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  • La arquitecta que cuestiona cómo vivimos en Argentina desde la lógica japonesa: Tenía que devolver algo a la primera generación que vino

    » La Nacion

    Fecha: 13/04/2026 03:32

    Criada en una comunidad japonesa en La Plata, Miabi Hatanaka convirtió su identidad nikkei en una mirada profesional que interpela la forma de habitar en Argentina: su visión sobre Buenos Aires, la arquitectura y la vida cotidiana - 13 minutos de lectura' Miabi Hatanaka nació en La Plata el 14 de febrero de 1998 y creció entre dos mundos sin saber, durante mucho tiempo, que ese cruce iba a convertirse en el eje de su mirada profesional. Su infancia transcurrió en Colonia Urquiza, a unos 20 km del centro platense, una de las comunidades japonesas más importantes del país, donde la vida cotidiana se organizaba entre tradiciones heredadas, idioma, costumbres y una forma particular de entender el espacio. Pero antes de que todo eso se volviera concepto o teoría, fue, simplemente, vida. Ir a la casa de mis abuelos era ir a ser malcriados con comida japonesa, recuerda entre risas. En ese universo familiar convivían dos lenguajes, a veces literalmente. En la casa de mis abuelos siempre se habló japonés, miraban televisión en japonés, y nosotros en casa hablábamos en castellano. Había una barrera cultural y de idioma muy grande, que con el tiempo se fue achicando. Nosotros íbamos a su casa también a hacer la tarea de japonés. Ese ir y venir entre dos mundos, sin embargo, no siempre fue evidente. Crecí en una comunidad japonesa, pero no lo pensaba como algo distinto, era simplemente mi forma de vida. Íbamos a la escuela común y después, dos o tres veces por semana, también a la escuela japonesa. Mis cuatro abuelos son japoneses, entonces la cultura siempre estuvo muy presente. Recién cuando entré a la facultad empecé a darme cuenta de que había cosas que para mí eran naturales pero no lo eran para todos, cuenta. Ese momento de conciencia fue también un punto de quiebre. Lo que hasta entonces había sido una herencia familiar empezó a transformarse en una herramienta para pensar la arquitectura. Cuando empecé a estudiar entendí que la forma en que habitamos no es neutra, que está completamente atravesada por la cultura. Yo veía cómo mis abuelos vivían en casas que no estaban pensadas para ellos, casas alquiladas que no respondían a su forma de habitar, y tenían que adaptarse todo el tiempo. Eso me marcó mucho, porque entendí que el espacio puede acompañarte o incomodarte según cómo esté pensado, reflexiona. A partir de ahí, su manera de proyectar cambió. Ya no se trataba solo de resolver formas o tipologías, sino de pensar en profundidad cómo se vive dentro de esos espacios. Ese proceso alcanzó su punto más claro en su trabajo final de carrera, donde decidió investigar la arquitectura japonesa desde un lugar conceptual más que formal. Fue un momento clave. Ya sabía que quería seguir formándome en Japón, pero en la facultad no había un desarrollo profundo sobre esa arquitectura. Entonces tuve que investigar por mi cuenta y, sobre todo, cambiar mi manera de pensar, dice. Un proyecto para adultos mayores que fue una forma de restribución El proyecto era un centro para adultos mayores y, en algún punto, también una forma de retribución. Yo sentía que tenía que devolver algo a la primera generación que vino desde Japón, a mis abuelos. Personas que llegaron a un país completamente distinto, con otro idioma, otra cultura, y que hicieron una vida desde cero. No me lo puedo ni imaginar. Entonces pensé el proyecto desde ese lugar: en Japón los adultos mayores tienen un rol central, son fuente de sabiduría, y yo quería recuperar eso. El diseño los ponía en el centro, como un lugar de encuentro, de pausa, de contemplación, donde ese conocimiento se pudiera transmitir a las nuevas generaciones, continúa. Su vínculo con Japón, sin embargo, dejó de ser solo una herencia cuando pudo experimentarlo en primera persona. Tras recibirse, vivió allí durante nueve meses, una experiencia que la sorprendió más por lo emocional que por lo profesional. Me pasó algo muy loco que no esperaba. Yo pensé que iba a estar bastante sola y terminé encontrando una contención de familia real. Desde el tío de mi papá de 94 años hasta una primita segunda de seis, descubrí que tenía personas del otro lado del mundo y un vínculo súper presente. Para mí fue un mimo al alma. La escena, dice, tenía algo de irreal. Familiares que nunca había visto pero que le resultaban cercanos por relatos, por historias escuchadas desde chica. Con mi tío abuelo nos escribíamos cartas. Yo nunca había mandado una carta en mi vida, no sabía ni cómo comprar una estampilla. Y de repente estaba escribiendo una vez por semana, todo en japonés, y recibiendo respuestas. Fue increíble. Ese reencuentro también se construyó en gestos cotidianos. Un tío que es artista me llevaba a recorrer lugares que pensaba que me iban a interesar como arquitecta, salíamos con toda su familia, sus hijos, sus nietos. Otro primo de mi papá vivía cerca y me invitaba a comer una vez por semana. Se fue armando algo que no era un ritual, pero sí una sensación de pertenencia que yo pensé que no iba a poder tener, y menos en tan poco tiempo. Esa experiencia terminó de consolidar una identidad que no es lineal, sino híbrida. Una forma de mirar que se construye en ese entre. Esa lógica, profundamente cultural, es la que hoy atraviesa toda su práctica. Y también es la que la lleva a cuestionar ciertas lecturas superficiales sobre la arquitectura japonesa. Muchas veces se la reduce a una estética, al minimalismo o al japandi, pero Japón no es un estilo, es una cultura con siglos de historia. Lo que pasa cuando se interpreta de manera superficial es que se copia una imagen sin la lógica que la sostiene. Se usan elementos reconocibles pero sin entender cómo se organiza el espacio, cómo entra la luz, cuál es la relación con el entorno o con los materiales. Entonces queda algo vacío, agrega. Para Hatanaka, la clave no está en imitar sino en traducir. No se trata de hacer una casa japonesa en Argentina, eso no tiene sentido. Lo que sí se puede hacer es trabajar con los principios: la relación con la luz, el valor del vacío, las transiciones entre interior y exterior, el respeto por los materiales. Esas son cosas que se pueden aplicar en cualquier contexto. Vos podés tener una casa contemporánea argentina y, sin embargo, incorporar esa sensibilidad de manera consciente, sin necesidad de que parezca japonesa. Esa idea de traducción es también la base de su trabajo de divulgación, que hoy desarrolla en redes sociales (@miabi.design) y en la facultad, (donde es ayudante ad honorem). Me considero una arquitecta que diseña y al mismo tiempo traduce una forma de habitar. No lo veo como dos cosas separadas. En Instagram muestro conceptos que a mí me parecen interesantes y que en Japón están incorporados culturalmente, pero acá no se nombran. Entonces mi aporte también es educativo, hacer visibles esas lógicas para que las personas puedan incorporarlas en su vida cotidiana, aunque sea en pequeñas decisiones, completa. Buenos Aires es de mis ciudades favoritas en el mundo Pero es cuando habla de Buenos Aires donde su mirada se vuelve especialmente potente. Buenos Aires es de mis ciudades favoritas en el mundo. La veo como una ciudad súper intensa, muy vivida, con gente todo el tiempo usando el espacio público. Hay personas corriendo, tomando mate, músicos en la calle, ferias, encuentros. La ciudad funciona como un escenario constante y eso le da una vitalidad increíble. Incluso la vereda deja de ser solo circulación, los cafés y los bares la expanden, la ocupan, y eso genera una relación muy activa con el espacio, define. Sin embargo, esa misma intensidad convive con tensiones que le resultaron más evidentes después de su paso por Japón. Hay algo que me pasó cuando volví, que fue darme cuenta de que, si bien es una ciudad muy social desde el encuentro, no siempre hay una conciencia de lo colectivo o del respeto por el otro. El estado de las veredas, la basura en las plazas, el ruido, los edificios vandalizados, son cosas que están muy naturalizadas. Y eso impacta directamente en cómo se vive la ciudad. La observación no es abstracta, sino concreta. Por ejemplo, la vereda porteña a veces es muy difícil de transitar. Para alguien que camina no pasa nada, pero en silla de ruedas o con movilidad reducida es un problema real. Autos estacionados en rampas, baldosas rotas. Entonces siento que hay mucho uso del espacio, pero no siempre viene acompañado de una responsabilidad o consideración por el otro, advierte. Esa diferencia se vuelve más clara en comparación con Tokio. Son ciudades muy distintas, pero en Tokio hay una lógica más contenida, más anticipada desde el diseño. También porque es más densa y necesita organización, pero hay una idea muy fuerte de respeto por el otro. En Buenos Aires, en cambio, es todo más expresivo, más impredecible, más flexible. Y eso también es parte de su identidad. Las casas chorizo o los edificios antiguos que se van perdiendo Esa identidad, justamente, es otra de sus preocupaciones. Lo explica así: Pienso mucho en cómo la ciudad se transforma y en cómo ciertas tipologías, como la casa chorizo o los edificios antiguos, se van perdiendo. No es que se pierda la arquitectura en sí, pero sí la continuidad, la identidad, una manera de habitar que hacía reconocible a la ciudad. Y ahí aparece una pregunta difícil: cómo diseñar en una ciudad tan viva y espontánea sin resignar la calidad de lo colectivo y de la cultura. En ese sentido, hay un edificio que para ella sintetiza una posible respuesta: la Biblioteca Nacional. No es solo el edificio, sino la posición que toma frente a la ciudad. La decisión de elevar el volumen principal para liberar la planta baja y ceder ese espacio como plaza me parece muy potente. El edificio no empieza en la puerta, empieza antes, en ese vacío que se deja para lo público. Ahí es donde la arquitectura deja de ser solo programa y empieza a pensar en lo colectivo, sostiene. Esa relación entre arquitectura y vida cotidiana es, en definitiva, el núcleo de su trabajo. Nosotros como arquitectos le cambiamos totalmente la cotidianidad a las personas desde decisiones concretas: cómo entra la luz, cómo se organiza un ambiente, cómo se construyen las transiciones, las visuales. Todo eso influye directamente en cómo usamos el espacio y cómo nos sentimos dentro de él. Por eso, más que hablar de vivir mejor, prefiere pensar en otra cosa. No me gusta idealizar. Me interesa más la idea de vivir de manera más consciente. Entender que pequeñas decisiones espaciales pueden generar cambios reales en la vida cotidiana. A veces no es una casa entera, puede ser un rincón, una habitación, una parte del patio. Pero esos ajustes hacen la diferencia, asegura Miabi, de 28 años. La premisa: revalorizar lo existente Hoy trabaja junto a otros arquitectos en propuestas que buscan justamente eso: revalorizar lo existente. Estamos empezando a gestar un proyecto nuevo con colegas, todavía es algo incipiente, pero tiene que ver con mirar lo que ya está, con trabajar sobre lo existente. Me interesa mucho esa línea, porque creo que también ahí hay una forma de construir sentido, anticipa. Entre Japón y Argentina, entre tradición y contemporaneidad, entre diseño y vida cotidiana, Miabi Hatanaka construyó una mirada propia. Una que no busca imponer una estética ni replicar modelos, sino abrir preguntas. Sobre cómo habitamos, sobre qué naturalizamos y, sobre todo, sobre qué posibilidades todavía no estamos viendo. Porque, como ella misma dice, la arquitectura no es solo el espacio que ocupamos, sino la forma en que decidimos vivir dentro de él. No cambiaría todo: empezaría por pequeñas decisiones invisibles Si tuviera que intervenir una vivienda típica argentina, Miabi Hatanaka no empezaría por la estética ni por grandes gestos arquitectónicos. Su mirada iría hacia lo más sutil, casi imperceptible, pero decisivo en la experiencia cotidiana. Creo que lo primero que revisaría es cómo se entra a la casa. En Argentina muchas veces pasamos directamente del exterior al interior sin transición. Me parece interesante empezar a pensar ese momento, ese umbral, como un espacio en sí mismo, señala. También pondría el foco en la organización interna. No tanto en términos de metros cuadrados, sino de relaciones. A veces los espacios están definidos de una manera muy rígida, y eso condiciona cómo se usan. Me interesa más pensar en espacios que puedan adaptarse, que no estén tan cerrados en una sola función. Otro punto clave sería la luz. No solo cuánto entra, sino cómo entra. La orientación, las sombras, los momentos del día. Son decisiones que muchas veces no se priorizan y que tienen un impacto directo en cómo se vive el espacio. Y, finalmente, el vínculo con el exterior. Incluso en casas muy urbanas, siempre hay una posibilidad de generar relación con el afuera, aunque sea mínima. Un patio, una visual, una apertura. No tiene que ser algo grande, pero sí intencional. Lejos de plantear transformaciones radicales, su enfoque propone otra lógica: intervenir desde lo esencial. No se trata de cambiar todo, sino de empezar a mirar distinto. A veces con muy poco se puede modificar completamente la forma en que habitamos. Buenos Aires, más allá de la postal Para Miabi Hatanaka, algunos de los lugares más reconocibles de Buenos Aires no se explican solo por su forma o por su valor simbólico, sino por lo que sucede alrededor. Más que objetos, son escenarios activos donde la arquitectura cobra sentido en el uso cotidiano. Sobre la Floralis Genérica, ubicada sobre la avenida del Libertador, destaca justamente esa dimensión. No es solo un ícono reconocible de la ciudad. Como usuaria, fui a varios eventos ahí y lo que está bueno es todo lo que pasa alrededor: las actividades, los encuentros, las ferias gastronómicas. Incluso la gente que va y se queda a tomar mate. Es un espacio que te invita a quedarte. No es solo un objeto para mirar, está habitado y eso es lo que lo vuelve interesante. En La Boca, en cambio, la clave está en la intensidad cultural. Tiene una identidad súper expuesta, muy vivida, no solo por el color de los edificios, sino por el movimiento constante: las ferias, el tango, la música, la presencia de la gente. Culturalmente es una de las mejores formas de experimentar lo que se siente ser argentino. Es un lugar espectacular, define. También menciona a San Telmo, uno de los barrios más antiguos de la ciudad, donde encuentra otra capa de sentido. Me gusta mucho por las calles, por la antigüedad, por las fachadas. Y el mercado de San Telmo me parece súper interesante, porque no es solo un lugar para comprar. Es un espacio donde conviven distintas épocas y usos, donde hay propuestas nuevas, gente que va a comer, a recorrer, a quedarse. Siempre está lleno y funciona. Eso me parece un acierto, señala. Para Miabi, el paisaje del Obelisco en primavera, con los jacarandás en flor y sobre una de las avenidas más anchas del mundo, es increíble. En todos los casos, su lectura vuelve a un mismo punto: la arquitectura no alcanza por sí sola. Lo que hace que un lugar sea valioso no es solo cómo se ve, sino cómo se usa, si la gente lo apropia, si pasan cosas. Ahí es donde realmente la ciudad se vuelve significativa.

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