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Gualeguaychu » El Dia
Fecha: 11/04/2026 16:33
Su muerte en 1870 no solo fue el final de un caudillo clave en la organización nacional, sino también el punto de quiebre definitivo del federalismo entrerriano. El asesinato, ejecutado en el marco de la Rebelión jordanista, derivó en la intervención del Estado nacional, una prolongada guerra civil y la consolidación de un nuevo orden político en la Argentina. El 11 de abril de 1870, en su residencia del Palacio San José, el general Justo José de Urquiza fue asesinado por un grupo armado vinculado al movimiento encabezado por Ricardo López Jordán. Casi en simultáneo, otras partidas vinculadas a la Rebelión jordanista asesinaron en Concordia a dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino Urquiza. Ambos ocupaban cargos políticos y militares, y eran vistos como continuadores del poder y la influencia de su padre en la provincia. Los hechos, violentos y simbólicos, no sólo terminaron con la vida de uno de los protagonistas centrales de la organización nacional y la de sus posibles herederos, sino que también abrió una nueva etapa en la historia política argentina, especialmente en Entre Ríos. No hay dudas de que Urquiza fue una de las figuras más influyentes del siglo XIX argentino. Tras años como aliado de Juan Manuel de Rosas, en 1851 encabezó el Pronunciamiento que lo enfrentó al poder porteño. Poco después, al frente del Ejército Grande, logró derrotarlo en la Batalla de Caseros, un hecho decisivo que permitió iniciar el proceso de organización institucional del país. Ese triunfo abrió paso a la sanción de la Constitución de 1853 y a su posterior presidencia de la Confederación Argentina entre 1854 y 1860. Pero la Batalla de Pavón de 1861 marcaría un punto de quiebre para la historia nacional y del caudillo entrerriano. Allí se enfrentaron la Confederación Argentina, comandada por Urquiza, y el Estado de Buenos Aires, dirigido por Bartolomé Mitre. Estaba en juego qué modelo de país se iba a imponer: una organización con mayor peso de las provincias o un esquema centralizado bajo la hegemonía porteña. El desarrollo del combate fue parejo y sin un vencedor claro. Sin embargo, en una decisión que aún hoy genera debate, Urquiza ordenó retirarse del campo de batalla y replegarse hacia Entre Ríos. Esa determinación, más política que militar, resultó decisiva: la Confederación se desarticuló y Mitre asumió poco después la presidencia del país unificado, consolidando el predominio porteño. Desde entonces, el rol de Urquiza cambió de manera profunda. De acuerdo con algunas corrientes historiográficas, su actitud conciliadora con el poder central -primero con Mitre y luego con Sarmiento- fue vista como una claudicación para muchos entrerrianos y federales. En ese sentido, su negativa a apoyar levantamientos federales y su respaldo a la política nacional, incluso durante la Guerra del Paraguay, habrían profundizado el descontento y conducido a una erosión de su liderazgo, sentado las bases para la posterior insurrección que se cobró su vida. Se argumenta que durante años la figura de Urquiza había sido blanco de críticas, campañas periodísticas y advertencias sobre posibles atentados, y que desde sectores políticos se había instalado la idea de su eliminación como salida al conflicto. Sin embargo, otras lecturas de los hechos afirman que no fue así, como la del profesor e historiador entrerriano Gastón Buet, especialista en el tema: Se han tejido muchas mentiras alrededor de su asesinato. En primer lugar, las fuentes históricas revisionistas mienten cuando dicen que la estrella de Urquiza se había eclipsado. ¿Por qué en la partida que lo asesinó había solo un entrerriano? Si hubiera sido una persona mal vista en Entre Ríos, les hubiera sido fácil encontrar asesinos en la provincia. Por otro lado, cuando se lo acusa de traición y demás, fue toda una falacia inventada por López Jordán, apoyada después por la historia revisionista, que es rosista, y siempre trató de destruir la imagen de Urquiza. El trasfondo real era que López Jordán quería ser gobernador de Entre Ríos. Lo había intentado, había tratado de postularse y Urquiza apoyó a Domínguez. Ahí López Jordán se dio cuenta de que nunca iba a ser gobernador mientras Urquiza estuviera vivo. Entonces planeó este asesinato, que no fue uno cualquiera, fue el asesinato del gobernador legal del estado de Entre Ríos. Y la confirmación es que no solo mató al gobernador, sino también a sus dos hijos mayores que vivían en Concordia y se perfilaban como sus sucesores políticos. Todo fue orquestado por López Jordán para dar un golpe de Estado en la provincia. La excusa fue traición, fue Pavón, fue una alianza con Brasil en Caseros. El asesinato de Urquiza se produce simplemente por ambiciones políticas de un caudillo, que era López Jordán, que no entendía que el tiempo de las lanzas había terminado, que no solo había una Constitución Argentina sino también una Constitución Provincial, y que -en última instancia- fue el idiota útil para intervenir en la provincia. Mientras Urquiza vivía, Entre Ríos era el segundo PBI más rico de la Nación y la única provincia que el presidente Mitre no había intervenido militarmente. La muerte del gobernador le dio el pie legal al presidente Sarmiento para intervenir y ahí empezó el derrotero de fracaso económico del estado entrerriano. Tras la muerte de Urquiza, Entre Ríos entró en una etapa de crisis profunda que rápidamente derivó en guerra abierta. El hecho formó parte del inicio de la Rebelión jordanista, encabezada por Ricardo López Jordán, quien poco después fue proclamado gobernador por la Legislatura provincial. Sin embargo, su autoridad no fue reconocida por el gobierno nacional de Domingo Faustino Sarmiento. Ante esa situación, la Nación intervino militarmente. Tropas del Ejército ingresaron a Entre Ríos y se desató una serie de enfrentamientos que se prolongaron durante años, dando lugar a las llamadas guerras jordanistas. La provincia quedó así sumida en un conflicto armado casi permanente. Con el correr de las campañas, López Jordán fue derrotado y obligado al exilio, tras varios intentos fallidos de retomar el poder. Su caída marcó el debilitamiento definitivo del federalismo entrerriano como fuerza capaz de disputar el control político. Más allá de Entre Ríos, el crimen de Urquiza simbolizó el cierre de la etapa de los grandes caudillos del siglo XIX y consolidó el avance del Estado nacional centralizado. Desde entonces, el poder político quedó cada vez más concentrado en el gobierno nacional, reduciendo la autonomía que las provincias habían ejercido durante décadas. La crónica del asesinato y el ocultamiento del cadáver A fines del siglo XIX, el escritor gualeguaychuense Fray Mocho publicó en la revista Caras y Caretas una entrevista al coronel Carlos Anderson, quien había sido jefe de la guardia del Palacio San José y testigo directo del crimen. Ese testimonio, recogido casi treinta años después de los hechos, constituye una de las reconstrucciones más vívidas de aquella jornada. Según ese relato, en la tarde del 11 de abril de 1870 una partida armada vinculada a López Jordán irrumpió en la residencia de Urquiza al grito de ¡Abajo el tirano!. El ataque fue rápido y coordinado. Serían entre las siete y siete y veinte de la noche, cuando sentí que don Justo que estaba, como era su costumbre, tomando el té bajo la galería en la entrada del patio le preguntaba al hombre de servicio: ¿Qué ruido es ese?. Parecía ser un tropel bastante sonoro que se acercaba rápidamente. ¡Ah! lAh! ¡Eso es! Ha de ser una comisión que debe llegar de Nogoyá. Y luego, no más como el tropel siguiera y no se detuviese dónde estaba ordenado se detuvieran las comisiones, agregó ya gritando son asesinos cierre la puerta del pasillo. Y lo oí que corría para la sala-costurero de la señora, que quedaba casi en la esquina del patio y se comunicaba con la torre del Palacio por medio de otro cuartito donde estaba la escalera, que era de fierro y de esas llamadas de caracol. En la torre había armas y si el General sube se salva, pero lo perdió su genio, pues como encontró un riflecito a mano, volvió al patio corriendo, relató Anderson, y agregó que, al ver a sus atacantes, Urquiza les gritó ¡No se mata así a un hombre en su casa, canallas!, disparando contra uno de ellos. Álvarez, entonces, le tiró con un revólver y le pegó al lado de la boca era herida mortal, sin vuelta. El General cayó en el vano de la puerta y en esa posición Nico Coronel le pegó dos puñaladas y tres el cordobés Luengo, único que venía de militar que lo alcanzó cuando ya la señora Dolores y Lola, la hija, tomaban el cuerpo y lo entraban a la pieza, en la cual se encerraron con él, yendo a recostarlo en la esquina del frente, donde se conservan hasta ahora las manchas de sangre en las baldosas, narró ante Fray Mocho el testigo de los hechos. El asesinato ocurrió frente a su familia y en el corazón mismo del poder que Urquiza había construido durante décadas. El cuerpo, ya sin vida, fue retirado del Palacio y trasladado a Concepción del Uruguay, donde fue velado con discreción en la casa de su hija. El clima era de temor: muchos de sus allegados evitaban asistir por miedo a represalias en medio de la insurrección jordanista. Inicialmente, los restos fueron sepultados en el cementerio local. Sin embargo, la situación política y el odio que aún despertaba su figura generaron un temor concreto: que el cadáver fuera profanado o utilizado como trofeo. Por ese motivo, su viuda, Dolores Costa, decidió trasladarlo en secreto. En una operación nocturna y reservada, el féretro fue llevado a la iglesia principal de la ciudad y ocultado en un lugar desconocido. Ese secreto se mantuvo durante décadas. Solo unas pocas personas conocían el verdadero paradero del cuerpo y, con el paso del tiempo, esa información se perdió. Durante más de 80 años, nadie supo con certeza dónde estaban los restos de Urquiza. Recién en 1951, tras una búsqueda dentro de la basílica, se descubrió que el cadáver había sido ocultado dentro de una pared, en una cripta tapiada. El hallazgo permitió confirmar detalles del asesinato: el cráneo presentaba daños compatibles con el disparo en el rostro y las heridas posteriores. Finalmente, los restos fueron identificados y trasladados a un mausoleo en la Basílica de la Inmaculada Concepción, donde descansan en la actualidad.
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