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Fecha: 11/04/2026 06:23
Detrás de cada peluca hay historias de empatía, decisiones personales y una red solidaria que acompaña a quienes atraviesan tratamientos oncológicos. Un gesto simple puede tener un impacto profundo en la autoestima y el bienestar en uno de los momentos más difíciles. Tener cáncer no solo implica atravesar una enfermedad, también es enfrentarse a los efectos del tratamiento. Vómitos, cansancio y debilitamiento son algunas de las consecuencias de la quimioterapia, pero hay una que impacta directamente en la identidad: la caída del cabello. En ese contexto, las pelucas aparecen como una herramienta que ayuda a reconstruir la imagen y la autoestima. Donar como elección Detrás de cada peluca hay algo más que pelo: hay decisiones. Personas que eligen cortarse entre 15, 20 o 30 centímetros, o incluso más, para donar. No hace falta haber atravesado la enfermedad ni conocer a alguien cercano. Para muchas personas, la decisión nace desde la empatía. Fui totalmente segura de lo que iba a hacer, cuenta Guadalupe, diseñadora gráfica de 39 años. Donó su pelo por primera vez en 2020 y repitió el proceso en 2023 y 2025, cuando llegó a enviar casi 33 centímetros. Para ella, donar es entender que algo que quizás damos por sentado como el pelo crece, para otra persona puede tener un valor enorme en un momento muy difícil. Y agrega que, en su caso, dejarlo crecer más de lo que le resultaba cómodo fue un esfuerzo mínimo en comparación con lo que podía generar en otra persona. El proceso fue sencillo. Buscó información, se contactó con la organización y envió el pelo por correo. Pero también remarca que hoy existen distintos puntos de recepción para facilitar la donación. Es entender que con gestos pequeños también se pueden generar cambios importantes en la vida de otra persona, aunque no la conozcas, asegura. Además, remarca el impacto concreto del gesto: Para una sola peluca se necesitan al menos tres donantes y cada una puede ser reutilizada a lo largo del tiempo, así que ayudás a más de una persona por donación. Los más chicos también se animan Homero tiene tres años y medio y ya donó su pelo. Desde que nació, sus padres habían decidido no cortárselo. Con el tiempo empezó a incomodarle: le molestaba para jugar y correr. En esa búsqueda de una solución, apareció la posibilidad de hacer algo más. Antes de decidirlo, su mamá, Ailín Olmedo, buscó información. Yo sabía que el pelo se donaba, pero no sabía bien ni a dónde, ni con quién, ni qué puntos de encuentro. La decisión fue mutua: le explicó a su hijo qué significaba donar y que su pelo podía convertirse en una peluca para alguien que lo necesitara. Él aceptó. Ella, le mostró que su pelo podía convertirse en una peluca para alguien que lo necesitara. Y él aceptó. Alguien va a poder disfrutar de ese pelo hermoso de mi hijo desde que nació, esos bucles, esos ricitos en el final, dice. El momento del corte también fue especial: su primera vez en una peluquería, contento y consciente de lo que estaba haciendo. Para Ailín, además, fue una forma concreta de enseñar con el ejemplo: Yo no le puedo decir a él que piense en los demás o que se ponga en el lugar del otro si realmente no lo hacemos. Una práctica que se vuelve familiar En algunos casos, la donación se transforma en una acción que se repite y se comparte. Rocío Bravo lo vive así junto a sus hijas. La primera en hacerlo fue Francisca, la mayor de 10 años, y con el tiempo se convirtió en una dinámica familiar. Hoy, sus dos nenas ya donaron varias veces. Lo toman como algo lindo que hacen por el otro, cuenta. Y esa idea también se contagia: muchas veces lo hacen con amigas, como una actividad compartida. Para ella, el valor está en lo que genera: surge justamente como para darle algo de luz a una situación que es sumamente crítica y sumamente difícil para quienes están atravesando eso. Sin embargo, también señala la falta de información y el desconocimiento. Muchas personas no donan porque no saben cómo hacerlo o porque desconfían sobre el destino del pelo. Hay mucho desconocimiento, explica. Aun así, insiste en que el proceso es accesible. Hay peluquerías que ya son parte, hay páginas donde podés ver los requisitos, cómo debería cortarse y guardarse ese pelo, y después hay un montón de lugares donde uno puede llevarlo. Para Rocío, es importante comunicar la simpleza del proceso para que más personas se animen a realizarlo. Ella, cree que la posibilidad de acompañar a otros es una linda manera de estar cerca de quienes atraviesan esta situación y contribuir. Donar como parte de la identidad El cabello no es solo algo físico: para muchas personas forma parte de su identidad. Por eso, perderlo durante un tratamiento puede ser un golpe fuerte. En ese contexto, donar también adquiere otro significado. Darlyth Betania Daniel Ramos, de 36 años, decidió hacerlo atravesada por una historia personal: su mamá tuvo cáncer. Para mí donar el pelo significa paz, alegría y amor, explica. El momento del corte estuvo cargado de emociones. Estaba emocionada, con muchos sentimientos encontrados, con un nudo en la garganta no podía ni decir una palabra porque estallaba en llanto, recuerda. Aun así, lo vivió con convicción. No es solo cabello: es ofrecer dignidad, consuelo y compañía a alguien que está atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida, dice. Abril Erlijman, de 19 años, también lo vivió desde un lugar personal. Su decisión combinó el deseo de cambiar de look, cerrar una etapa y ayudar. Después de un año esperando para alcanzar el largo necesario, se animó. Donar pelo para mí es una ayuda mutua. Es reencuentro con una imagen de lo propio, explica. Durante un tiempo, su cabello le generaba incomodidades: tenía rulos y mantenerlo requería dedicación, además de que le resultaba poco práctico para hacer deporte. El corte también impactó en su autoestima. Al no tener esa cortina de pelo, la gente puede ver mejor mi cara o notar otros aspectos de mi imagen que antes quedaban ocultos, agrega. De buscar ayuda a convertirse en parte de la red En otros casos, la experiencia se atraviesa desde otro lugar. Eliana Rivarola, oriunda de Lanús, llegó a la donación acompañando a su hija Victoria, que a los 17 años fue diagnosticada con Linfoma de Hodgkin. El tratamiento incluyó 12 sesiones de quimioterapia de cinco horas cada una. Y, con el diagnóstico, llegó también la noticia de que iba a perder el cabello. En ese momento, una conocida le habló a una fundación Doná Cabello Argentina. Se contactó, viajó a Baradero y allí encontró algo más que una peluca: un espacio de contención. El abrazo contenedor que recibió mi hija fue enorme, recuerda. Victoria eligió una peluca, aunque nunca llegó a usarla completamente. Pero saber que estaba ahí también formó parte del proceso. Meses después, cuando terminó el tratamiento, volvieron para devolverla y agradecer. A partir de esa experiencia, Eliana decidió involucrarse. Junto a su hermana, transformaron su local en un punto de recolección para que otras personas puedan donar. Hoy reciben cabello y funcionan como nexo con la fundación, siendo parte de esa red que conecta a quienes donan con quienes necesitan. Un gesto pequeño Donar pelo puede parecer algo simple: un corte, un cambio de look. Pero detrás hay tiempo, decisión y empatía. Hay personas que atraviesan tratamientos largos y difíciles y que encuentran en una peluca no solo una solución estética, sino una forma de volver a reconocerse frente al espejo. Detrás de cada donación hay una estructura que la hace posible. Organizaciones como Doná Cabello Argentina y Un Pelito Más Fácil no solo reciben el cabello, sino que coordinan su recolección, confección y entrega, además de acompañar a quienes atraviesan la enfermedad. Funcionan como el puente entre quienes deciden donar y quienes lo necesitan, y convierten cada gesto individual en una red de ayuda real. Las historias lo muestran desde distintos lugares: quienes donan por primera vez, quienes lo convierten en hábito, quienes lo viven en familia o quienes llegan a la causa atravesados por una experiencia personal. En todos los casos, hay algo en común, que es entender que lo que para uno vuelve a crecer, para otro puede significar un cambio enorme. Redacción: Candela Mascetti
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