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Concordia » El Heraldo
Fecha: 11/04/2026 05:12
El grito que no detiene la tormenta Cuenta una vieja creencia popular que, cuando la lluvia no paraba, cuando los campos se inundaban y el miedo crecía, algunos hombres recurrían a un ritual desesperado: azotaban animales. No era un acto aislado. Era sistemático. Violento. Creían que el grito ese alarido desgarrador tenía poder. Que si el dolor era suficiente, si el ruido era lo bastante intenso, el cielo finalmente iba a ceder. Pero la lluvia seguía. Entonces hacían lo único que su creencia les permitía: azotar más fuerte. Más tiempo. Más animales. Más gritos. Y en ese estruendo, en ese sufrimiento inútil, esperaban encontrar la señal de que todo iba a cambiar. Nunca cambiaba. Ese relato no habla solamente del pasado. Habla, en realidad, de una forma de pensar. Del pensamiento mágico. De esa lógica según la cual, cuando la realidad contradice una idea, el problema no es la idea sino la realidad. Entonces, en lugar de revisar el rumbo, se profundiza. En lugar de corregir, se insiste. En lugar de preguntarse si el camino sigue siendo el correcto, se redobla la apuesta con la esperanza de que esta vez, sí, ahora sí, el resultado finalmente aparezca. La metáfora resulta inquietante porque describe con demasiada precisión ciertos momentos de la política económica argentina. Momentos en los que un gobierno deja de leer los hechos como señales de advertencia y empieza a tratarlos como obstáculos pasajeros en el camino hacia una promesa superior. Momentos en los que toda evidencia adversa se vuelve justificable, todo costo se convierte en sacrificio necesario y todo deterioro pasa a interpretarse como parte del precio inevitable del orden futuro. La Argentina ya conoce demasiado bien ese mecanismo. Lo conoció antes de la crisis de 2001-2002 y vuelve a asomarse hoy, en medio de un programa económico que todavía conserva respaldo político y capacidad discursiva, pero que empieza a exhibir fisuras cada vez más visibles en la economía real. Porque más allá de los números oficiales que el Gobierno presenta como prueba de éxito, hay datos que tienen una materialidad imposible de ocultar. Puede discutirse una metodología, una canasta, una proyección o el modo en que se construyen ciertos indicadores. Pero hay realidades que no se dejan domesticar fácilmente. La caída del consumo. El enfriamiento de la actividad. El deterioro del empleo y de su calidad. La recesión persistente en sectores clave como la industria y la construcción. El mayor endeudamiento de las familias. El aumento de la morosidad. La pérdida de dinamismo de la recaudación en términos reales. La fragilidad de un crecimiento sostenido en pocos sectores, mientras gran parte del entramado productivo continúa resentido. Ese conjunto de alertas ya está planteado en tu borrador como una señal de fondo que empieza a gritar. Y ahí es donde el paralelismo con el pasado deja de ser una exageración para convertirse en una advertencia seria. La convertibilidad también comenzó envuelta en expectativas positivas. También ofreció orden, previsibilidad y una caída drástica de la inflación después del caos. También permitió instalar la idea de que, por fin, la Argentina había encontrado una arquitectura económica estable. Durante un tiempo, los resultados parecían darle la razón al modelo. El problema fue que, debajo de esa superficie de estabilidad, comenzaron a acumularse desequilibrios que no eran secundarios ni circunstanciales. Primero aparecieron como síntomas dispersos. Sectores productivos que perdían competitividad. Economías regionales que se apagaban. Empresas que dejaban de resistir. Un desempleo que dejaba de ser transitorio para volverse estructural. Un Estado crecientemente condicionado por la necesidad de sostener un esquema que empezaba a depender más de la deuda que de la vitalidad genuina de la economía. Después, esos síntomas dejaron de ser aislados. Se volvieron frecuentes, visibles, imposibles de ignorar. Y, sin embargo, la respuesta no fue revisar el rumbo. Fue insistir. Más ajuste. Más endeudamiento. Más presión sobre la economía real. Más confianza en que el mismo programa, llevado un poco más lejos, iba finalmente a corregirse a sí mismo. Como si el problema no estuviera en la naturaleza del esquema, sino en la falta de intensidad para aplicarlo. Como si todo lo que hacía ruido en la realidad no fuera una advertencia, sino apenas una incomodidad transitoria. Ese fue, precisamente, uno de los errores más graves de los años previos al colapso de 2001. Confundir la resistencia social con fortaleza del programa. Confundir la prolongación del sufrimiento con prueba de seriedad. Confundir la persistencia del ajuste con la cercanía de la solución. No fue un derrumbe repentino ni una fatalidad imprevisible. Fue el desenlace de un proceso largo de señales ignoradas, advertencias desoídas y una negativa persistente a aceptar que el problema no era cuánto más se insistía, sino en qué se estaba insistiendo. Hoy vuelve a aparecer esa misma lógica de impermeabilidad frente a la evidencia. Si cae el consumo, se responde que todavía falta ajustar. Si sube el desempleo, se lo presenta como parte del sinceramiento. Si una pyme cierra, se la describe como una víctima necesaria de la depuración. Si la industria se retrae, se la relativiza con el desempeño de otro sector menos intensivo en empleo. Si las familias pierden poder adquisitivo, se les pide paciencia. Si se endeudan para sostener gastos corrientes, se promete que se trata apenas de una transición dolorosa hacia un futuro mejor. Todo encuentra justificación dentro del mismo dogma. Nada parece suficiente para poner verdaderamente en duda el rumbo. Y ese es el núcleo del problema. Porque cuando una política económica se vuelve inmune a la evidencia, deja de ser un programa técnico para transformarse en un acto de fe. Ya no importa demasiado lo que pasa en la calle, en el comercio, en la fábrica, en la pyme, en el salario o en el bolsillo. Lo central pasa a ser sostener la narrativa del éxito próximo, aun cuando la economía real empiece a enviar señales en dirección contraria. Más todavía: aun cuando algunos indicadores muestren mejoras parciales, el problema puede seguir agravándose. Porque no todo crecimiento significa recuperación sana. No toda desaceleración inflacionaria implica alivio social duradero. No todo equilibrio fiscal es sostenible si se obtiene al precio de debilitar el consumo, erosionar la producción, resentir la recaudación futura y volver más frágil el tejido económico que debe sostener, en definitiva, cualquier estabilización seria. Ese fue también uno de los grandes errores de lectura en los años previos a 2001: creer que mientras algunos números cerraran, el resto podía esperar. Pero la economía no se rompe solo cuando saltan las variables financieras. Muchas veces se rompe antes, lentamente, cuando se deterioran las bases productivas, laborales y sociales sobre las que descansa cualquier programa de estabilización. La historia argentina enseña, además, que las crisis no siempre explotan de golpe. Antes de estallar, se naturalizan. Primero sorprende el deterioro; después se tolera. Primero alarma la caída de la actividad; después se vuelve paisaje. Primero preocupa el cierre de una empresa; después deja de ser noticia. Primero conmueve la pérdida del empleo; después se la transforma en estadística. Primero inquieta el retroceso del salario; después se lo acepta como un costo inevitable del orden. Ese proceso de naturalización es quizá el momento más delicado de todos. Porque cuando el deterioro deja de interpelar, también se debilita la reacción política y social. Y cuando eso ocurre, la capacidad de corregir a tiempo empieza a desaparecer. La lección de 2001 no debería leerse solo como un recuerdo traumático ni como una comparación automática. Debería leerse, sobre todo, como una advertencia metodológica. No fue por falta de señales. Fue por falta de decisión para cambiar. Y esa es la discusión de fondo que hoy la Argentina debería animarse a dar: si este modelo, tal como está planteado, tiene capacidad de sostenerse sin seguir deteriorando el empleo, el consumo, la producción y la cohesión social. La Argentina no está condenada a repetir 2001. Pero sí puede volver a acercarse peligrosamente a esa lógica si insiste en ignorar las señales. La tormenta no se detuvo entonces por los gritos. Y tampoco se va a detener ahora por el relato. Cuando un plan empieza a fallar, insistir no siempre es valentía. A veces es apenas una forma más sofisticada de no querer ver. Y cuando la política decide no ver, la realidad termina corrigiendo de la manera más cruel. La experiencia argentina ya enseñó cuánto cuesta llegar tarde. Por eso, corregir a tiempo no es una señal de debilidad. Es, muchas veces, la última oportunidad de evitar que el final vuelva a escribirse como ya lo vimos una vez: con el modelo agotado, la sociedad exhausta y la crisis imponiendo por la fuerza las decisiones que la política no quiso tomar a tiempo.
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