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Fecha: 11/04/2026 06:59
8 disparos. 8 balazos que penetraron el físico trabajado, fibroso. El cuerpo tirado boca arriba, la sangre que tiñe el sweater y la campera. El robo salió mal y la policía los mató a los cuatro. A un secuaz, a su hermano, a su mejor amigo y a él, César Abel Romero, la Bestia. Es el 23 de julio de 1984 y la policía lo acaba de matar después de que robara con su banda dos empresas de transportes en el Gran Buenos Aires. Hubo un largo tiroteo, no se entregó fácil. No quería volver a la cárcel. Pero Romero no era un delincuente más; al día siguiente, su nombre estaba en la tapa de todos los diarios. 9 días antes había peleado en Montecarlo por la chance de disputar el título del mundo ante una leyenda como Michael Spinks. Estaba, hasta esa pelea, sexto en el ranking de la categoría Medio Pesado. Los músculos, la pegada pesada, la actitud desafiante, los tatuajes, el pasado delictivo, los años de cárcel y la historia de superación, abriéndose paso en el boxeo, casándose y criando a dos pequeños mellizos. La historia de la Bestia Romero tenía todo para llamar la atención. Pero ese final nadie lo había imaginado. Era el cuarto de siete hermanos. Los dos mayores habían muerto en enfrentamientos con la policía. El tercero purgaba una larga condena. César había trabajado de todo lo que se le había cruzado. De caddie, como chapista, sodero, albañil, repartidor de damajuanas de vino. Entre un trabajo y otro, robaba. Desarmaba autos y locomotoras, asaltaba hombres, mujeres, parejas. Ingresaba a mano armada en distintos negocios. Lo detuvieron muchas veces. Participó en una decena de tiroteos. Andaba armado desde su adolescencia. Contaba que la última vez se había salvado porque justo en medio de la huida salieron chicos de un colegio y la policía dejó de disparar. En esa época ya se había ganado el apodo de La Bestia. No era por la poderosa pegada que demostraría después, sino por su falta de límites cada vez que salía a robar. Pasó más de cinco años en prisión. La primera vez que lo detuvieron tenía 11 años. Parecía que ese pasado turbulento había quedado atrás cuando comenzó a destacarse en el boxeo. Eso es lo que hacía el boxeo: sacar de las calles a los que se abrían paso a los golpes, de la pobreza, de la delincuencia; canalizaba la violencia y daba una esperanza. Romero había salido de la cárcel por última vez a fines de 1978. Estuvo preso en Mercedes, en Olmos y en Devoto. Siempre condenado por robos. En el primero de esos penales aprendió a boxear. Había que aprender a pelear para que no me violaran ni me lastimaran. Había que saber defenderse. Esa era la ley en los penales, dijo. De la cárcel se llevó el nuevo oficio y muchos tatuajes ostentosos que en la época -donde casi eran exclusiva propiedad de marineros y de presidiarios- llamaban mucho la atención. El más visible era un águila que ocupaba todo su pecho. Eran 25 en total. Cada nota periodística que le hacían hablaba de ellos. Más allá del águila, tenía otros dos que intrigaban. Uno que conocían pocos: se había tatuado en el pene. Otro que era una promesa: Madre, nunca más. Al salir la última vez de prisión le había prometido a la madre que no volvería a delinquir, que intentaría con el boxeo. Cumplió durante casi seis años. Su ascenso como púgil había sido un accidente, nadie lo había previsto. El uruguayo Flores Burlón tenía firmada ya una pelea contra Michael Spinks. Romero, sin mayores antecedentes, debía ser un peldaño para que llegara mejor preparado a la gran cita, un trámite. Pero la Bestia dio la sorpresa y lo puso knock out en el segundo round. El Luna Park enmudeció. Muchos de los que se fueron esa noche caminando por Corrientes creyeron que habían visto nacer una estrella. Después de la victoria frente a Flores Burlón peleó contra cinco rivales menores y los derrotó a todos con claridad. El último gran obstáculo era el paraguayo Juan Carlos Giménez en el Luna Park. Otro triunfo que lo hizo ascender más en el ranking mundial y lo puso frente al venezolano Fulgencio Obelmejías, un veterano y complicado rival. De superar ese escollo, Romero se enfrentaría a Michael Spinks, campeón olímpico y monarca monopólica de la categoría en el profesionalismo (poco después también se consagraría en los pesados). La bolsa que recibiría sería significativa, de esas que hacen la diferencia. La pelea con Obelmejías fue en Mónaco. Abría una velada que tenía como plato principal el enfrentamiento entre Davey Moore y Wilfredo Benítez. Romero era parte de la programación porque en la de semifondo se presentaba Martillo Roldán. Tito Lectoure estaba restaurando el camino internacional de Martillo tras la derrota frente a Marvin Hagler; era el regreso de Roldán a los grandes escenarios (terminaría enfrentándose a Tommy Hearns en una pelea electrizante). Y, cómo solía hacer, Lectoure coló otro argentino en la gran gala. Romero se entrenó a conciencia. Sabía que si vencía al venezolano su carrera tomaría un impulso diferente y que con Spinks la bolsa sería de seis cifras en dólares. Tenía 29 años y era consciente de que estaba frente a su última gran oportunidad. La bolsa de Romero por la pelea frente a Obelmejías fue de 5.000 dólares (16.000 dólares a valor actual). César Abel Romero invitó al viaje a su hermano Mario Saúl -dos años menor que él- y a Pichi Rodríguez, un amigo de toda la vida. Ellos se alojaban en un hotel de menor calidad pero acompañaban a la Bestia cada vez que podían. La Bestia había pagado sus pasajes y alojamientos. Ernesto Cherquis Bialo en una nota que escribió en El Gráfico describe los días monegascos de los otros dos como vacíos, de ocio quieto y miradas perdidas. Además de su amigo y su hermano, para alentar a Romero viajaron otras cuatro personas. Hugo Basillota, dueño de alfajores Guaymallén, Raúl Gámez -los dos de Vélez-, Omar Buchacra -otro hombre relacionado con el fútbol: integrante de la 12 del Abuelo y concesionario de los kioscos de varias canchas- que oficiaba de representante ad honorem de Romero y el gerente de la compañía de seguros Vigencia. Guaymallén y Vigencia eran sponsors de la Bestia y le pagaban entre los dos unos 70.000 pesos mensuales que lo ayudaban a alimentar su familia. Ese grupo se mantuvo cerca del boxeador durante su estadía. Pero él prefería pasar el tiempo libre con Pichi y su hermano. Leé también: Unabomber: ascenso y caída del brillante matemático que sembró terror enviando bombas por correo Todos coinciden que no hubo mayores problemas de convivencia ni en los días previos en San Remo ni en Montecarlo en la delegación encabezada por Lectoure. Romero vio a sus amigos sólo en los momentos de esparcimiento y siempre pidiendo autorización a Lectoure. Roldán y Romero no hablaban demasiado entre sí. Roldán parecía no quererlo. En una sesión de guantes le pegó con fuerza y lastimó dos de las costillas de la Bestia. Tito Lectoure le tuvo que pedir que no se ensañara con su compañero de entrenamiento. Pero para Martillo, por lo general afable, algo se había roto entre ellos. No lo respetaba. La Bestia Romero estaba confiado antes de subir al ring. Bien entrenado, sin problemas para el peso, consciente de que era su chance para dar el gran salto, lo que venía esperando desde hacía mucho tiempo. Sólo extrañaba a su esposa y a sus dos hijos; decía que quería que le fuera bien para poder llevarlos con él la próxima vez. Alguien le preguntó por qué no los había llevado a ellos y sí a su hermano y a Pichi. Son cosas diferentes, respondió antes de cambiar de tema. Apenas sonó la campana Obelmejías le tiró su experiencia encima. Romero estaba atado, no mostraba potencia, y parecía perdido en el ring, como si alguien hubiera absorbido su alma. El rincón del argentino se desesperaba. Nada de lo planeado estaba sucediendo; y la Bestia estaba desconocido, entregado. El venezolano ganó cada round con suficiencia; al finalizar el quinto hasta se dio el lujo de tocarle socarronamente un glúteo. Ni siquiera así reaccionó el púgil argentino. Fue una derrota clara. En las horas siguientes, pese a la buena victoria de Roldán, el clima en la delegación era lúgubre. La gran chance se había evaporado. Y nadie estaba convencido de que volviera a tener otra. Después de descontada la parte que le correspondía a su entrenador, los gastos de pasajes, anticipos percibidos y alojamientos de su hermano Mario y de su amigo Pichi, y los consumos extras en el hotel luego de la pelea, Romero quedó debiendo 500 dólares. De Europa volvía sin la chance del título y con una deuda. En los días posteriores a la muerte del boxeador, Lectoure dejó claro que la liquidación había sido de 2.721 dólares, luego de las deducciones de los anticipos, gastos menores y el porcentaje acordado con el entrenador. El hombre fuerte del boxeo argentino quería despejar dudas y que nadie creyera que había salido a robar de nuevo porque en Mónaco había sido estafado por él o su entrenador. Lo cierto es que esa fue la liquidación de la bolsa de la pelea, pero luego Romero debió pagar lo del hermano y el amigo. Para hacerlo, además de usar el dinero de la bolsa, pidió prestado. Romero regresó al país el lunes posterior al combate. Todavía no lo sabía pero le quedaba una semana de vida. Su hermano y su amigo lo hicieron recién el jueves: su pasaje era más barato y debieron afrontar escalas y desvíos insólitos. Romero los fue a recibir a Ezeiza. Luego de los abrazos y saludos, mientras volvían a su barrio en auto, programaron su siguiente paso profesional: darían un gran golpe. Romero les dijo que ya tenía visto un posible objetivo. Tres días después, el lunes 23 de julio de 1984, bien temprano por la mañana, los hermanos Romero pasaron a buscar a Rodríguez por su casa. Pichi Rodríguez preguntó si podía llevar a su hijo. César, cortante, le dijo que no. Rodríguez no necesitó explicaciones, entendió que ese era el día. Al salir de allí, los tres se reunieron con otros cómplices. Se subieron apretados a un Dodge 1500 marrón y arrancaron. Hasta que la Bestia ordenó frenar. Bajó del Dodge con su hermano y con Pichi. Le apuntaron en una calle angosta a un hombre que manejaba hacia su trabajo; aterrado tuvo que dejarles el Volkswagen Gacel. En los dos autos se dirigieron hacia las oficinas de una empresa de transportes en Camino de Cintura. Los dos Romero, Mario y César, se pusieron pelucas con rulos y anteojos negros. Llegaron diez minutos antes de que el camión de caudales pasara a retirar la recaudación de todo el fin de semana. Alguien les había dado un buen dato. Había alrededor de 2.500.000 de pesos, algo más de 30.000 dólares. Hubo gritos, armas blandidas y un accionar veloz. El que comandaba la operación era la Bestia. Pusieron el dinero dentro de una bolsa y reemprendieron el camino. De ahí siguieron hasta otra terminal de micros en Isidro Casanovas. 17 minutos después del primer robo se repetía la escena: Todos al piso, amenazas, el camino rápido hacia la caja fuerte -en ambos sitios sabían dónde estaba. En el momento de la apertura, la decepción: sólo había 34.000 pesos. Falló el cálculo y el camión de caudales, esta vez, se les había anticipado. Otro inconveniente: se habían olvidado la bolsa para meter dentro el dinero. Con un gesto de su arma, César Romero consiguió que uno de los empleados-rehenes le diera su campera para que pusieran dentro los fajos de billetes. Acá la historia se vuelve imprecisa. Algunos dicen que la policía estaba avisada -por el robo del auto y el del primer botín-, los venía siguiendo y los rodeó con facilidad. Otros, que algún vecino los vio reducir con violencia a dos directivos de la empresa de transportes y dio aviso a la comisaría más cercana. Lo cierto es que 9 policías llegaron al lugar. Cuando se apostaban, Romero y sus secuaces los divisaron. Hubo gritos, pedidos de rendición, alguna corrida. El boxeador dio la orden de disparar. Los delincuentes abrieron fuego. Días antes, en Montecarlo, le había asegurado al periodista Ernesto Cherquis Bialo que no iba a reincidir en el delito, pero si hago una macana, prefiero la boleta antes que volver a la cárcel, concluyó. El tatuaje se resignificaba: el nunca más afirmaba no que no iba volver al delito, sino que Romero tenía claro que no iba a volver a la cárcel. Esa mañana en Isidro Casanovas lo demostró. Se desató una balacera feroz, infernal. Cuarenta minutos de disparos. De un lado y del otro. Los refuerzos policiales no tardaron en llegar. Los integrantes de la banda que esperaban afuera, como campanas, lograron escapar. Los autos en los que habían llegado quedaron estacionados en la puerta. Romero trató de fugarse por el fondo de la propiedad, a través de una casa vecina. Los policías los siguieron hasta allí. Más disparos. Primero cayó Pichi, de inmediato el cuarto integrante de la banda. Quedaban los dos Romero. A Mario, le dieron en la espalda, mientras corría para alejarse. A César la Bestia Romero le pegaron 8 balazos. Quedó tirado boca arriba con la campera tiñéndose lentamente de rojo oscuro. En el baúl del auto encontraron la plata del primer robo y un arsenal: decenas de armas largas y revólveres, varias cajas de municiones. Esa misma tarde, la sexta del diario Crónica publicó en tapa la noticia de los cuatro delincuentes muertos y de los dos policías internados con graves heridas. Al título con letras catástrofe lo acompañaba la foto de Romero muerto en el piso. Pero no se lo identificaba. El periodista que había conseguido la primicia o el policía que la había pasado no se había dado cuenta de que el boxeador que habían visto por televisión dos fines de semanas atrás y el delincuente abatido eran la misma persona. La foto en blanco y negro con poca definición y el papel granulado hicieron que nadie lo reconociera. También debe haber ayudado lo inverosímil de la situación: ¿cómo el hombre que vimos por televisión unos pocos días atrás sobre un ring en Montecarlo va a liderar una banda de asaltantes? Recién a la mañana siguiente, Clarín develó en tapa la identidad de los muertos. Leé también: Hugh Hefner, entre los excesos y el escándalo: la vida del dueño de Playboy que construyó un imperio del sexo Todos los medios se ocuparon del caso. Las crónicas del caso eran detalladas y abundaban en términos como gavilla, banda de malvivientes, esferas policiales y terminología similar que se utilizaba en la época. El lunes siguiente Cherquis Bialo escribió un artículo extraordinario en El Gráfico contando los días de la delegación argentina en San Remo y Montecarlo en la previa de la pelea con Obelmejías. Hablaba del pasado de Romero, de las presencias inquietantes del hermano y el Pichi, de lo poco que le agradaba a Martillo Roldán su colega y del quiebre definitivo en la relación entre los dos boxeadores la noche que en la cena Romero contó: Mi suegra me jodía mucho hasta que un día le di un piñazo y no jodió más. César la Bestia Romero aspiraba a convertirse en una gloria del deporte. No lo consiguió. Su nombre quedó sellado a las crónicas policiales.
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