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  • Día Mundial del Parkinson: una enfermedad que empieza mucho antes que el temblor

    Parana » Uno

    Fecha: 11/04/2026 11:53

    Cuando escuchamos la palabra Parkinson de manera general pensamos en una enfermedad con una imagen dominante: una mano que tiembla. Esa imagen hoy ya resulta limitada y la mirada médica está dirigida hacia un espacio conceptual más amplio y menos visible. Día Mundial del Parkinson: una enfermedad que empieza mucho antes que el temblor Nuevas estrategias médicas proponen detectar el Parkinson de forma temprana, incorporar apoyo familiar y dar prioridad a la calidad de vida de los pacientes En este constructo más amplio, la idea es que la enfermedad puede empezar años antes de la exteriorización motora, con indicadores, signos y síntomas aparentemente desconectados entre sí, como la pérdida del olfato, constipación, trastornos del sueño, cambios del ánimo, hipotensión, y demás indicadores neurovegetativos. En general, estos fueron subestimados o evaluados de manera aislada. Este cambio de paradigma puede ser una de las claves más importantes del presente del Parkinson. Quizás por esta visión más amplia es que en el Día Mundial del Parkinson 2026, la Asociación Europea de Parkinson proponga como lema del año Generar puentes en la brecha de cuidados. La consigna que puede parecer difusa apunta a salir de un modelo tradicional, donde ya no alcanza con diagnosticar y medicar, es decir, detectar la rigidez y el temblor y adjudicarle un fármaco, sino que hay que pensar en otros aspectos más como el seguimiento, el apoyo familiar, la rehabilitación, los síntomas no motores, como son los cognitivos y emocionales y, de manera general, la calidad de vida, publica Infobae. Es decir, el problema no es sólo neurológico en un sentido tradicional, sino de salud general, y también sanitario, social y organizacional. Esta mirada es incorporar no solo que el Parkinson no comienza necesariamente cuando aparece el temblor, sino que implica recordar algo que a menudo queda relegado: nunca fue sólo una patología del movimiento. Una revisión publicada este año en Nature Reviews Neurology subraya el avance de este y otros biomarcadores con potencial para mejorar la precisión diagnóstica y permitir diagnósticos más tempranos. Este cambio, que también estamos viendo en varias áreas de la neuropsiquiatría, es la búsqueda de pasar de una definición puramente clínica, basada principal o únicamente en signos motores ya instalados, a una definición cada vez más biológica con biomarcadores. Otra línea, aún a modo experimental, es el trabajo que se publicó en la revista Nature Aging, referente a un análisis de sangre basado en fragmentos de ARN de transferencia en casos presintomáticos. El estudio propone una vía simple y poco invasiva que, si logra validarse en cohortes más amplias, podría ayudar a identificar Parkinson antes de que los síntomas motores sean evidentes. Es claro que estos trabajos hay que tomarlos de manera prudente: aún no hay un test de sangre establecido en el Parkinson, pero sí una señal hacia dónde está el camino y hacia dónde se mueve la investigación. Al mismo tiempo de esa búsqueda de marcadores biológicos, está la ampliación de la mirada más allá de lo biológico. El Parkinson no sólo deteriora funciones, también altera la relación de la persona con su propio cuerpo, con su voluntad y con la continuidad de su identidad En otra nota que hablaba sobre Identidad y autopercepción: cómo la enfermedad de Parkinson redefine la relación entre cuerpo y mente vimos que entre la intención y la acción puede abrirse una fractura profundamente existencial. Es decir, no se trata de una visión aplanada de la vida emocional como apéndice de lo motor, sino un cuestionamiento del propio ser en el mundo, que podría explicar la magnitud de la respuesta anímica en estos casos, más allá de la ansiedad o depresión. También vemos que las innovaciones no ocurren sólo en el diagnóstico, sino también en la forma de tratar. En 2025, la FDA aprobó una modalidad de estimulación cerebral profunda adaptativa, un sistema que ajusta la estimulación en tiempo real, según la actividad cerebral del paciente. Más allá de la idea y la posibilidad de una herramienta no farmacológica, está el cambio que implica pensar en terapias más personalizadas y sensibles a la variabilidad real de cada persona. Y a eso se suma otro hecho de gran impacto científico, pero también simbólico: Japón avanzó este año con la aprobación, condicional y limitada, de un tratamiento derivado de células iPS para Parkinson que fue presentado como el primer producto médico de este tipo para la enfermedad. Se trata de células adultas reprogramadas en laboratorio para volver a un estado inmaduro y versátil, a partir del cual pueden transformarse en neuronas productoras de dopamina, con la esperanza de reemplazar parte de las que la enfermedad destruye. Si bien no estamos ante una cura inmediata ni ante una solución disponible, esto muestra que ciertas líneas de investigación que durante años parecían casi futuristas ya empiezan a poder concretarse. Preocupante Sin embargo, más acá del entusiasmo o esperanza que puedan generar estas líneas de trabajo, el panorama general de la enfermedad sigue siendo preocupante. Un estudio publicado en el British Medical Journal proyectó que para 2050 habrá 25,2 millones de personas viviendo con Parkinson en el mundo. Esto implica un aumento del 112% respecto de 2021. Esto obliga a pensar que incluso si la ciencia avanzara con suma rapidez sostenida por modelos de investigación asistidos por inteligencia artificial, la magnitud del problema ya obliga a pensar en sistemas de salud, redes de cuidado y políticas de largo plazo. Es decir, excede el campo exclusivamente médico. Este pronóstico del crecimiento poblacional de personas afectadas lleva a pensar que el gran campo del Parkinson, así como en otros temas de salud, quizá no sea solo encontrar una cura que implique un cambio, sino lograr que esos millones de casos -potenciales o reales- lleguen antes al diagnóstico, reciban una atención menos fragmentada y no queden reducidas a una visión parcial. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud insiste en que la enfermedad incluye síntomas motores y no motores, con altas tasas de discapacidad y necesidad de cuidados, y que muchas personas desarrollan también deterioro cognitivo o demencia en el curso de la enfermedad. Proyección Se proyecta que para 2050 habrá más de 25 millones de personas con Parkinson en el mundo, un aumento del 112% Al mismo tiempo de la búsqueda de nuevos abordajes como la estimulación cerebral, los tratamientos clásicos siguen bajo revisión. A comienzos de abril de 2026, la FDA publicó una advertencia para que ciertos productos con carbidopa/levodopa incorporen información sobre déficit de vitamina B6 y convulsiones asociadas. Esto no modifica el lugar central que sigue teniendo la levodopa en el tratamiento del Parkinson, pero nos obliga a tener en cuenta que la medicina real nunca es estática, ni siquiera en sus herramientas más consolidadas, y que aún a estas se las debe someter al tamiz de los nuevos hallazgos, sin por eso suponer que quedan de lado, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento. James Parkinson presentó en 1817 un trabajo titulado Ensayo sobre la parálisis agitante. Quizás allí este la clave: salir de la idea de parálisis. Quizás todo se trate de que esa mirada nueva implique pesar en Parkinson de una menara menos estática. No como esa imagen rígida de una enfermedad paralizante con temblor y un tratamiento fijo, sino como un campo dinámico en plena transición. El saber y entender más las fases iniciales, poder diagnosticarlo antes, implica modelos de abordaje más amplios y dinámicos. Sabemos más sobre sus fases tempranas y estamos intentando diagnosticarlo antes. Se están ensayando formas más inteligentes de tratarlo. Salir de esa parálisis implica una nueva conciencia de que el verdadero desafío no es sólo biomédico, sino profundamente humano: reconocer antes, acompañar mejor y no esperar al temblor para empezar a ver la enfermedad.

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