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  • Artemis II nos recuerda lo que solía ser EE.UU. para el mundo, y que los argentinos tanto despreciamos

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    Fecha: 12/04/2026 07:05

    En la segunda posguerra y hasta hace poco los norteamericanos supieron demostrarle al mundo la superioridad del sistema democrático frente a las alternativas, las ventajas del capitalismo competitivo y de una sociedad abierta y pluralista. El empuje que J.F. Kennedy le dio a la carrera espacial en aquel entonces, para sacarle ventaja a los soviéticos, era solo una más, tal vez la más rutilante pero para nada la más importante, de una serie de batallas culturales, como se dice ahora, que por suerte y con mucho esfuerzo los norteamericanos le ganaron al bloque comunista y sus otros antagonistas. Tras la guerra de Vietnam y la seguidilla de golpes militares en América Latina tuvieron que demostrar que aún los derechos humanos eran una bandera de Occidente, y lo hicieron. Tenían que demostrar que podían desprenderse de los legados del esclavismo y lo hicieron. Tenían que demostrar que podían controlar mejor que los sistemas estatistas los problemas de la burocratización, los monopolios y las oligarquías, y lo hicieron. El programa Apolo era importante, y consumía una enorme cantidad de recursos. Pero era solo la frutilla de un postre mucho más amplio y sustantivo sobre lo que significaba el progreso, qué futuro podíamos tener por delante. Y mientras tanto, ¿qué hacíamos en estos pagos? El nacionalismo tercerista, el corporativismo y el antimperialismo, abrazados con entusiasmo por aquel entonces tanto por civiles como por militares, las izquierdas y las derechas, las elites y las clases subalternas, nos impidió disfrutar de prácticamente todos los beneficios de ese postre. Y no seguimos su ejemplo casi en nada. Nos volvimos la sociedad más antinorteamericana del planeta, tal vez más que la propia URSS o Cuba. Y en muchos aspectos un país mucho más parecido a los del otro lado del muro que a EE.UU.: con una desconfianza paranoica frente a las sociedades abiertas, un victimismo cebado por la decadencia, la añoranza de una unidad nacional orgánica y monolítica, que corroyó la convivencia y la cooperación social, el imperio de múltiples corporaciones con sus oligarquías intocables, todo parecía emparentarnos más con los rusos que con los norteamericanos. Leé también: La tortilla se dio vuelta: el oficialismo manda en el Congreso, la agenda pública la controlan los opositores Parcialmente en 1983, con más intensidad en los años noventa, intentamos abrir una vía distinta para nuestro desarrollo y convivencia. Pero en cuanto se presentó la oportunidad volvimos a competir por el podio mundial de antinorteamericanismo. Hasta que nos cansamos otra vez de fracasar. Muchos se vienen preguntando si el alineamiento con EE.UU. de parte de Javier Milei y su gobierno no es exagerado, sobreactuado, hasta servil y ridículo. Pero el problema más grave que tal vez tenga es que llegó tarde. Porque hoy los norteamericanos puede que todavía sigan ganando la carrera espacial, pero en todas las demás batallas culturales en que antes sacaban ventaja están en caída o directamente descalificados. La coincidencia entre el regreso de Artemis II a la tierra y el fracaso redondo de Trump en su guerra con Irán lo ilustra muy bien. Pero también está ahí para probarlo el fracaso de su política de aranceles, de la política anti inmigratoria, las secuelas de la politización facciosa del aparato estatal y de la polarización extrema de la competencia electoral. Todo ello animado por un nacionalismo victimista y decadentista que se parece demasiado al que hasta hace poco abrazábamos como para que alguien pueda esperar de él algún buen resultado. ¿Tiene sentido que intentemos parecernos, justamente ahora, al viejo modelo norteamericano, cuando ellos lo están abandonando, para hacer todo lo que nosotros veníamos haciendo hasta acá? Claro que tiene sentido, aunque conviene, para que no fracasemos de nuevo, prestarle atención a las consecuencias que tiene haber llegado tan tarde a esa opción. Lo que no tiene sentido, en cambio, es que volvamos a intentar lo mismo con lo que fracasamos ya tantas veces, simplemente porque ahora lo están haciendo los norteamericanos, de la mano de Trump. Que es lo que proponen por momentos desde el oficialismo, cuando se entusiasman con su extremismo ideológico. Pero paradójicamente sobre todo lo que sugieren los críticos más furibundos de Milei y de su occidentalismo tardío, que se sienten reivindicados doblemente cada vez que EE.UU. se estrella contra la pared: les permite ser pro y antinorteamericanos a la vez, imitando solo lo malo, en un combo nac and pop más tóxico que nunca.

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