observar lo psicológico y lo político. Los liderazgos personalistas, construidos sobre la idea de excepcionalidad o destino histórico, suelen reaccionar de manera más extrema ante la pérdida de control. La narrativa mesiánica la convicción de ser indispensable tiende a justificar acciones que, en otro contexto, serían consideradas irracionales o irresponsables. A eso se suma otro factor: el uso del conflicto externo como herramienta de reconfiguración interna. Frente a crisis políticas, judiciales o económicas, la creación de un enemigo o la escalada de tensiones internacionales puede funcionar como mecanismo de cohesión. Se desplaza el eje del debate, se ordena a la propia base detrás de una causa mayor y se busca recuperar iniciativa. No es una novedad. Es una práctica que atraviesa distintas épocas y sistemas políticos. Sin embargo, el problema radica en la escala. En un mundo interconectado, donde las decisiones de una potencia repercuten de manera inmediata en el resto del planeta, este tipo de movimientos deja de ser un cálculo político doméstico y se convierte en un riesgo sistémico. Las cadenas de suministro, los mercados financieros, la estabilidad energética y hasta los equilibrios militares pueden verse alterados en cuestión de horas. Además, hay un componente de imprevisibilidad que agrava el escenario. Cuando las decisiones parecen responder más a impulsos que a estrategias sostenidas, el margen de error se amplía. Y en política internacional, el error no es neutro: puede escalar en conflictos mayores, generar respuestas en cadena y abrir escenarios difíciles de contener. Por eso, más que discutir una medida puntual, lo que está en juego es el tipo de liderazgo que se consolida. La concentración de poder, la debilidad de los contrapesos institucionales y la personalización extrema de la política crean condiciones propicias para este tipo de decisiones. No se trata solo de quién gobierna, sino de cómo se gobierna y con qué límites. La pregunta de fondo es hasta qué punto el sistema internacional está preparado para contener a líderes que actúan desde la lógica del acorralamiento. Y, más aún, qué herramientas existen para evitar que una crisis individual se transforme en un problema global. En definitiva, cuando el poder se ejerce sin anclaje en instituciones sólidas y bajo una lógica de excepcionalidad personal, las decisiones dejan de ser previsibles. Y en ese terreno, el costo no lo paga únicamente quien gobierna: lo paga el mundo. De la Redacción de AiM.

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